«Creo que soy un hombre bueno»

Fue el hombre que le puso "Gato" a Piazzolla y "el Polaco" a Goyeneche. Un 28 de noviembre de 1975 Zita, su mujer, le entregó a Astor Piazzolla uno de los bandoneones de "Pichuco". Otra historia del tango. En esta entrevista -publicada como "Pichuco. Conversaciones (Perfil Libros, 1998)" - María Esther Gilio cuenta lo difícil que fue dar con el músico. Algunas de las frases más famosas que se le adjudican aparecen como ingredientes de la conversación que reproducimos en parte.

Por Redacción

. Hay que cuidarlo. Es un niño. Hoy, domingo, mi único día libre, a las doce del mediodía se le ocurrió comer pastas. Me tuve que levantar a cocinar.

-¿Vos trabajás?

-¡Pero qué me preguntás! Todos los días, menos domingo y lunes, tocamos -dijo Zita sin dejar de agitar los dedos.

-Voy a contarle una cosa que nunca conté. El día que conocí a mi mujer se acabó el planeta -dijo Pichuco.

-¿Cómo era eso?

-Yo estaba en los bailes, ella caía y yo desaparecía. Me le iba atrás. Cuando Fiore la veía, le decía: «Carucha, perdoname una, ¿no te lo llevés?

-¿Qué le gustaba de ella?

-Ella -dijo, y le echó una mirada cortita-. Por ella yo volteé toda la estantería.

-Zita dejó de jugar y me miró.

-Fiore veía mi mano que aparecía entre las cortinas y temblaba.

-Yo tocaba en el Florida y ésta sacaba la mano así -dijo Pichuco moviendo la mano-. Tenía un anillo.

-De aguamarina -dijo Zita, mostrando el anular desnudo.

-Yo veía el anillo y me rajaba atrás. Dejaba todo.

«Pero si un día cualquiera, irremediablemente,

el bacán por tus sueños presentido no soy,

batímelo así nomás,

con un beso en la frente.»

-Mirá gordo, me aburro.

-¿Oíste, Zita?

-Sí, yo se lo dije, pero no se va.

-¿Puedo hablar? Mirá, cuando chamuyo de mi jermu, no me alcanzan los perates. Hace treinta y cinco pirulos que me aguanta. Le voy a contar una cosa. Montevideo… me hacían un homenaje en el estadio Centenario, porque yo cumplía treinta años de actuación. Estaba el finado Eichelbaum, que había ido para oírme. el espíquer decía: «Aníbal Ptsstroilo», la gente aplaudía. Yo no podía salir, no podía caminar, tenía una emoción tremenda, me caía, tenían que sostenerme. Y de pronto, la veo aparecer a Puchulita.

-Sí…

-Estaba enferma que se moría. Pero se levantó y fue. No se pudo aguantar. Así es mi mujer.

-Soy una mina de «Horizontes perdidos».

-Contále qué hiciste hoy de comer, Puchulita.

-Pulpetas y macarrones. Comió como si fuera la última vez.

-¿Quién hubo antes de Zita?

-Nadie, nadie.

Zita: -No te dejes engrupir. De botón a comisario…

-Sí, yo soy falso, pero veía a Puchulita y…

-¿Qué lo atraía tanto en Puchulita?

-Su ternura.

Zita: -A la gente se la conquista con ternura.

-Descríbamela tal como la recuerda de ese tiempo.

-Chiquita… ¡un cuerpo!

Zita: -Así es, andá a ver mi cuadro, allá en el líving.

Allá, en el líving, estaba, en un gran óleo, Zita, la de antes, con el pelo rubio muy rizado y un traje de gasa celeste. En la pared de enfrente, la cara de Pichuco, con sus ojos de potrillo, negros y tiernos, el pelo a la gomina.

Cuando volví:

-Y bueno, ¿qué te parezco?

-Bonita, no tan distinta de ahora.

-¿No te dije que soy una mina de «Horizonte perdido»? ¿Cómo te sentís, Chiquito?

-Bien, bien.

-Pero te duele.

-Sí, me duele -dijo Pichuco, poniéndose de pie-. Tenemos que llamar al chino otra vez.

-¿Qué chino?

-Un chino que viene, me enchufa la aguja, me manda la electricidad y chau.

