Atardeceres de la infancia de Noé Jitrik

Recuerdos de la infancia en un pueblito de la provincia de Buenos Aires son los que Noé Jitrik vuelca en las páginas de "Atardeceres".

02 may 2006 - 00:00

BUENOS AIRES, (Télam).- Las impresiones y vivencias de un niño en un pueblito de la provincia de Buenos Aires y el recuerdo de esos hechos -más de 60 años después- son retratados con una fuerte dosis autobiográfica en "Atardeceres", el nuevo libro del ensayista Noé Jitrik.

El narrador -una voz principal, que no tiene nombre pero sí características muy parecidas a las del autor- urde una trama donde aparecen anécdotas transcurridas a principios del siglo XX, contadas de manera realista y con un lenguaje directo.

Este ensayo autobiográfico novelado tiene como idea central la importancia que le da el niño a la escritura con un particular énfasis en los primeros pasos dados en ese camino.

La historia transcurre en el ámbito de una familia muy humilde, llegada a la Argentina desde Rusia a principios del siglo XX con la esperanza de una vida mejor pero que a duras penas encuentra una vivienda en una colonia judía de un pueblo de la provincia de Buenos Aires llamado Rivera.

Jitrik se inspiró en "El mundo maravilloso de Guillermo Enrique Hudson", de Ezequiel Martínez de Estrada, donde se reconstruye el camino que tomó Hudson para escribir los recuerdos de su infancia en "Allá lejos y hace tiempo" ("Far away and long ago").

"Ese libro que leí mucho en su momento me hizo pensar y luego volví a mi pueblo después de 60 años. Y entonces me puse a escribir lo que sentía", contó Jitrik a Télam.

"Atardeceres", lanzado recientemente por Ediciones Al Margen, se pierde en evocaciones infantiles, pero desde la óptica de un adulto que analiza hoy el significado de los hechos ocurridos en ese entonces.

El autor trata de recordar lugares, personas y momentos de su infancia transcurrida en Rivera: "La memoria tiene esos deslices que indican no su debilidad sino el desfallecimiento de la observación, de la cual uno se acusa, se condena y se arrepiente toda la vida".

El libro pone el acento en el complejo proceso de selección de la memoria y de esas imágenes que permanecen intactas en la mente. "No puede ser que la memoria conserve imágenes por conservarlas, que una impresión tan fuerte en el espíritu de un niño sea un mero capricho de una memoria inconsistente, vana y su perdurable infiltración un simple dato, perdido entre otros muchos que podrían significar mucho más", reflexiona la voz narradora.

"Este deseo de escribir mi infancia estaba en germen como deuda, ya que ciertas situaciones que estaban en mí como fotos fijas, de una época también muy remota -1939 a 1942- formaron parte de las notas de 'Los lentos tranvías'", mencionó Jitrik.

"Por eso pensé que a las imágenes anteriores de mi infancia todavía les debía una reparación. Y finalmente esta se produjo".

Además, el texto refiere a un origen "que suele estar hundido en un pasado sin testigos y que puede muy bien ser pobre, triste, inconfesable a veces si se ve obligado a invocarse o a exhibirse en los escenarios de la sociedad, donde todo es presente y triunfo".

"Darle espacio al pasado es un esfuerzo titánico, para que en la vida no se diluya, no desaparezca en un presente infinito que se esfuma de inmediato. ¿Qué hago con el pasado? ¿Dejo que se escape? ¿Vivo el encanto del día en el que estoy?", se preguntó Jitrik.

"Creo que hay que conciliar las dos cosas. Porque esa recuperación del pasado -remarcó el escritor- ilumina el presente. Hasta nuestro lenguaje, si tiene algún peso en el presente es porque hay un pasado en el que se formó".

Jitrik, de 77 años y autor de numerosos libros, novelas, ensayos y críticas literarias señaló que "cuando uno se vuelca tanto sobre su infancia es un poco misterioso y preocupante; algo está pasando: quizás el temor a la muerte se acentúe y se haga más verosímil".

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