«Credibilidad»

Por Aleardo F. Laría

El reciente fenómeno de globalización financiera, y la apertura irrestricta al flujo de capitales, han convertido a los acreedores internacionales en examinadores adustos de la realidad económica argentina. Todos los esfuerzos del ministro de Economía parecen estar abocados a evitar la pérdida de la «credibilidad» frente a esos «mercados». La falta de crecimiento de la economía y el incremento alarmante del desempleo, son problemas que quedarían semi resueltos cuando los exigentes mercados aprobaran la gestión oficial.

Originalmente se pensó que la «credibilidad» estaba estrechamente vinculada al déficit presupuestario. Se suponía que si se conseguía eliminar el déficit, la Argentina podría obtener el «investiment grade», es decir una mejor nota de las agencias de calificación internacional, y de esta manera asegurar un flujo adecuado de financiación internacional. Disminuyendo el «riesgo país» se reduciría la tasa de interés y de esta manera se iniciaría el ansiado círculo virtuoso de expansión y crecimiento. En consecuencia, en abierta contradicción con las recomendaciones que aconsejan no preocuparse por el déficit en épocas de recesión, se dispuso el aumento de algunos impuestos y la reducción de los salarios de los funcionarios públicos. El resultado está a la vista. La recesión no ha cedido y esa estrategia parece abocada al fracaso.

Como el humor de los «mercados» es móvil, de pronto la preocupación ha pasado a ser la recesión, no el déficit. Los escuadriñadores de las vísceras del mercado descubren ahora que lo importante es la falta de crecimiento de la economía. Comienzan a llover nuevas recomendaciones y veteranos economistas, como viejas bailarinas de cabaret, se depilan las piernas y se maquillan para ganarse un lugar en el escenario. Aquellos que reclamaban «coraje» para reducir el déficit, y mostraban indiferencia ante el grave problema del desempleo, ahora advierten las graves repercusiones internacionales de una economía bajo parálisis.

El último descubrimiento consiste en atribuir los males de la economía argentina a un problema psicológico. Al parecer, los argentinos, ciclotímicos crónicos, estarían varados en la fase depresiva del ciclo. La economía afrontaría una suerte de «círculo vicioso» de matriz psicológica: no se crece porque no hay confianza y la falta de confianza se vería reforzada por la falta de crecimiento. Si este diagnóstico fuera exacto, tal vez habría que incorporar como asesores del Ministerio de Economía a algunos psicoanalistas. Felizmente, la Argentina tiene una enorme dotación de buenos profesionales en esta rama.

Sin embargo, otros más escépticos, creen que los problemas de la Argentina siguen vinculados a la economía. Los señaló con fría objetividad el jefe de Estudios del Fondo Monetario Internacional, Michael Mussa, en las declaraciones efectuadas en Praga. Los acreedores internacionales observan que la economía no crece y que el tipo de cambio sigue atado a un dólar sobrevaluado. En realidad, un modelo considerado el «único» camino factible por sus defensores, basado en la apertura irrestricta de la economía y el flujo inagotable de capitales internacionales, ha tocado techo. Al parecer, ya no existen inversores internacionales atraídos por las altas tasas de interés, dispuestos a poner un capital que dudosamente recuperarán. El coeficiente de vulnerabilidad, medido por las proporción de la deuda externa con el PBI y la relación que guarda el servicio de la deuda con el volumen de las exportaciones, han encendido todas las luces rojas. En consecuencia asistimos al final del modelo ilusionante de la convertibilidad. Resta conocer simplemente cual será el «vuelo de mariposa» que provoque el derrumbe del escenario.

Provisoriamente ya se pueden extraer algunas enseñanzas. La apertura indiscriminada al exterior puede desestabilizar los esfuerzos de crecimiento endógeno de las débiles economías emergentes. Frente al recurso fácil del crédito exterior, hay que privilegiar el ingresos de capitales a largo plazo que permitan retornos generados por el desarrollo de las nuevas inversiones. Como señala la CEPAL, para evitar las crisis externas, los países tendrían que administrar los flujos de capital de modo pragmático y normar los mercados financieros internos de manera congruente con el equilibrio macroeconómico, la competitividad internacional y el aumento del ahorro interno y la inversión. Haciendo lo contrario, la Argentina aparece integrada a los segmentos más especulativos del capital financiero. La ortodoxia ingenua, sustentada por la moda de las ideologías neoliberales, ha facilitado el ingreso de capitales indiferenciados. El mercado no es el mejor árbitro, y sólo las regulaciones emanadas de gestores gubernamentales racionales pueden proporcionar los incentivos para que los recursos financieros apuntalen auténticas inversiones productivas.


El reciente fenómeno de globalización financiera, y la apertura irrestricta al flujo de capitales, han convertido a los acreedores internacionales en examinadores adustos de la realidad económica argentina. Todos los esfuerzos del ministro de Economía parecen estar abocados a evitar la pérdida de la "credibilidad" frente a esos "mercados". La falta de crecimiento de la economía y el incremento alarmante del desempleo, son problemas que quedarían semi resueltos cuando los exigentes mercados aprobaran la gestión oficial.

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