Cuerpos y cuerpo
Los más elementales textos de salud aconsejan el ejercicio físico controlado, para el bienestar de cuerpo y mente. ¿Y si el cuerpo social se comportase con similares necesidades, como el resultado de un álgebra entre los individuos que lo integran?
Si la loca hipótesis tuviese algo de cierto, no sería cuestión de salir a hacer gimnasia o deportes cual aluvión en «joggin», sino de asegurar condiciones para que cada uno decida cuándo, cómo y dónde desarrollar sus mejores aptitudes.
En 1994, San Martín de los Andes ingresó en emergencia educativa. Por entonces había 1.300 niños en edad escolar y faltaban aulas y bancos. En 2004, la ciudad tiene 4.500 niños sólo en la primaria, y siguen faltando aulas y bancos.
La infraestructura escolar acusó correcciones desde entonces, que a todas luces son insuficientes, pero la vinculada con la educación física y el deporte es virtualmente la misma, salvo por algún gimnasio más y playones al aire libre.
Conviene recordar que por las medias anuales de precipitaciones y temperaturas, el deporte puertas afuera tiene unos seis meses de chances aquí.
Si aún persisten los padecimientos para encontrar banco escolar, se imagina el lector las tribulaciones de los profesores de educación física y de sus alumnos para hallar predios adecuados.
Por lo común, los gimnasios de instituciones educativas -cuando los hay- no tienen pisos apropiados y facilitan lesiones. De marzo a noviembre se ve a jóvenes corriendo la vuelta a la manzana en sus prácticas de educación física, porque no hay espacios o los turnos están desbordados.
Pero el problema no sólo alcanza al ámbito educativo, sino a múltiples clubes barriales y comunitarios que prodigan entusiasmo con escasez de medios.
En San Martín hay 4.000 jugadores de fútbol en ligas organizadas que van desde infantiles a veteranos, pero apenas cuatro canchas con medidas de reglamento y, de ellas, sólo una con césped. La presión sobre esos terrenos es indecible.
En medio de este contexto vale la pena explorar algunas conductas recurrentes. Por caso, la de no pocos que suponen que el Estado debe ser el único promotor del bienestar. Cierto es que un grupo barrial difícilmente pueda construir un estadio por la inversión implicada, pero bien podría ofrecer otras alternativas aguzando la imaginación. Muchos lo hacen, pero otros tantos piden primero antes de contribuir con ideas.
A su turno, las administraciones públicas suelen destinar el grueso de sus presupuestos a gastos de funcionamiento, salarios y obras redituables desde la perspectiva electoral, y no tanto a asuntos como deportes y cultura. Claro que sí aprovechan con altavoz los logros -propios o ajenos- de aquellos eventos que alcanzan consideración mediática.
La actual gestión municipal busca caminos nuevos con la rejerarquización del área deportiva, pero habrá que llenar de contenido (y recursos) a lo que por ahora son intenciones.
Otra apuesta frecuente de las políticas públicas -potenciada por la crisis- es el trabajo por el deporte comunitario con fuerte perfil de contención, que es bueno, pero el esfuerzo pierde de vista al deporte como competencia; también superador si se aplica con criterios sanos. Y al cabo de un tiempo, son los propios chicos los que quieren competir.
En fin. Quizá no se termina de advertir que las instalaciones deportivas y la práctica de deportes son tan importantes como la enseñanza en las aulas o la medicina en los hospitales.
Por aquello de la salud del «cuerpo social…» ¿No?
Fernando Bravo
rionegro@smandes.com.ar
Los más elementales textos de salud aconsejan el ejercicio físico controlado, para el bienestar de cuerpo y mente. ¿Y si el cuerpo social se comportase con similares necesidades, como el resultado de un álgebra entre los individuos que lo integran?
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