De Armenia a la Argentina sin boleto de “vuelta”



Los armenios comenzaron a llegar a la Argentina en 1897-1898, luego de las matanzas perpetradas por el sultán turco-otomano Abdull Hamid II en los años 1894-1896. La otra cifra importante llegó en 1910 como consecuencia del ascenso al poder de los jóvenes turcos que, al poner en vigencia la Constitución de 1876, legalizaron la emigración de súbditos otomanos.

Muchos armenios, entre ellos mis abuelos, provienen de Cilicia, sobrevivientes del incendio y masacre de la ciudad de Adaná en 1909, donde perecieron treinta mil armenios. Los sucesos de 1894, 1896 y 1909 se consideran el “Preludio” del genocidio.

A partir de allí el ingreso fue continuo: durante el genocidio, al finalizar la Gran Guerra, con el advenimiento de los bolcheviques y el posterior ascenso del régimen stalinista hasta 1940.

Recientemente, en 1994, la Argentina recibió la migración de armenios que trataban de mejorar su calidad de vida en estas tierras, malograda por la inestable situación en Armenia, producto de la crisis que provocó la disolución de la URSS y la organización de la nueva república. Algunos de ellos viven hoy en el Alto Valle.

En la Armenia histórica, la existencia de nuestro pueblo se remonta a la Edad de Piedra. Las tribus de los hayasa, armens y urartu unidas forman el reino de Thushpa, en las riberas del lago Van, territorio que posteriormente se llamó Armenia Mayor. Ya estaban allí en la época diluviana. El mito fundacional narra que, concluido el diluvio, con el descenso de las aguas, el Arca de Noé encalló en el monte Ararat, descendiendo los hombres que repoblaron el mundo. Haik, bisnieto de Noé, es el antepasado común que compartimos todos los armenios. Le da el nombre al país: Haiastan “la tierra de Haik”.

La mención de estos hechos en el libro del Génesis nos ubica como pueblo bíblico, fenómeno constitutivo del imaginario colectivo, base de la identidad armenia. La cronología arqueológica sitúa el diluvio 7000 años atrás, cuando el influjo de las aguas saladas del mar Mediterráneo penetró hasta el mar Negro, inundando las tierras de Armenia. A pesar de que se buscan permanentemente los restos materiales del Arca en las laderas del Ararat, me inclino a pensar que el monte y el Arca son la misma cosa: los hombres treparon la montaña para salvarse de las aguas, convirtiéndose en monte sagrado por excelencia. En tiempo de catástrofes climáticas evidentes, vuelve a ser un símbolo recurrente de salvación de la humanidad. Lamentablemente, los armenios observan de lejos el Ararat, ya que hoy está en territorio turco.

La actual República de Armenia representa el quince por ciento del espacio que ocupaba históricamente, ya que el genocidio provocó la pérdida del setenta y cinco por ciento de sus territorios y habitantes. A decir de Marc Ferró: “…El silencio de los turcos respecto de esta matanza no tiene equivalente en la historia…”.

En 1915, las autoridades turcas pusieron en marcha un plan sistemático y premeditado para aniquilar al pueblo armenio. La noche del 24 de abril fueron secuestrados de sus hogares en Constantinopla más de doscientos poetas, maestros, abogados, editores de diarios, miembros del Parlamento, líderes comunitarios, posteriormente asesinados. Se dio inicio al genocidio, alianza secreta entre turcos y alemanes para la realización del sueño panturánico. Quienes lograron sobrevivir a masacres y deportaciones se albergaron en otros países, lo que constituyó la diáspora armenia.

Ésta existió en tanto y en cuanto se trató de un conjunto de personas conscientes de pertenecer a un mismo pueblo, desarraigadas en circunstancias extremas, obligadas a dejar su país en forma brusca. Conformaron una minoría en el país receptor y la identificación de sus miembros con la cultura de sus antepasados se dio aun en el caso de haber perdido la lengua y la religión. En lengua armenia hay dos términos que definen este fenómeno social: el menos usado “ardasahaman” (fuera de las fronteras) y “spiurk” (diáspora – del griego “sperio”).

¿Qué tenemos en común los que integramos la diáspora armenia en la Argentina? Todos nuestros antepasados ingresaron al país en calidad de refugiados, víctimas ellos y sus familias del genocidio perpetrado por los turcos entre 1915 y 1923; perdieron sus tierras y bienes. Desmembraron y liquidaron parte de sus familias. Todos ellos sin posibilidad de retorno a su país de origen, ya que el Tratado de Lausana -que fundó la Turquía moderna- firmado por Mustafá Kemal “Ataturk”, en 1923, prohibió el regreso de los armenios. Nuestros abuelos llegaron a la Argentina sin boleto de “vuelta”.

Ante un genocidio no reconocido por el Estado turco, planificado y ejecutado contra sus propios ciudadanos (considerado 'millet leal' hasta 1895), los armenios no podemos permitirnos olvidar. Debemos romper la amnesia autoimpuesta desde el poder. A 93 años de la perpetración del crimen, seguimos reclamando el reconocimiento, por parte del país ejecutor y de la comunidad internacional, del genocidio armenio. Nos solidarizamos con otros similares y colaboramos en las prácticas de prevención. A la luz de las leyes dictadas el año pasado en la Argentina, Chile, el Mercosur, la media sanción en el Congreso de EE. UU., el genocidio armenio no debe nombrarse más como el “Genocidio olvidado”.

 

CAROLINA MAKINISTIAN (*)

Especial para “Río Negro”

(*) Profesora en Historia – UNC

Descendiente de armenios llegados a Argentina en 1910-1912, sobrevivientes de la masacre de Adaná (1909)


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