Con sus pasos muy lentos y cortitos se alejó, y cuando volvió:

-Recolectaron 200 firmas para que Fiore volviera a la orquesta. Pero ya no se podía. Cuando se termina una cosa, se termina. «Se termina su vida como un pucho de tabaco Virginia, se termina -dijo sentándose-. Ya no tiene tabaco para mucho. Ya está al lao del final la pobre mina».

-¿Carlos de la Púa?

-Sí, yo me hice al lado de él.

-Cuénteme.

-El estaba en Crítica. Era un rantifuso. Cuando iba a un cabaret, siempre llevaba un lápiz.

-¿Para qué?

-¿No sabés?

-No.

-Para firmar… El otro día Puchulita se puso a buscar una foto de mi primitiva orquesta. Y cuando empezó a revolver, entramos a ver los muertos: Fiore, Lomuto, Canaro, Enrique, Maffia, Láurenz. Fiore fue la cosa más sentida. Un día fuimos con Fiore a las seis de la tarde a tocar en un baile. Cuando llegamos todavía había sol. Vamos a subir y… Eramos todos pibes. ¡Para qué te voy a contar, unas pintas…!

-¿Qué edad?

-Veinte. Escuchame. Llega el momento de subir y Fiore me agarra un brazo. «¡Un momento, Kolynos!», me dice. Pobrecito… De repente, uno se olvida de un montón de cosas; hay cosas que uno se olvida.

-¿Qué lo decide por determinado tango? Quiero decir, si es la letra o la música en primer término.

-Son las dos cosas. Hay algunos letristas a los que estoy aferrado. Cátulo, Homero Manzi, Expósito, Camilioni, ahora empiezo con Ferrer. Ferrer va a escribir mi vida. Yo le digo: «Bueno, Horacio, empezá. Pero nada de introitos, introitos, yo no quiero».

-¿Cómo conoció a Ferrer?

-Yo voy a trabajar a Montevideo. Después íbamos afuera. Y Horacio venía. Yo le contaba de Carlos de la Púa, del negro Flores, de Cadícamo… El captaba una enormidad. Tendría dieciséis años. No paraba nunca de preguntarme cómo eran éste y aquél otro. Era un pibe bárbaro. Después, quiero que me pregunte de mi vieja.

-Le pregunto ya. Cuénteme.

-Cabrera y Anchorena, 1914.

-¿Mil novecientos catorce es una fecha?

-Sí.

-¿Tengo que adivinar?

-Voy a cumplir sesenta años.

-Y nació en Cabrera en 1914.

-Le voy a contar. Mi viejo murió cuando yo tenía diez años.

-¿Y entonces, su vieja?

-¿Qué te parece? Muchos sacrificios. Era una mujer muy bonita, pero solamente nos miró a nosotros. Cumplo sesenta años. Hace cincuenta que trabajo con el bandoneón. El más grande disgusto fue cuando supo que había dejado la escuela y entraba a tocar. Murió en los brazos de Zita.

-Sí, murió en mis brazos.

-Acercá la botella, Puchi. ¿Usted sabe una cosa? Cuando Puchulita me conoció, no me daba bola.

-¿Por qué, Zita? ¿No te gustaba?

-No sé…

-Sería que yo era gordito.

-No, a mí me gustaban los hombres mayores. Este era un pibe.

-¿Nunca hizo una canción para vos?

-Sí. Hizo para mí «Toda mi vida» y «María»

-Había un tango que se llamaba «Claudine» y otro «Françoise» y otro, ¡yo qué sé! Le dije a Cátulo: «Hacé un tango que se llame María». Y ahora, ¿puedo hacerte una pregunta? ¿Cómo te gustaría llamarte? ¡Qué gran nombre, María!… La vieja se llamaba Felisa…

-¿Por qué creés que hay tantas madres en el tango?

-¿Y dónde querés que estén las madres?

-En el tango están bien. Tomá hielo, Chiquito -dijo Zita, poniéndose un trozo en el vaso.

-Esta siempre me manejó. Antes, con el anillo. Yo veía el anillo y ya no sabía más lo que hacía. Estaba en pleno tralalalá, pero igual me tomaba el raje.

-Sí -dijo Zita con aire satisfecho, volviendo a sus dados-. Es verdad. Debías poner a tu vieja en algún tango, Japonés.

-¿De cuántas maneras lo llamás?

-¡Uuuh! Japonés, Tortita Quemada, Buda, Gordo, Puchulito, y de mil modos más.

