De libertador a déspota





Que un hombre extraordinario. Profesor de primaria a los 17 años, en lo que entonces se llamaba Rhodesia del Sur, y después estudios de economía en Londres y letras en Sudáfrica. A pesar de lo invisible que es África, su figura consiguió traspasar fronteras. En algún lugar de la memoria, el mundo recuerda que fue un gigante. Luchador contra el apartheid que gobernaba Rhodesia desde la independencia del Reino Unido, fue para su país una especie de Nelson Mandela. Y en los primeros años, uno de los grandes gestores de las incipientes naciones africanas, muchas de ellas sometidas a corrupciones lacerantes que dilapidaban totalmente su economía.

Con una inteligencia estadística indiscutible, garantizó la seguridad de los granjeros británicos, que se quedaron en el país; elevó la producción agrícola hasta la categoría de granero de África, impidió que la nueva Zimbabwe fuera una dictadura marxista -a pesar de las buenas relaciones con el maoísmo- y luchó contra el analfabetismo de su población hasta llegar a más del 85% de ciudadanos que podían leer y escribir. Una cifra que en el África subsahariana era considerada un sueño. Por todos esos méritos, Robert Mugabe elevó su nombre a la categoría de mito y hasta la Reina de Inglaterra le concedió el título honorario de Knight Commander of the Order of the Bath. La primera parte de su biografía como líder africano del siglo XX la culminó con honores.

La segunda, al final de su vida, la cerrará con vergüenza, despotismo y miseria extrema. Zimbabwe sangra por todas sus orillas. Considerado el país con la política económica más desastrosa de toda África, la antigua Rhodesia sufre la inflación más alta del mundo, 165.000%, presenta una mortalidad infantil de más del 60%, la esperanza de vida ha caído hasta los 36 años y el paro se acerca peligrosamente al 85%. La violencia institucional ha sembrado el terror en todo el territorio, el líder opositor Morgan Tsvangirai ha tenido que refugiarse en una embajada y muchos de sus compañeros han sido asesinados. En plena locura despótica, Mugabe ha prohibido la acción solidaria que interviene en el país y que es la única garantía de comida para la mayoría de la población.

Nuevamente, pues, un país africano lanza un SOS al mundo para intentar frenar la brutalidad que sufre. Y nuevamente, con toda probabilidad, no pasará nada, más allá de algunas declaraciones políticas tan necesarias como ineficaces. El fraude electoral en África es endémico, las matanzas indiscriminadas gozan de una notoria impunidad, la tragedia de su población sufre de una indiferencia planetaria aún más notoria y si la ONU se demuestra inútil en tantos países violentados, en África sencillamente es un espantapájaros. Con una salvedad: el magnífico trabajo que hace Onusida para combatir la pandemia en el continente.

En el caso de Zimbabwe, el sátrapa sabe que tiene las espaldas bien cubiertas por Rusia y, muy especialmente, por el gigante chino, que hace años que ha convertido África en su patio trasero, donde explota sus recursos y vende armas a todas las facciones violentas que sangran el continente. Incluso ha construido algunas de las fábricas de armas ligeras en Zimbabwe y en el terrible Sudán. Sin ninguna duda, China mantiene una política internacional importante y sin escrúpulos en cuestiones de derechos humanos y libertades. Y nadie puede pararla.

Y con China de la mano, Mugabe resiste. El mítico libertador es hoy un tirano que sangra y destruye a su pueblo. Pero ello, en África, nunca ha sido un problema para mantenerse en el poder. Al fin y al cabo, ¿a quién le preocupa África? En la conciencia colectiva, no existe. En la actividad política, sólo para vampirizar sus recursos. Y en la realidad informativa, es un simple prospecto de agencia de viajes para ir de safari a Kenia. Morirán más. Y continuará siendo indiferente.

 

PILAR RAHOLA (*)

Publicado en La Vanguardia de España

(*) Escritora y ex vice alcaldesa de Barcelona


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