Confucio y sus muchachos

Por Héctor Ciapuscio

Así como aquí se van abogados del gobierno y vienen otros abogados, en China se van ingenieros y vienen otros ingenieros. Los cambios en el poder parecen los de una corporación tecnocrática. Fotos recientes de ascendidos nos muestran rostros de intelectuales con gafas, frescos y pintones. Esta cuarta generación (las tres primeras fueron las de Mao, Deng y Jiang) está encabezada por Hu Jintao, ingeniero hidráulico, e integrada mayoritariamente por tecnólogos. Por sobre el enfoque ideológico, los comunistas chinos privilegian la eficiencia y el pragmatismo. No es algo nuevo. El proceso meritocrático fue iniciado hace veinte años por Deng Xiaoping, el líder de las reformas económicas, con nombre de las «Cuatro transformaciones» enderezadas a producir líderes revolucionarios «más jóvenes, más inteligentes y más especializados». Desde 1980 éste fue el criterio de selección para los cuadros superiores del partido en una campaña de búsqueda de talentos de no más de 40 años, con educación universitaria, formación técnica y lealtad política. Ya en 1992 Deng, quien murió en 1997, manifestaba (quizá recordando el consejo de Confucio al príncipe: «Gobierna para beneficio de la gente y recluta hombres superiores de cualquier origen») su deseo de promover como futuro líder del partido a un dirigente de menos de 50 años, con larga carrera delante de él. Este Hu Jintao que acaba de asumir tiene, precisamente, 59.

La República Popular China ha tenido en los últimos trece años un crecimiento espectacular que la transformó en la sexta potencia mundial; su PBN aumentó cada año en una cifra promedio del 9,3%. El diario «The Economist», refiriendo ese fenómeno a sus habitantes, lo calificó como «uno de los más grandes mejoramientos del bienestar humano en cualquier tiempo o lugar». Mirándolo desde la óptica de la política internacional, Paul Kennedy, el profesor de historia de Yale que impactó hace unos años con su libro sobre el ascenso y caída de los grandes imperios («The Rise and Fall of Great Powers», 1987), se pregunta ahora en «Newsweek» cuándo ocurrirá que el crecimiento acelerado de este coloso de 1.300 millones de almas, actualmente con un Producto Nacional de 1,5 trillones frente a uno de 8,5 trillones de Estados Unidos, se ha de convertir en una gran preocupación estratégica para la superpotencia. Sobre todo a ojos de los «realistas» en política internacional que perciben que a medida que China gana en riqueza y poder, se reduce la superioridad de Estados Unidos en el balance mundial. Y, fundamentalmente, a ojos de los militares del Pentágono que recelaban y proponían contención hasta nuclear ya en tiempos de Mac Arthur. ¿Qué pasará en una o dos generaciones -se preguntan algunos- si China, con una población que quintuplica la de la EE. UU., alcanza un ingreso por habitante del nivel actual de Corea del Sur y llega, superándonos, a un PBN de 10 trillones? ¿O acaso – ¡horribile dictu!- si iguala al de Japón y llega entonces a 40 trillones, disponiendo de un presupuesto militar tres o cuatro veces mayor que el nuestro? Pero Kennedy también avisa que en la superpotencia también existe, al lado de la de los «realistas», la escuela de los «idealistas» en política internacional y ellos recuerdan una característica histórica del coloso: nunca, en sus miles de años de existencia y menos cuando superaba a todos en riqueza, conocimiento y técnicas, China mostró algún interés en expandirse a otras regiones; antes bien, al contrario de las potencias europeas imperialistas de la era moderna, mostró siempre su confuciana preferencia por replegarse sobre sí misma. De todos modos lo que el profesor cree que vale la pena es preguntarse si Estados Unidos está preparado para los desafíos que su crecimiento ha de ir presentando pero, sobre todo, para entender a China. Una tarea que deberán facilitar los muchachos de Confucio, ocupadísimos tecnócratas del país del Sol Naciente.

Pero no es fácil entender a un pueblo tan extraño y pretender saber adónde va. Hasta su lengua es enigmática. El idioma de esta gente es el más difícil de todos. Para escribirlo se emplean 20.000 ideogramas y no hay cinco que se dejen adivinar a primera vista. Henri Michaux relataba ( en «Un bárbaro en Asia») que aunque el chino represente un objeto tal cual es, al cabo de algún tiempo lo deforma y simplifica. El signo de «elefante» ha tomado ocho formas en el curso de los tiempos. Primero, tenía trompa. Algunos siglos después, la conserva, pero han amaestrado al animal como un hombre. A poco tiene aún la trompa, pero pierde el ojo y la cabeza. Luego pierde el cuerpo, y no quedan más que las patas, la columna vertebral y los hombros. Luego recupera la cabeza, pero pierde todo lo demás salvo las patas: se enrosca en forma de serpiente. Por fin, ya es cualquier cosa: tiene dos cuernos y una tetilla que sale de una pata.


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