Cuando jugar al riesgo puede salvar la vida
Durante una semana, 25 reporteros de Argentina, Paraguay, Bolivia, Chile, Brasil, Ecuador y Colombia participaron del primer curso para periodistas en zonas hostiles, un sano intento de la SIP para disminuir riesgos frente a las crecientes cifras de periodistas asesinados o muertos en coberturas. Participó "Río Negro". Se vivieron situaciones verosímiles: desde bombardeos a sobrevivencia en condiciones extremas y negociaciones con rehenes.
CAMPO DE MAYO.- ¿Qué es el riesgo? ¿Una sensación que avisa de la proximidad de un daño? ¿Una descarga de hormonas? ¿Una teoría económica que procura minimizar pérdidas? ¿Un instante en la vida o el gusto por jugar la vida en un instante?
En la filosofía de Emerson, vivir es arriesgarse. En la ironía de Quevedo, lo más seguro es no ponerse en peligro… Quizá ambos tengan razón.
Durante seis días de la pasada semana, 25 periodistas de Argentina, Ecuador, Paraguay, Bolivia, Brasil, Colombia y Chile llegados a la guarnición militar Campo de Mayo, jugaron a enfrentar riesgos en situaciones extremas de labor profesional, acaso porque la muerte ya ronda a los reporteros desde hace mucho y cada vez más.
Así lo atestiguan las cifras dramáticas de periodistas asesinados o caídos en coberturas que van desde guerras a la violencia urbana de todos los días.
Invitados por la Sociedad Interamericana de Prensa y bajo la instrucción del Centro Argentino de Entrenamiento Conjunto para Operaciones de Paz (Caecopaz), dependiente del Estado Mayor Conjunto y en convenio con Naciones Unidas (ver recuadro), mujeres y hombres de la prensa sortearon indecibles peligros puestos en cotillón y utilería, pero tan reales como los reales.
Reales como los secuestros en una selva cocalera; como sicarios de la política corrupta; como una manifestación corrida a balazos; como un obús clavándose en una acera de Río Tercero; como la mira de un francotirador en calles de Kosovo o como una bomba atada al cuerpo en Jerusalén o Bagdad…
Como se apuntó, entre el 18 y el 23 de febrero se realizó en Caecopaz-Campo de Mayo el Primer Curso para Periodistas en Zonas Hostiles. Con muy buen tino, la SIP interpretó que muchos de los tantos periodistas que pierden la vida por una nota o una foto, podrían disminuir el riesgo propio de su tarea si estuvieran entrenados para enfrentar escenarios hostiles.
De ese entrenamiento se ocupa Caecopaz, un enclave en el corazón de las 4.000 hectáreas del asentamiento militar de Campo de Mayo, que prepara a los «cascos azules» con instructores desde Canadá a Argentina, cada uno de los cuales tuvo al menos una misión de paz para su propia fuerza y Naciones Unidas.
Y vaya que los cursantes no se esperaban el contenido de unas jornadas de 18 horas diarias apenas interrumpidas por almuerzo y cena cuando los había, pues en más de una ocasión la tarea a campo obligó a demorar la buena mesa.
El curso se presentó en clases teóricas y actividades prácticas. Fue durante éstas cuando los periodistas comprendieron porqué en las invitaciones se sugería a los cursantes llevar consigo cantimplora, ropa de abrigo en el calor corrosivo de Buenos Aires; linterna; cortaplumas; brújula; repelente para mosquitos y hasta libretita de vacunas…
Durante seis días, los periodistas fueron corridos a balazos (de fogueo) por calles y campos abiertos; introducidos en edificios a oscuras para hallar la salida en medio de bombardeos; secuestrados por ejércitos irregulares en alguna encrucijada caribeña; evacuados por tanques, helicópteros y embarcaciones bajo fuego de tropas sin tregua ni bandos; puestos a sobrevivir en un bosque sin más herramientas que un machete; sometidos a campos minados y al frío que recorre el espinazo cuando se sabe de furtivos francotiradores.
Debieron aprender a hacer fuego sin fósforos ni encendedores; a cocinar sin utensilios ni sazón; a orientarse sin más que las estrellas; a confeccionar trampas de las que dependerá el alimento; a reconocer plantas comestibles y a evitar las pústulas tóxicas de los hongos; a convertir aguas de miasmas en líquidos bebibles; a dar primeros auxilios y autoinocularse vacunas; a desplazarse bajo fuego en sitios urbanos o abiertos de día y de noche; a negociar con secuestradores la propia vida o la del compañero…
Es cierto. El curso no asegura salvar la vida. Pero su objetivo es otorgar herramientas conceptuales y prácticas, que lo mismo han de servir en cualquiera de las escalas de una gama tan amplia como que va desde la guerra a un simple accidente de tránsito. De allí su inestimable utilidad.
Pero quizá, el principal valor agregado para aquellos civiles que pasaron por Caecopaz en estos días ha sido explorar los propios límites.
Reconocer el riesgo que se impone desde «afuera» y el que surge de nuestras decisiones y acciones. Evitarlo si es posible y enfrentarlo si es inevitable.
En la trinchera o en la oficina… ¿acaso no es el mismo dilema que nos acompaña a todos cada mañana?
Fernando Bravo
rionegro@smandes.com.ar
Nota asociada: Los soldados de la paz
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