Postales de la vida del hombre trashumante

Texto y fotografías de Ricardo A. Kleine Samson

28 mar 2016 - 00:00

El genio de Darwin sospechaba que el origen de la evolución humana había que buscarlo en África. No se equivocó, porque no descendemos del mono. Somos monos que aparecimos allí.

Simios (monos sin cola) a quienes una de las millones de olas del vasto océano de la diversidad y creatividad biológica dejó indefenso en las orillas de sus playas a construir en libertad su historia en las determinadas historias de los otros.

Y, entonces...

Hace unas 160 mil cosas y después de más de 5 millones de evolución, un grupo de simios Homo erectus establecidos en el valle del Omo en las actuales Kenia y Etiopía, aprovechó un cálido y húmedo período interglacial que transformó el Sahara en un vergel para, en menos de 15 mil años, llegar al Mediterráneo y, de allí, al Cáucaso. Pero otro período glaciar, helado y seco, les franqueo su avance a la actual Eurasia.

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Mientras tanto en África del este, esta misma especie siguió evolucionando hasta convertirse en Homo sapiens arcaico con casi kilo y medio de carne al interior del cráneo y ser el más temido y poderoso de todos los mamíferos del planeta que, como novedosa novedad, podía ver con su mente y relatar con su vos lo que su imaginación quisiera con el más absoluto refinamiento del que ni un chaman o un moderno abogado podrían imaginar. Lo que, además y, por otro lado, posibilitó convencer y seducir (como tus caderas) en torno a una idea a mas y mas sapiens como ninguna otra especie lo había logrado antes. Pero, hace otras 70 mil cosas, otro periodo glacial hizo descender los mares unos 130 mts sobre el nivel actual. El frío y la sequía los terminó acorralando en las costas del actual mar Rojo desde donde podían verse las prometedoras costas yemeníes. Sapiens ya dominaba el fuego, las técnicas de caza junto a una maravillosa habilidad manual, también el pensamiento simbólico asociado a una complejidad lingüística increíble que hace creíble lo increíble y entonces quizás, imagino yo, una noche en torno al convocante calor del fuego y una abundante comida, algún altruista iluminado (te amo) se le ocurrió convencer al grupo de cruzar por el riesgoso paso Bab el Mandeb (Puerta de la catástrofe) para llegar a Yemen y buscar nuevas posibilidades. La mayoría de antropólogos aseguran que por aquel entonces nuestra especie corría serios riesgos de extinción con, entre 6 mil y 8 mil machos reproductores (yo no estaba). La genética moderna determina que la Eva africana (mitocondrial) que parió el origen de los sapiens modernos partió de aquel pequeño grupo humano. Cruzar el charco fue una idea salvadora. El éxito no se debió tanto al mero acto de cruzar sino al alimento de una idea tan peligrosa como esperanzadora que sedujo al grupo. Imaginar y convencer fue un increíble recurso biológico que los sapiens aun usamos exitosamente para la comunión de ideas compartidas que nos estrechan tanto como lo es la democracia o los derechos humanos... ¿O no...?

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Ya en Arabia, el planeta se convirtió en un pañuelo al conjuro de su avalancha colonizadora que hacen que lo del navegante genovés sea un juego de niños. A su paso se topó con sus hermanos erectus que, por aislamiento, habían seguido evolucionando desde (te extraño) aquel episodio del Cáucaso, también con H. neandertal, con H. florisiensis en la isla de Flores que apenas llegaba al metro de altura, con H. denisova en la actual Siberia. Desde entonces y hasta hace unos 8 mil años sapiens acabó, involuntaria o voluntariamente, no solo con sus hermanos, sino con más del 60% de los grandes mamíferos, sobre todo en la actual Australia y América, y la flora que encontraron a su paso solo porque los demás no podían imaginar lo que el sí. ¡Qué pena no haberlos conocido...!

Y entonces hace unas 16 mil cosas atrás, aprovechando otro gélido periodo glacial, llega a la beringia por Siberia para cruzar a la actual América y poblarla por la costa del Atlántico y el centro del continente. Hasta acá podemos decir que los rasgos mas distintivos de sapiens se forjaron, desde los últimos 100 mil años en su coherencia cotidiana de la trashumancia, en la caza y la recolección, hasta que hace unos 5 mil años las seductoras caderas de la revolución agrícola empezó a invertir esos milenios de evolución que formaron nuestra psiquis y que aún conserva intacta la nostalgia del Eden.

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Ya en América, en menos tiempo en el que Macri firmó el acuerdo con los fondos buitres, llegaron al norte de la actual Patagonia argentina para evolucionar en lo que hoy llamamos Homo trashumante... Un simpático y poderoso sapiens que se florea, hidalgo y elegante, frente al cordón de Flores en plena cordillera del viento a orillas del Varvarco o el Covunco con un rostro tatuado con las tintas del viento en solidas y profundas marcas como su cordillera pero tan suaves y elegantes como los vórtices de cada arroyo que atraviesa, con una espalda tan perpendicular al horizonte que hacen que la tierra parezca plana y, que al mando de su caballo y junto a su burro, sus perros, su piño y sus pocas ideas salvadoras se salvó de la cruzada civilizadora que, a 70 mil años del aquel glorioso día en que cruzamos el mas Rojo, sigue sin saber (te quiero y nunca sabrás cuanto) muy bien qué hacer ni a donde ir. Ahí, en ese recodo de la historia se instaló Homo trashumante, un sapiens, que a medio camino de los cazadores recolectores que lo precedieron, sigue las rutas que el frío o el calor le marca cada año para alimentar su ganado y forjar, con sus propios recursos, su historia cotidiana que quizás se juzgue tan monótona como aburrida, pero aun por eso o gracias a eso, la vida de cada uno de ellos tiene la fortaleza de un relato tan lleno cómo sólido, extendido en el tiempo de toda su existencia en la que adquirió sus destrezas y su personalidad como animal humano, que hacen que solo él sepa que un día nació por casualidad y otro murió por necesidad sin saber si fue todo lo dichoso que dichosa hizo a su comunidad y sin haber hecho nada más importante que aportar la lealtad de su vida y sus habilidades a la consolidación de una singular cultura que cuida celosamente a sus celosos cuidadores y que, ni pobre ni rica, intenta mantener sin fracturas ni inclusiones su espacio vital intacto en vacío de la avalancha neoliberal que desde hace tiempo solo produce a su servicio sapiens seriales como los códigos de barra que escanea el cajero.

Y si todas las brújulas del mundo apuntan caprichosas al norte... ¿en qué otro lugar hemos de buscar ejemplos de sentidos que nos sea el norte neuquino...?

Homo trashumante, en vos confío.

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