Les Luthiers: un clásico de 40 años

“Río Negro” habló con Marcos Mundstock, antes del show que traerán a Neuquén, el 15.

10 oct 2010 - 00:00

Cuando en 1961, Marcos Mundstock, leyó en público por vez primera la biografía de Johann Sebastian Mastropiero –que había creado para entretener a amigos y conocidos del Coro de la Facultad de Ingeniería, UBA– no sospechaba estar iniciando un ritual que se repetiría durante más de cuarenta años. Había llegado a Buenos Aires a los siete años, con sus padres, inmigrantes de la Galitzia polaca que hablaban en yiddish. En el coro de su facultad, conoció a Gerardo Masana y los futuros integrantes de Les Luthiers: Carlos Núñez Cortés pianista, bioquímico; Carlos López Puccio, violinista, licenciado en dirección orquestal de la Universidad de la Plata, director del Estudio Coral de BA y del Nueve de Cámara; Daniel Abraham Rabinovich Aratuz, guitarrista, violinista, escribano público; y Jorge Maronna, pianista, guitarrista, chelista, contrabajista.

Marcos obtuvo su carnet de locutor, trabajó en Radio Municipal, y tras el golpe militar del 66, se quedó sin trabajo. El 2 de octubre de 1967, día del debut de Les Luthiers, imitó a cantantes líricos que admiraba de chico. Durante los primeros años del grupo escribió casi íntegramente los libretos de sus espectáculos, y hasta hoy, las letras de muchas canciones y las historias de Mastropiero. “La fase más afectiva fue la improvisada de los comienzos, donde nos unía una gran amistad. Pero eso casi diría que es previo a Les Luthiers, de las épocas del coro, del germen. Cuando Les Luthiers empezó a salir del ámbito hogareño y coral, y accedió a los grandes públicos, se convirtió en una tarea profesional donde el exterior comenzó a ser un medio más bien exigente, hostil, al cual había que seguir seduciendo entre todos”, cuenta Marcos a “Río Negro”.

–Y rindiendo examen, a la vez.

–¡Claro! Ir superando etapas. Nunca estuvo previsto hacer un grupo para que lo vea cualquier público.

–Ni que durara semejante cantidad de años.

–No, por cierto. Puestos a analizar, si bien fue fruto de nuestro trabajo y nuestro talento, tuvimos la bendición que se diera de la manera que se dio, y que fuéramos los que somos. Influye, creo yo, una cierta calidad de buena gente, capacidad de compartir, de...

–Sostener al otro en los momentos difíciles.

–Eso se dio espontáneamente porque somos buena gente. Y también superar los momentos de competencia, puesto que todos nos creemos muy inteligentes y muy talentosos (ríe).

–Y muy vanidosos.

–También. Entonces hemos pasado por períodos competitivos y supongo que un cierto porcentaje de eso subsiste. O de enfrentamientos ideológicos por la política del grupo. Por creer que debíamos hacer tal cosa y no tal otra, o qué rumbo tomar... Hasta llegamos a discrepar sobre los resultados. Alguno decía que la risa debía estar sí o sí, como condición sine qua non para cualquier acto, cualquier frase que digamos; y otro que no, porque había toda una zona de calidad, de inteligencia, de estilo, que merecía la pena formar parte de la pieza aunque no provocara carcajadas.

–Es lo que están haciendo.

–Y es otra de las claves. Una mezcla de eficacia cómica con calidad de estilo.

–Y provocación a la reflexión.

–Es algo que tampoco nos propusimos. Está en nuestra naturaleza ser personas más o menos bien alimentadas culturalmente. Hemos crecido en el ámbito de la universidad de los años 60, que tuvo un período de gloria hasta la noche de los bastones largos del 66; incluso en el 58 cuando recuperó su autonomía, la vieja reforma con organismos de profesores, alumnos, y empezó a ser un ente democrático.

–Gobierno de Arturo Frondizi.

–Bueno, esos años fueron maravillosos... Terminaron con la dictadura de Onganía. La universidad era una especie de ámbito privilegiado, floreciente, con aires de libre pensamiento. Ahí nacimos nosotros. Había un hecho muy concreto: los coros universitarios eran una de las flores que crecían allí, y en uno de ellos nos conocimos y crecimos. Nuestras primeras armas, las hicimos en los festivales corales... Y hubo quienes no tuvieron la posibilidad de recorrerla en su totalidad, por ejemplo el Flaco (Gerardo) Masana, pobre, que se la perdió. Falleció a los 36 años el 23 de noviembre del 73. Hay una razón muy poco lírica, la menos idílica de las que explican nuestra prolongada subsistencia, y es que, además empezó a irnos muy bien, comenzamos a recibir una gran devolución del público, a vivir cómodamente de esto. Es una bendición adicional. Fuimos nuestros propios auspiciantes, nos autosoportamos todo el tiempo, con largos períodos de no hacer funciones para preparar programas nuevos. Eso no puede hacerlo cualquiera, y lo hemos logrado junto a nuestro público. Logramos la ecuación de lo elaborado con buen hilado, junto a una repercusión muy grande que nos permite mantenernos con las funciones en teatros o estadios y vivir muy bien.

–Temporadas de 150, 200 mil espectadores, giras nacionales y por el exterior, cifras que tampoco imaginaron.

–Por supuesto. Por empezar, no soñábamos ser un número de conocimiento público y vivir de él, hacer el mismo espectáculo en España y el resto de los países hispano-hablantes, cambiando muy poca cosa, diez palabras.

–Si hoy pensaran una empresa, un producto que dure más de cuatro décadas sin perder su identidad, del que se pueda vivir y dé placer estar en él, no imaginarían lo que hicieron.

–No. Siendo arreligioso, la única palabra que se ocurre es bendición. Ojo, y no somos nada modestos. ¡Creo que además somos tipos muy piolas, muy talentosos, de verdad! Una mezcla de talentos que nos hemos complementado muy bien, abarcando cuestiones que uno solo jamás podría. Creo que es muy bueno lo que hacemos. Se pueden sacar conclusiones aisladas, de algunos aspectos del fenómeno, pero como pelota enorme de cuarenta y pico de años, hay que rendirse ante la evidencia de que somos algo tan único como raro.

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