-¿Sabés a quién no llegué a agarrar? -dijo Pichuco.

-¿A quién?

-A mi viejo. Murió cuando yo era muy pibe. Ya te conté. Yo hablo poco de mi viejo. Pero mirá, un día viene el Nene…

-¿Qué Nene?

-Bonardo. Me agarró para un programa en televisión. Yo estaba afónico, no podía hablar. El Nene me hizo toda una preparación. Después se puso de espaldas a la cámara y me dijo: «Hablá.» No sé, me hipnotizó y yo entré a hablar del viejo, de cuando le regaló la guitarra a Gardel. Hablé sin acordarme de la gente que me estaba escuchando.

-¿Cuándo le regaló una guitarra a Gardel?

-Yo no había nacido. Mi vieja vivía en Córdoba y Pueyrredón y mi viejo era el novio. Pero nada más, ¿entendés? Como se usaba en esa época. Entre él, Betinotti y mi tío le regalaron la guitarra.

-¿Vos lo conociste?

-Sí, en el año 1932, cuando yo tocaba con De Caro. Mirá qué me pasó. El día que voy a ver Melodía de arrabal, estoy parado en la puerta del cine, esperando para entrar, en medio de un montón de gente. Una señora abre la puerta del auto y ¡paf! me deja dormido en el suelo. Me tuvieron que llevar a la asistencia pública.

Después, en el Festival del «32, Barquina, en el Chantecler, va y me presenta a Gardel. «Mirá, Carlitos, este pibe tiene locura con vos», le dice. ¿Sabe una cosa? -le dije yo- casi me amasijan por usted». «¿Qué te pareció la película, qué te pareció?», me dijo. Porque hablaba capicúa. Ese día había estrenado «Si se salva el pibe».

«Yo le puse Gato a Piazzola»

-¿Piensa a veces en la muerte, en su muerte?

-Sí. Y no me gusta, pero no por mí. Quiero todavía arrimar un millón de cosas a la gente que me quiere. Toda esa gente… ¿Te conté que el otro día bajé y las señoras me besaban?

-Sí. ¿Te gusta escucharte?

-Me escucho mal.

-¿Por qué?

-Porque para escucharme bien, hay que sentirse bien. Y yo, últimamente, ando mal. ¿Cómo dijiste que te gustaría llamarte?

-No te dije.

-Yo le puse «el Gato» a Piazzolla y «el Polaco» a Goyeneche. ¿Sabías que a Piazzolla le gusta el jazz? Siempre le gustó el jazz. Me gustaría ponerte un nombre.

-Esta es Gelsomina. Clavado, Gelsomina -dijo Zita- Mirá, Gelso, a veces llegaba Piazzolla con la partitura y el Gordo entraba a tacharle los firuletes. ¡Qué tierno, Piazzolla!…

-La primera instrumentación que me hizo… estábamos comiendo en lo de mi vieja y me dijo: «Me gustaría hacerle una instrumentación». Fue «Chiqué»

-Era muy tierno -insistió Zita-. Los hombres son más tiernos que las mujeres, ¿no te parece?

-Sí, creo que sí.

-Un hombre es incapaz de hablar de vos porque sí. Yo creo que son más buenos que las mujeres.

-¿Sabías, entonces, que a Piazzolla le gustaba el jazz? -dijo Troilo.

-Sí, sabía.

-Yo conocí a Tommy Dorsey. Lo conocí y me gustó, y cuando lo oí casi me vuelvo loco. Entonces me vinieron ganas de tratarlo. Pero de nuevo no me gustó. Y no me gustó, ¿entendés? -dijo mirándome, con los ojos finitos como dos rayas. Quedó un rato pensativo.

-Tommy Dorsey murió. -Luego, mirándome entre curioso y fastidiado- ¿Qué escribís? Decime.

-Cosas.

-¿Qué?

-Por ejemplo, que tenés los ojos muy dulces y unas manos bellísimas. Podrían servir para un afiche publicitario.

Las miró por unos segundos.

-¿Te gustan?

-Sí, mucho, además…

-Son más jóvenes que yo, ¿verdad?

-Son manos de pibe. Por las manos podríamos tener veinte años.

-Sí, por las manos, sí… Pero mirá, piba, mirá mi caminar. ¿Sabés qué es?

-Sí, que andás precisando al chino de las agujas.


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