Fito Páez

A veinte años de la edición del disco más vendido del rock nacional, una crónica de su historia.

13 oct 2012 - 00:00

“Chau, loco, me voy”. Fito pasó por la oficina de su mánager, Fernando Moya, y le dejó “Tercer Mundo” para que hiciera lo que pudiera con esas diez canciones, porque él había decidido irse del país. Cansado, endeudado y sin contrato con ninguna discográfica, Páez cumplió con lo que había dicho a fines del 89 y se fue a Europa con su manager personal, Alejandro Avalis. “Siento que, a nivel empresarial, nadie va a mi velocidad. Necesito gente que tire ideas y que haya rebote. Acá te dicen ‘vamos a ver’, ‘estás muy ansioso’, no hacés música comercial’. Estoy harto, te hincha los huevos. Y eso me llevó a una situación de pelearme con todo el mundo. No hay guita y no quiero pelearme con nadie (…) Así que si todo sale como tengo planeado, me voy”, decía Fito en una entrevista a la revista Humor en enero de 1990. “No podía pagar el alquiler de mi casa no podía pagar el alquiler de la sala de ensayo. No tenía plata para comer. Estaba muy rayado, no aguantaba más. Me sentía muy vital, pero no se vendían discos, no me pasaban por la radio. No me quería nadie y no quería convertirme en un viejo amargado pero con veintipico de años”, recordaba Fito varios años después. El 7 de noviembre de 1986 asesinaban brutalmente en su casona de Rosario a la abuela materna de Fito, Delia, de 76 años, a su tía abuela, de 88, y a la empleada doméstica, de 33 y embarazada de seis meses. Fito lo supo por teléfono, mientras estaba de gira por Brasil. Recibió el llamado , mientras estaba en la habitación del hotel con Fabi Cantilo, su pareja de entonces. “Eso te hace repensar el mundo otra vez, sentir el mundo de otra manera. Yo ya no venía a ofrecer mi corazón. ¿Para qué?”, dirá Fito sobre aquel terrible suceso. Fito pudo regresar recién una semana después porque inesperadamente quedó involucrado a partir de la hipótesis de la policía rosarina de que se había tratado de un ajuste de cuentas narco. “No quiero empezar a pensar quién puso la hierba en el viejo cajón…”, dirá Fito en la letra de “Ciudad de Pobres Corazones”. El asesino resultó ser Walter Di Giusti, un ex compañero de Fito en el colegio secundario, quien un mes después de los crímenes ingresó como agente a la Policía de Santa Fe. Una semana antes de matar a las abuelas de Fito, Di Giusti había asesinado a otras tres mujeres. Murió en 1998, enfermo de sida, mientras cumplía una condena de reclusión perpetua. Fito, hijo pródigo de la primera generación roquera argentina, fue parte de la Nueva Trova Rosarina con apenas 18 años y el autor de las mejores canciones entonadas por Juan Carlos Baglietto. Tocó en la banda de Charly García, grabó sus dos primeros discos, “Del 63” y “Giros”, un EP, “Corazón clandestino”, con la participación de Caetano Veloso, y un disco con Luis Alberto Spinetta, “Lalala”, en el invierno de 1986, cuatro meses antes de la tragedia familiar. Todo esto con apenas 23 años. El resultado artístico de todo aquello fueron dos discos descarnados y oscuros, “Ciudad de pobres corazones” (1987) y “Ey!” (1988). Cada canción de “Ciudad de pobres corazones” puede leerse como una sesión psicoanalítica donde Fito vomita toda su ira, su angustia y sobre todo su impotencia ante un suceso sin explicación. Si hay un artista cuya vida esta en su obra ese es Fito Páez. Si, como el dijo en uno de sus discos, el mundo cabe en una canción, en sus canciones también hay lugar para su biografía. Tanto es así como su primer verso es su presentación de sí mismo: “Nací en el 63...” Incluso cuando habla en tercera persona, como en “Hazte fama”. Si “Ciudad...” y “Ey!” son la catarsis y el duelo, “Tercer Mundo” deja entrever rayos de luz después de años de oscuridad. El disco finalmente fue editado por la Warner, pero con el dinero de su mánager, Fernando Moya, mientras Fito deambulaba por Europa buscando sin éxito editarlo en España. Sin saberlo, en Argentina “Tercer Mundo” se vendía demasiado bien. Fito se enteró cuando Moya se lo contó por teléfono que había vendido 30.000 copias en dos meses y le sugirió que volviera para hacer unos shows. Las puertas hacia “El amor después del amor” ya estaban abiertas. “El amor después del amor” no puede explicarse sin “Tercer Mundo”, el disco que devuelve a Fito a un mundo del que se había quedado afuera y a Moya le permitió negociar un contrato con Warner: “Este (‘Tercer Mundo’) lo pagué yo, ahora pongamos plata para hacer algo mejor”, le dijo a la compañía, que aceptó el desafío y decidió invertir 150.000 dólares para grabar el próximo disco, una cantidad inusual para la época y para un tipo sin contrato. “Eso me dio la pauta de que estaban apostando fuerte”, recordó Fito. En febrero de 1992 se fueron Fito y Tweety González, junto con Ale Avalis y Cecilia Roth, a quien Fito había conocido ese verano y que sería musa inspiradora de lo que vendría después, once días a Punta del Este con todos los equipos para hacer los demos del disco. “El corazón del disco se hizo ahí. La estructura estaba armada en Buenos Aires, pero en Punta del Este le dieron cuerpo a todo eso. “Ahí compuse el tronco del disco”, sostiene Fito. El rosarino armó una superbanda para la grabación: Daniel Colombres (batería), Tweety (teclados y máquinas), Ulises Butrón (guitarras) y Guillermo Vadalá (bajo). Más las voces de Fabiana Cantilo, Claudia Puyó y Celeste Carballo. Los arreglos orquestales y su dirección corrieron por cuenta de Carlos Villavicencio. Los invitados fueron Charly García, Andrés Calamaro, Mercedes Sosa, entre otros. Warner decidió contratar al productor inglés Nigel Walker, discípulo de George Martín, el ingeniero de sonido de Los Beatles, y a Carlos Narea. Fito le dijo a Chacho Ruiz, presidente de Warner, que quería grabar en Abbey Road: “No era nada fácil”, recuerda Ruiz. “Es cierto que habían vendido bien ‘Tercer Mundo’ y que las cosas estaban mucho mejor, pero Abbey Road todavía era inaccesible para nosotros. Todo cambio cuando Fito le llevó los demos del disco. Todos los temas eran buenos, todos. Y con la ayuda de Nigel pudimos llegar. Ahí se hicieron los arreglos de cuerdas y de metales de Villavicencio”. Para marzo del 1993, con menos de un año de editado, el disco ya había vendido 400.000 copias. En abril, la Rueda Mágica Tour llegó a Vélez y Páez tuvo su noche de redención, después de tantos años de resentimiento y dolor. Él, que se había ido, estaba de vuelta ofreciendo otra vez su corazón y un disco que hizo historia.

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