Del campo a la ciudad: el riesgo de los cercos eléctricos

La búsqueda de alternativas para evitar robos ha llevado a instalar, sin control, sistemas tipo “boyero” en viviendas, que no fueron diseñados para uso humano y pueden ser muy peligrosos.

12 oct 2018 - 00:00

En pleno desarrollo de la Primera Guerra Mundial, el ejército alemán instala 300 kilómetros de cerca electrificada entre las fronteras de Bélgica y los Países Bajos. La consecuencia es tremenda, estimándose en tres mil las muertes causadas por la llamada “alambrada de la muerte”.

Luego del nefasto debut, y como ocurrió con un sinnúmero de inventos de origen bélico, la prosperidad agropecuaria norteamericana de 1930 toma el eléctrico aparato y comienza a emplearlo en control de explotaciones ganaderas intensivas.

En Argentina, en la pampa húmeda de mediados de 1940, la ganadería era predominantemente extensiva. El alambre era barato y el ojo del amo engordaba el ganado.

Así, los sistemas de seguridad mediante el uso de corriente eléctrica como método de control hacían su entrada triunfal al negocio pecuario, siendo empleados para resguardar la hacienda en determinados espacios, ahuyentando al mismo tiempo a potenciales depredadores.

El ingenio popular rioplatense lo bautizó “boyero eléctrico” por su similitud con el trabajo rural de cuidar el ganado vacuno.

El boyero eléctrico fue diseñado técnicamente para grandes animales, vacunos, porcinos, equinos; y su principio de funcionamiento es sencillo: la corriente fluye mediante un cable o alambre y el contacto con un animal permite la descarga a tierra a través de su cuerpo causándole un doloroso disparo eléctrico.

Pero, como ocurre con casi todo, hace tiempo se le ha encontrado otro uso y no tardó en llegar del campo a la ciudad. Con argumentos vinculados al aumento del delito y la inseguridad, desde los 90 han proliferado los cercos electrificados en las ciudades, y la capital de Neuquén no escapa a esa realidad.

Un caso de alerta

En el 2008, siendo director municipal de Defensa Civil, sucedió un hecho que me hizo tomar intervención por primera vez en el tema. Ocurrió durante una emergencia climática por fuertes vientos, con ráfagas máximas de 80 km por hora. Durante la noche, un enorme árbol cayó sobre el frente de una casa dañándola considerablemente y dejando retorcida y trabada la única puerta de ingreso y salida. Cuando llegamos advertimos que sobre la reja semidestruida y en contacto con la puerta había cinco alambres electrificados que la dueña de casa no recordaba cómo desactivar.

Por supuesto que desconectar la energía eléctrica era una opción, pero no resolvía el problema, ya que los sistemas “boyero” funcionan con reservas de baterías.

En definitiva, y tomando extremas precauciones, decidimos cortar los alambres y luego de quitar el árbol romper la puerta y liberar a la vecina. La situación nos demandó unas tres horas, y no hubo consecuencias más allá de las materiales. Pero desde entonces me pregunto: ¿qué hubiera ocurrido si era una emergencia con una persona herida?, ¿y si hubiese habido un incendio?, ¿y si la situación hubiese requerido de una evacuación inminente? O peor aún, ¿qué hubiese pasado si acudía alguien en ayuda y no advertía la reja electrificada?

Luego de las cámaras de vigilancia y las alarmas, los cercos eléctricos son los más empleados para evitar robos, pero no es lo mismo instalar una cosa que otra. La complejidad técnica y los aspectos vinculados a la seguridad propia y de terceros de los cercos eléctricos requiere especificidad. Los niños, las personas ancianas, quienes tienen alguna afección cardíaca o utilizan dispositivos tipo marcapasos, las personas epilépticas o especialmente sensibles y también los animales domésticos son los más vulnerables.

La situación se agrava aún más cuando algunas personas, ya sea por ahorrarse el costo del equipo, la instalación o por propio desconocimiento, conectan la cerca a una toma común de energía domiciliaria, la que posee voltaje casi siempre mortal, sin tener en cuenta que eso es lisa y llanamente un delito.

En septiembre pasado presenté un proyecto de ordenanza para impedir la instalación dentro del ejido urbano de los sistemas de control eléctrico tipo “boyero”. No hay dudas, éstos no son sistemas seguros ni fueron pensados para actuar ante el contacto de personas. Los fabricantes de boyeros eléctricos lo dicen claramente: “Uso específico en ámbito rural y para control de ganado”.

Hoy en día, la falta de control, la escasa regulación técnica y aun la falta de legislación nacional, provincial o municipal dejan libradas al azar cuestiones de seguridad extremadamente peligrosas. Sólo el Ente Nacional Regulador de la Electricidad y la Asociación Electrotécnica Argentina establecen ciertas reglamentaciones en adhesión a normativa internacional. Pero, legislativamente no son obligatorias. En síntesis, hay un vacío legal muy importante.

Algunas empresas que comercializan cercos eléctricos fundamentan su actividad mediante el ejercicio de la legítima defensa. Queda para nosotros tomar conciencia sobre la racionalidad del método empleado para ejercerla. Principalmente porque hay sobrados antecedentes de incidentes, muchos con consecuencias mortales, que nada tuvieron que ver con la inseguridad. Para reflexionar.

*Concejal por el bloque UNE, Neuquén capital

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