Un pueblo

18 may 2011 - 00:00

La historia de este pueblo es la historia de una derrota, la historia de mi familia también. Es una tarde lenta, como el ritmo del pueblo. Apenas cuatro o cinco personas juegan en un bulevar a las bochas y me miran con curiosidad. Todo aquí tiene la atmósfera de otra época, como si el tiempo aquí fuera un adagio que no siguió la vertiginosidad de la sinfonía en la que participamos todos. Es fresca la tarde de abril, aunque arropa bastante ese sol tibio que amarillea aún más las hojas de árboles centenarios. Camino hacia la plaza, lo observo todo. Poco queda del pueblo de mi infancia y sus calles pobladas y su gente en los bares o las fábricas que hoy son inmensas chatarras. Nada queda del tren que se fue con el alba. Los baldíos de esta avenida son verdaderas tumbas, porque cada espacio libre aquí es un especie de zona cero en miniatura; y si uno se esfuerza y camina entre los yuyos aun se pueden ver los cimientos de lo que fue una casa de puertas y ventanas altas, de dos hojas, que no resistió los soplidos de Cronos. La plaza está en sombras. Un concierto de pájaros ahoga toda mueca urbana. Eucaliptos y pinos se disputan la altura y la musculatura de sus troncos. Hay un cartel que enciende el enigma dice “Plaza Alejo Vladimir Abutcov”. “Dios no juega a los dados”, dice la célebre frase de Einstein, pero yo no estoy tan seguro; sino cómo se explica que el hijo de nobles terratenientes rusos, el profesor de piano, armonía, contrapunto y fuga en la Capilla Coral Imperial de San Petersburgo, el amigo de León Tolstoi, termine sus días en medio del salitre y los pichanales de este pueblo por entonces progresista. No lo sé, aunque hay en el fondo de esta historia un sonido fuerte de cubilete. *** No podré hoy llegar hasta la casa que el propio Abutcov construyó con cañas y barro y que hoy es una tapera que apenas se sostiene. Eso es lo que quedó del proyecto de hacer –siguiendo los pasos de la filosofía tolstoiana– una colonia agrícola anarco-cristiana, de vida naturista vegetariana en 1924, fecha en la que llega luego de estar un año en Buenos Aires. Desconcierto seguramente provocaba este hombre ya grande (había nacido en el sur de Rusia en 1872) en los campesinos míseros y analfabetos; desconcierto y recelo. Sin embargo se las ingenia no sólo para cultivar la tierra (era ingeniero agrónomo y profesor de Ciencias Naturales) sino para enseñar a otros campesinos y sus hijos matemáticas, geografía, biología, y por supuesto, música. Porque A. V. Abutcov es por sobre todas las cosas músico. El autor del “Manual para el estudio de contrapunto, canon y fuga”, que se transforma en texto de estudio de la Capilla Coral Imperial. Ese texto será prohibido por la revolución rusa y él escapará milagrosamente de la cárcel en la que estaba a la espera de ser ejecutado. Junto a su actividad agrícola, Abutcov enseñaba piano, violoncelo, viola, violín, guitarra, trombón, armonio, mandolín, acordeón, bandoneón, canto, composición, teoría y solfeo. Se ha conservado un pequeño porcentaje de su producción musical, que se calcula en unas 400 obras. Compuso música sinfónica, coral, de cámara y numerosas obras para piano solo y para canto y piano. Abutcov murió en 1945 en este lejano confín del mundo, solo, sin familia; no podremos saber nunca si añoró alguna vez su pasado de gloria o sintió la frustración por una vida que el destino le tapió, o si quizás estuvo satisfecho con su suerte. Cincuenta y un años después, el gobierno ruso lo sobreseyó de todos sus cargos.

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