“Consumidores en vez de ciudadanos”
“Muy pocos pensaron en las leyes e instituciones republicanas a la hora de emitir su voto”, afirma Enrique Negre
Recientemente, siguiendo los acontecimientos de París, escuché una definición que extrapolé a la Argentina y desearía compartirla con los lectores. Ante el “asombro” sobre el desarrollo de los acontecimientos, un analista trataba de explicar lo que ocurría denunciando la transformación de los ciudadanos en consumidores, transformación que operó en las últimas décadas en Occidente. Tenemos un índice de confianza del consumidor pero no uno equivalente del ciudadano que nos informe sobre nuestro estado de ánimo respecto de las instituciones y de lo que hacen nuestros mandatarios, muy probablemente porque no nos interesa. Nadie vio venir o, mejor dicho, se preocupó por lo que venía, puesto que mientras están narcotizados por el consumo poco importan los daños colaterales que puedan producirse en tierras lejanas, mientras se puedan tener las “smart_cosas”, cambiar de automóvil cuando se llena el cenicero, tener el veraneo organizado con un año o más de anticipación, tomar café en las terrazas de los bares y un larguísimo etcétera. Nadie se preocupó por nada de lo que ocurría o por lo que se venía. Este análisis de una crisis lejana para nosotros lo extrapolé a lo que nos ocurre en Argentina formulándome la siguiente pregunta: ¿habremos sido los argentinos alguna vez verdaderos ciudadanos, o nos hemos comportado siempre como consumidores durante toda nuestra historia? Vale la pena aquí recordar que el término “ciudadano” proviene de “habitante de ciudad”, es decir, del ser civilizado, ya que civilización es la organización social de las personas. Cuando los seres humanos decidieron convivir en grupos y en ciudades tuvieron que darse organizaciones sociales y crear reglas de convivencia que no son ni más ni menos que las leyes que regulan nuestras relaciones. Probablemente la primera de esas reglas haya sido la ley del más fuerte, generando liderazgos por la fuerza; luego habrán venido otros tipos de sociedades, producto de la influencia de religiosos e intelectuales. De ahí el feudalismo y las monarquías, por ejemplo, hasta que se da el advenimiento del menos malo de los estatutos sociales, la república, fruto de las ideas revolucionarias francesas, tomadas por los americanos y puestas en práctica primero en América del Norte en 1785 y luego en Francia en 1789. La república democrática es, entonces, un conjunto de leyes e instituciones elegidas por el pueblo que regulan los derechos y deberes de los ciudadanos para que al vivir juntos no nos pisemos los cayos los unos a los otros y fundamentalmente para que desde el más fuerte hasta el más vulnerable de los ciudadanos vean igualadas sus oportunidades. Todos somos (o deberíamos serlo) iguales ante la ley; concretamente, mi derecho termina donde comienza el de los demás y, si no somos capaces de saber dónde están esos límites, las instituciones, por medio de las leyes, nos los recuerdan. Hay también retrocesos en las organizaciones de las sociedades y muchas veces vemos que se regresa a la ley del más fuerte; por ejemplo, cuando se instalan dictaduras por manu militari, de las que en Argentina tenemos un triste récord, quizás por los interrogantes que planteo más abajo. Pero también existen dictaduras democráticas, elegidas por el pueblo: el caso más emblemático es el de Hitler y en nuestras latitudes tenemos ejemplos aún vigentes. Regresemos ahora a la Argentina y repasemos rápidamente nuestros comportamientos. Primero fuimos consumidores de espejos de colores traídos por los adelantados de la conquista española. Luego, consumidores de adoquines, rejas forjadas, inodoros y loza traídos de Europa por los comerciantes del imperio inglés y en aquella época fasta de Argentina ¡hasta un presidente propuso llevar la sede del gobierno a París! Podemos nombrar también el periodo de pan dulce, sidra y alpargatas en lugar de libros; el “deme dos” de Miami de los 70; los años 90, cuando cambiamos patrimonio del Estado por chucherías de escasísimo valor ya bajo la influencia del neocolonialismo chino; esta última década, en que cambiamos el medioambiente al destruir los ecosistemas para plantar soja o hacer minería salvaje, para convertirlo en aparatos tecnológicos de consumo armados en Tierra del Fuego, subsidiando el colonialismo chino de nuevo, consumo que termina en los basurales a cielo abierto y deteriora más aún nuestro medioambiente. Nadie dice nada, en particular del episodio que vivimos en las elecciones pasadas, donde todo el mundo primero pensó en el plan, en el Ahora 12, en los subsidios, en Precios Cuidados… fuera cual fuera el candidato, todos se cuidaron de mantener el canto de sirena para endulzar el oído de los votantes. Muy pocos pensaron en las leyes e instituciones republicanas a la hora de emitir su voto: una vez más pensamos y nos comportamos como consumidores, en lugar de pensar y actuar como ciudadanos. ¿Será por eso que cíclicamente no vemos venir las catástrofes que nos ocurren? Enrique Negre DNI 8.568.700 Cinco Saltos
Enrique Negre DNI 8.568.700 Cinco Saltos
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Foto: archivo.