De las ideas a la imagen y la puja de “banalidades”





Siempre me sensibilizó que a un hombre de la vida pública se lo llamara –con respeto– “fue un hombre de su tiempo”. ¿Alguno de nosotros puede dejar de serlo? Recuerdo, cuando chico, en el mismo Río Negro, haber visto a actores de la política, militantes de los partidos, en su vida diaria. Su caminar por las veredas de Roca, su concurrencia a los bailes del Progreso los sábados a la noche, su treparse a los palcos de la calle Tucumán (frente a El Molino) para discursear programas, ideas. Nada de nostalgia en todo esto, sino imágenes de un tiempo en que la locura no era ni un argumento ni una consecuencia del ejercicio político. Pero la pasión, la posibilidad de imaginar horizontes, eran carne humana. Esto es: se venía de un pasado, se vivía un presente, se dibujaban futuros. Incluso los gobernantes gobernaban y en base a ello eran juzgados. Un mundo, un país de ideas con ideas. El torbellino de creer que “una imagen vale más que mil pensamientos” ha creado hombres y mujeres cuya vida política vadea la fugacidad de lo descartable. No sabemos, no lo sabe la población, qué futuro se elige cuando se vota a uno u otro candidato para que dirija los destinos de su sociedad. Hoy los asesores de imagen han reemplazado a las discusiones ideológicas, a los programas y los planes de gobierno. ¿Cómo puede entonces hablarse de “gobernabilidad” si lo que conocemos como “los políticos” parecen artículos de un bazar de ilusiones? Así lo viven gobernantes y gobernados. Éstos suelen comprar lo que luego contradice sus sueños. Aquellos acostumbran participar de un juego en el que saben que las necesidades son infinitas y los recursos, finitos. Por tanto las piruetas justificatorias terminan sembrando malestar social, conflictos, descrédito y permanente desprestigio de la política y de quienes dicen ejercerla. Gandhi explicaba que no hay políticas sin ideas. Y esto muestra la ausencia de debate en nuestro país: el mundo de los proyectos está muy ausente, y el escaparate de nuevas viejas figuras está renovándose sin cambiar nada. Es inevitable que esto intranquilice, porque la incertidumbre (sombra incierta, según nos dice la etimología) es un sentimiento que desorganiza a los humanos. Si desde el gobierno nacional –imposible no nombrarlo por la enorme responsabilidad que tal lugar entraña– impone la gimnasia binaria de “conmigo o contra mí”, aparece eso que paradójicamente se denomina “pensamiento único”. Se trata de una definición de por sí contradictoria con la condición humana, caracterizada por la biodiversidad, la sociodiversidad y las diferencias propias de seres únicos e incopiables. Sólo las distintas formas de la violencia pueden sostener este presente. Hay un episodio que sintetiza trágicamente lo que señalo: la última Feria del Libro. Pocas instancias pueden reivindicarse más ligadas al pensamiento, al debate, al mundo de las ideas, que dicha feria. En este 2010 dos presentaciones de libros, de esos que están “contra mí”, fueron impedidos por grupos (de algún modo hay que llamarlos) de acción. Las palabras reemplazadas por hechos intimidatorios que obturan todo debate. ¿Esto se puede sostener sin cosechar miedos, autocensuras, angustias, silencios (mejor dicho: silenciamientos)? Ya no se sabe qué dicen los libros; lo que se conoce es el ruido de los hechos clausurando toda posible discusión. ¿Puede ser esto saludable? ¿Cuáles son los costos en salud que esto conlleva? ¿Qué energías les demanda a esos grupos sostener y acrecentar este clima social? ¿Se pueden así imaginar escenarios futuros donde las palabras sirvan para designar ideas que produzcan hechos capaces de transformar las injusticias, resolver las crecientes necesidades sociales reflejadas en el hambre o la desocupación diarios? Hannah Arendt, en su admirable radiografía del autoritarismo (“Eichmann en Jerusalén”), hablaba de la “banalidad del mal” como algo que ese régimen fomenta, desarrolla y premia en los seres humanos: el mal como algo habitual, común y natural. Cuarenta años después (2008), Philip Zimbardo, también psicólogo social que sufrió, como Arendt, en carne propia el nazismo, acuñó el concepto de “banalidad del heroísmo”, refiriéndolo a los hechos heroicos que personas comunes producen a diario enriqueciendo la condición humana y generando pequeños o grandes cambios sociales. Quizás nuestra Argentina esté debatiéndose entre ambas “banalidades”. Es al menos mi confiada esperanza. (*) Médico psiquiatra

Jorge Luis Pellegrini (*)


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