Los viajeros de Valcheta 25-10-03

25 oct 2003 - 00:00

Hirsutas las barbas, enjutos de rostro, los peregrinos de la búsqueda y el misterio trajinaron con afán aventurero las travesías del “río chiquito”. Horrible, al decir del cacique Casimiro, temida porque en ella solían blanquear las osamentas de hombres y de bestias. Páramo de la sal y de las plantas enanas, donde la sed aprieta implacable y el sol rige su magisterio implacable. Dormidos en el tiempo, con los párpados cerrados por el peso de tanta soledad, con el alma encallecida por pedreros y basaltos, dejando hilachas de sueños en las espinas temibles del alpataco, llevaron en sí mismos prendido como un abrojo el desafío de la acción y de la aventura. Ya con sable y uniforme, con lanzas y boleadoras, con instrumentos de medición o con breviarios y sotanas -viejas y gastadas por el viento irascible del sur- dejaron testimonio de la comarca del “arroyo que se colma”. Fueron soldados, cartógrafos. peritos, ingenieros, caciques, capitanejos, sacerdotes, obispos, comandantes, peones, alférez, hasta presidentes y un premio Nobel, fatigando con sus huellas las arenas del conocido “camino de los Balchitas”, tal como lo citara en su mapa el piloto Basilio Villarino y Bermúdez. El famoso “Valle Angosto” donde Fernando Zárate, cautivado en Patagones por los indios, “había vivido con los tehuelches cerca del río Valcheta y había viajado mucho”, y del cual otros afirman que “fue quizá el primer europeo que pisó Valcheta hablando simplemente del río chiquito donde vio cuarenta toldos”. Perdidos del mundo en la estepa agreste, arrutados como avecillas errantes, observaron montes y ríos, pájaros y matas, y durmieron su fantasía bajo el cielo de la Patagonia a la intemperie de toda razón y tino. ¿Podemos afirmar que Simón de Alcazaba y Sotomayor en el año l535, como algunos señalaron, “desembarcado en las costas de Chubut y adentrándose hacia el noroeste cruzó el río de ese nombre y llegó al arroyo Valcheta? Temerario, porque su cronista sólo habló del “río Chico” y de los territorios del Chubut, pero la Patagonia forma sus propios mitos y hasta lo incierto parece cierto y verosímil. Se sabe que la región fue mencionada por Azara en su famoso mapa esférico en el año l798, pero aludiendo solamente a los indios “Balchitas”. Los señores de la pampa, acampando en los recodos, soñando su mundo de caza y obsidiana; su estatura de hombres-guanaco atisbando desde los cerros el paisaje de la inmensidad y los riscales, ensimismados en su universo de dioses caídos. Ciento setenta años son muchos o pocos según se mire, cuando el indómito Cayupán -seis pumas- luchó valerosamente con los suyos el 5 de octubre de l833 -día del descubrimiento- contra la soldadesca del sargento mayor Leandro Ibáñez a la vera del arroyo homónimo y cuyo parte llevara a duras penas reventando caballos por los salitrales del Bajo del Gualicho el alférez Marcelino Crespo al Brigadier Juan Manuel de Rosas, dando noticias de la gesta. ¿Arribó el marino Francisco González a “una encañada honda, la que tiene un arroyo de agua muy clara” y que suponen que fue el Valcheta? Milcíades A. Vignati opina que pudo ser. Misterio. Las palabras de George Chaworth Musters resuenan metálicas tras tiempo y tiempo, escalas perdidas en los faldeos y las rastrilladas de tanto olvido y postergación: “ese río está sujeto a grandes crecientes”. Y el sapiente perito, sufrido y abnegado, observando minucioso la tierra que amó hasta la pasión, escribió con nerviosa caligrafía: “el valle o Bajo de Balcheta, en el descenso de la meseta, es pastoso, y en invierno el agua llega hasta el pie del camino”. Y el genio despierto de Burmeister asociando nombres, costumbres y lenguas dice que “a orillas del arroyo Valcheta hallamos los toldos de los indios” y cita a Pichalao y Sacamata y al cacique Cual, que sucedió a Chiquichano -estos últimos, tehuelches-, gran baqueano de las comarcas patagónicas. Al decir de Ercilla, “no tuvieron cimeras de plumaje luminoso ni descansaron en lechos nupciales”, pero fueron grandes señores del desierto. Y la historia registra al incipiente fortín bajo la comandancia de Lino Orís de Roa, que en diversas partes anotó las particularidades del pequeño y precario caserío. Hoy mira con sus ojos fríos, desde el busto que lo recuerda, las aguas viejas del arroyo que indiferentes siguen su curso de laguna y sal. Ya el sargento mayor Mariano Bejarano dijo que del “paso Chocorí siguió la dirección del paso de Balcheta”. Viajeros del coraje, intrépitos buscadores de gloria y de leyendas. Quijote loco, la civilización del riel, la epopeya del lejano oeste y el estudio de la Patagonia, gringo del progreso y del estudio con toda la modernidad en la mochila, ¿no anduvo varios meses reconociendo la región y esperando la remesa de dinero del gobierno nacional el geólogo norteamericano Bailey Willis cuando dirigió los trabajos del tendido del ferrocarril en la región sur? Sotanas gastadas, las cuentas del rosario, los ojos perdidos en el horizonte de rezos y silencios, bautizando, oficiando, ministrando la gracia de Dios bajo la Cruz del Sur. Bonacina, Milanesio y cuántos otros. ¿Adornado de celeste y blanco, con banderas y cucardas no llegó el vagón presidencial hasta la localidad trayendo al entonces presidente de la Nación Dr. Figueroa Alcorta? ¿Silbó apacible en tiempos turbulentos, heridas abiertas en las almas, dolores compartidos, no pasó el entonces flamante Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel por el arroyo con tanta historia? ¿Y no fue sede episcopal del negro Eusebio de la Santa Federación, famoso bufón del Restaurador de las Leyes al cual designó como “Obispo eminentísimo de las Valchitas”? Hechos insólitos de la famosa y antigua comarca, viajeros ilustres. Sus barbas hirsutas, sus ojos febriles, sus manos nerviosas. Hieráticos. Tiempo y tiempo. Pasajeros de la aventura y el misterio. La magia de dejar improntas. Valcheta, con sus ciento setenta años de historia larga, que son muchos o pocos, según se mire. Jorge Castañeda

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