De Frondizi a Perón



Se amarró al peronismo silbando bajito, pispeando. Un tránsito que comenzó tiempo después de la trágica muerte de su hermano mellizo, que sí era de madera peronista: Rómulo Costanzo, diciembre del 71. Y fue cuando el país avanzaba hacia las elecciones de marzo del 73 que él –Remo Costanzo–, en una panadería de Villa Regina con más historia política que harina consumida y lechón de por medio, desbrozó en un mano a mano con Mario Franco su camino hacia el peronismo. Venía del desarrollismo. Ese doctrinario sacudón de ideas que procuró modernizar el país de la mano de un presidente imposible al frente de una sociedad bloqueada por la furia peronismo-antiperonismo: Arturo Frondizi. Pero avanzada la década del 60 se fue convenciendo de que el desarrollismo comenzaba a ser historia en cuanto a posibilidad de ejercicio de poder concreto. Su misión era otra. Se confesaba a media palabra: ponerle cerebro al grandote. Al peronismo. Y así llegó a secretario de Planeamiento del gobierno que lideró Franco entre mayo del 73 y marzo del 76. Trabajador. Abierto a inyectar ideas, dotó al organismo de un perfil positivamente definido. Todo en el marco de un tiempo político nacional en el que la tempestad furiosa corroía al peronismo y tornaba estéril la racionalidad. Y vale un color: el 12 de junio de 1974 Remo Costanzo fue uno de los últimos argentinos que conversaron con Juan Domingo Perón en la Rosada. Minutos después de aquel comienzo de tarde, éste se marcharía a Olivos para alistarse ante la muerte que ya no lo buscaba. Lo acechaba. Tras el golpe del 76, sin mediar nada más que unos meses, Costanzo comenzó a trabajar la interna del PJ provincial. De ahí surgió la Corriente de Opinión Interna. Personalista. Política sin descanso. Devorador de kilómetros en cumplimiento de estar y estar. Hablar y hablar. Estilo directo. Nada cuidadoso. Agrio, de ser necesario. Maniático del dictado de agendas. Cabeza ordenada a la hora de las ideas, donde calaba el desarrollismo. Con la democracia, centralidad excluyente del peronismo provincial. Agobiante centralidad incluso. “Pero ¿quién si no yo?”, supo decir cuando marchó hacia su tercera elección para gobernador, que perdió por paliza. En las otras dos cayó, en una por traición del franquismo que le manoteó 4.000 votos. En la restante, 95, la gobernación se le esfumó en un doblar de esquina: 640 votos. Y tuvo larga banca de senador nacional. Ahora, acusado de coimero.

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CARLOS TORRENGO carlostorrengo@hotmail.com


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