Consumo de manzanas en el país, entre los más bajos

El relato que todavía algunos oficialistas sostienen sobre la “década ganada” en la era Kirchner, claramente, no encaja para la fruticultura de Río Negro y Neuquén.



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La caída de un mito

Durante estos últimos años no han sido pocos los funcionarios ligados al Ministerio de Agricultura de la Nación que se han jactado del desarrollo que ha tenido el mercado interno argentino. “Hoy un kilo de manzana se pone en las góndolas a 20 pesos porque existe del otro lado un salario para poder pagarlo”, confesaba un soldado de la cartera de Economía en las discusiones sobre los límites que presenta este importante destino para la oferta del Valle. “El modelo económico fue el que permitió su crecimiento. No hay que buscar otra causa”, continuaba el funcionario con su discurso casi de barricada.

Dentro del mismo Valle, en varias oportunidades, se escuchó similar concepto entre los intransigentes del modelo.

Pero la estadística oficial da cuenta de que el mercado interno argentino encontró su techo en el 2011 y de allí en más se derrumbó con muchas oscilaciones, mostrando así serias señales de agotamiento como el resto de los destinos de la manzana argentina.

Qué fue lo que llevó a la imaginación colectiva a pensar que las góndolas locales podían llegar a contener la profunda crisis de la actividad.

El modelo impulsado por el gobierno nacional a partir del primer mandato de la presidenta Cristina Fernández se basó en potenciar el consumo interno a expensas de una pérdida de competitividad de nuestras exportaciones. Llegamos a situaciones donde un kilo de manzana argentina, medida en dólares, llega a ubicarse entre las tres más caras del mundo. Si a esto se le agrega la variable que ajusta valores a calidad, la oferta del Valle de Río Negro y Neuquén pasa a liderar este listado.

Esto se da puntualmente por el retraso cambiario que ha sufrido la economía del país a partir del 2007, profundizado luego del cepo que se les intentó colocar a las divisas para contener la fuga de dólares. Hasta el día de hoy, en términos generales, si uno pone sobre la mesa todos los costos que significa llevar una caja de manzana a los mercados de ultramar con la calidad que éstos exigen, los retornos obtenidos por el producto son mucho más bajos que los logrados en el mercado interno.

Los mejores resultados logrados en este destino a partir del 2007 fueron progresivos. Lo contrario ocurrió con las exportaciones de manzanas rumbo a ultramar: aquí lo progresivo fue el deterioro de la rentabilidad sobre la fruta embarcada hacia Europa y Rusia.

Las empresas que ya tenían un posicionamiento y una logística aceitada en el mercado interno consiguieron importantes ganancias en estos últimos años. Aquellas que se habían concentrado sólo en la exportación hacia ultramar fueron las que más sufrieron el modelo nacional y popular.

Hoy muchas de estas importantes firmas han reorientado, hace ya un par de años, su oferta comercial hacia las góndolas locales y Brasil para intentar compensar los pobres resultados logrados en ultramar. Pero la lógica del mercado no tuvo piedad con la retórica del gobierno. El progresivo desvío del comercio puso un techo sobre la oferta en las góndolas locales y el mercado ampliado que significa hoy Brasil para el Valle. Y mucha fue la fruta que perdió mercado desde el 2007 a la fecha. Es lógico. El gran canal comercial que tuvo la fruticultura regional para su desarrollo fue la exportación hacia ultramar. Mercados como el interno y Brasil actúan como secundarios, siempre hablando de un sistema con proyecciones de crecimiento. Si bien las comparaciones son odiosas, miremos tan sólo lo que se hizo en estas últimas décadas del otro lado de la cordillera. El sistema productivo y comercial de manzanas chileno mostró un importante crecimiento al pasar de una cosecha promedio de 250.000 toneladas en el período 1980-1985 a las más de 1,3 millones de toneladas según los últimos registros oficiales presentados para la temporada 2014. Multiplicar por cinco la producción determinó un crecimiento y un derrame muy importantes en la economía trasandina. ¿Cómo fue posible este impactante salto de la actividad? La respuesta, con matices, nos lleva a manejar un solo argumento: por la política de desarrollo que aplicaron los chilenos sobre los mercados externos. En la actualidad, tres de cada cuatro manzanas que se producen en Chile tienen este destino final. Trabajaron en estas últimas décadas seriamente para abrir nuevos mercados, firmaron Tratados de Libre Comercio (TLC) clave para ganar en competitividad y orientaron su oferta productiva a las demandas que imponen estos destinos. Difícil para ellos era pensar en que un sistema frutícola se podía consolidar con su mercado interno o sólo con un Mercosur ampliado.

El Valle de Río Negro, condicionado por la política económica de los últimos años, hizo todo al revés. Gran parte de los mercados externos que tenía consolidados hace años con su manzana fueron cediendo progresivamente a la oferta de otros países del hemisferio sur por pérdida de competitividad. Y esa oferta que no logra colocarse en el exterior busca una salida forzada en el mercado interno y su ampliado Mercosur.

Conclusión: en la fruticultura del Valle, durante el período 2004-2014, algunas empresas ganaron gran cantidad de dinero aceitando su cadena comercial en estos dos últimos destinos. Pero cuando vemos las estadísticas globales del sistema, claramente se observa que fue muchísimo más lo que se perdió que lo que se ganó. El relato que todavía algunos sostienen de la década ganada en la era Kirchner, claramente, no encaja para la fruticultura de Río Negro y Neuquén.

La foto del mercado interno

En más de una oportunidad hemos escuchado comparaciones afirmando que Chile es un mercado que, obligatoriamente, debe mirar para afuera con su producción porque carece de un mercado interno desarrollado. Los defensores del modelo kirchnerista van aún más lejos: “A los pobres chilenos ni siquiera el sueldo les alcanza para comprar un kilo de manzana, por eso las empresas están obligas a exportar”. Las estadísticas oficiales vuelven a dar por tierra todo este relato.

Chile hoy orienta un 15% del total de su producción de manzanas al mercado interno. La Argentina, según se detalla en los gráficos adjuntos, destina cerca del 40% del total de su cosecha. Pero las diferencias de volumen que existe entre ambos países determinan que el consumo per cápita del vecino país alcanza los 11,1 kilos, mientras que en la Argentina ese indicador se ubica en 5,9 kilos por persona. Es decir que los chilenos consumen casi el doble de manzanas que los argentinos.

Y esta misma tendencia se replica en el resto de los países del hemisferio sur y los del norte. Tomando los datos de la Secretaría de Agricultura de Estados Unidos (USDA) de la temporada 2014 que detallan la producción y destino de la manzana en los países o bloques comerciales –como es el caso de la Unión Europea– y la población en cada uno de ellos, se puede obtener el consumo per cápita y ver así cómo está la Argentina en relación con el mundo.

Los países europeos lideran el listado conformado con un consumo de manzanas de 15,9 kilos por habitante. Nueva Zelanda le sigue con algo más de 13 kilos y detrás Chile con 11,1 kilos por habitante.

Lejos, muy lejos, de estos valores está la Argentina con 5,9 kilos per cápita, siempre hablando del 2014, que fue una temporada con una cosecha reducida de manzanas en el Valle respecto de sus volúmenes históricos. La Argentina se la puede ubicar en el lote de los países como Sudáfrica o Brasil, dos naciones con serios problemas de desigualdad social y donde existe una gran cantidad de ciudadanos marginados del sistema.

De ahí que ya podemos empezar a hablar del mito que significó nuestro ‘poderoso’ mercado interno y su rol para el desarrollo de las economías regionales.

Claro está que el consumo de manzanas que tiene la Argentina proyecta un recorrido positivo para ejecutar. Alcanzar los envidiables niveles que hoy tiene Chile debería ser un objetivo a lograr en la Argentina, pero se debe tener en claro que aplicar una política aislada para incrementar y sostener el consumo en niveles de 10 kilos per cápita –por dar un objetivo cualquiera– no va a llevar al pleno desarrollo de la fruticultura regional.

La salida para el Valle de Río Negro y Neuquén está en la exportación. Mercados ávidos por manzanas, como es el caso del sudeste asiático, China, India, muestran una demanda que hoy no puede ser abastecida por los países centrales. Europa, Rusia y Estados Unidos también buscan manzana de excelencia. Orientar una política frutícola de mediano y largo plazos para el desarrollo de nuevos mercados externos y consolidar en los que ya estamos presentes es la única salida que tiene la Argentina para volver a desarrollar el complejo productor y comercial de manzanas del Valle en forma competitiva.

Aplicar millones en un programa de comunicación interna para intentar elevar el consumo de manzanas en el mercado local es sólo un parche para la fruticultura regional.

Sin un plan más amplio y ambicioso para todo el sistema, esos fondos de los que habla el sector público y privado en poco más de una temporada pasarán al olvido. Lo mismo que sus efectos coyunturales logrados.

javier lojo

jlojo@rionegro.com.ar


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