Una tragedia marcada a fuego

24 ago 2018 - 00:00

El furor de las llamas en menos de dos horas dejaba una imagen desoladora en la calle Sarmiento, arteria central del Bajo neuquino, entre las calles San Luis y La Pampa. Es posible que cuando ello ocurrió muchos lugareños todavía no habían terminado de procesar el impacto que unos años antes provocara el incendio que destruyó el primer local de Tienda Buenos Aires, en la esquina de Sarmiento y La Pampa. Esta vez, por su dimensión, el dramático episodio repercutió en la población capitalina y en familias muy reconocidas de la sociedad, propietarias de los comercios siniestrados que figuraban a nombre de Luis Carlos Roquette, José Falleti y Salvador Lombardo. El dueño de los tres inmuebles era Salvador Benchimol, titular de todo el sector extendido hasta casi la mitad de cuadra de la calle San Luis, donde el nombrado poseía su vivienda familiar.

Sin víctimas personales

Los daños materiales superaron todo lo imaginado y, si bien no se registraron víctimas personales, las lesiones en lo emocional fueron múltiples.

El mobiliario que pudo rescatarse era de las viviendas de las respectivas familias, en tanto la destrucción fue total en los salones comerciales, separados entre si por tabiques de madera.

El esfuerzo tesonero y espontáneo de muchos convecinos, especialmente trabajadores ferroviarios que acudieron presurosos atenuaron algunas consecuencias aún mayores frente a la demora de los bomberos, secuela del horario y limitaciones de la comunicación. Con perspicacia los ferroviarios que ocupaban la playa de maniobras frente al lugar de los hechos no sólo hicieron sonar insistentemente el silbato de una locomotora de vapor como señal de alarma pública sino que también cruzaron todo el descampado (hoy zona del Parque Central) con recipientes cargados de agua. Ante el incremento del fuego, la decisión era especialmente válida como gesto solidario de cara a tanta angustia.

Todavía lejos del alba y el azote de la baja temperatura la mayoría de los afectados se encontraba en cada uno de los patios cubierto con frazadas, cuando se hicieron presentes los vecinos Simón Judzik y Marcos Cogut, propietarios de las tiendas Buenos Aires y El Diente de Oro, pidiendo que los afectados se trasladaran a sus viviendas para completar el reposo. La decisión incluyó desayuno y almuerzo, pero no alcanzó a los jefes de familia Falleti y Lombardo, demorados por la Policía en averiguación de los hechos.

¿Quién encendió la chispa?

Rápidamente a continuación del incendio la conjetura pasaba por la posibilidad de algún cortocircuito y por la insistencia en la noticia de que el único de los afectados que poseía seguro era Luis Roquette, propietario de la librería, llamando la atención que al momento de los acontecimientos no sólo estaba fuera del lugar tanto él como su familia sino que se comprobó que había viajado a Buenos Aires y, unos días después, emprendido el retorno a Uruguay su país de origen. Su hija Clara –vive actualmente en Mar del Plata, tiene 86 años–, cuando le contamos de esta crónica, se prestó muy gentilmente para decirnos que ella “no tenía la menor idea de si el papá había cobrado algún seguro, y que desde unos días antes del incendio, junto a la mamá separada del marido, ella se encontraba viviendo en Buenos Aires”. Aprovechó la conversación para recordar que unos días después de aquel fatídico 28 de agosto al estar de regreso en Neuquén la señora Natalia Correnti de Falleti no sólo se puso a su disposición sino que le dio trabajo de costurera en la sastrería de su esposo. A todo esto, el peritaje policial a cargo del comisario Isidoro Herrera, padre del Dr. Alberto Herrera que fuera intendente de Plottier, no arrojó ningún resultado concreto en cuanto al origen del fuego.

Borrón y cuenta nueva

En menos de un año después de la tragedia Benchimol, propietario del lugar, hizo construir a nuevo otros tres salones y sus respectivas viviendas, siendo alquilados por confitería Rex, de los hermanos Di Giorgio, que tenían domicilio en Centenario; peluquería Giner (familiares del actual funcionario municipal Marcelo Bermúdez) y farmacia Neuquén, de Francisco Benedetti, quien como su hermano Enrique, médico, fuera intendente municipal durante el período 1936/39. En tanto a la fecha el único local existente es el de la farmacia; la confitería cerró a poco de su inauguración abriendo luego en el mismo lugar la óptica Doffigny.

¿Quién fue el más afectado?

Señalamos acerca de la situación del librero Luis Carlos Gustavo Roquette. En cuanto a José Falleti, padre del exdiputado Julio Falleti y de Atilio, presidente de CALF (1979/86), fue importante la ayuda moral y material de la familia Martellotta, instalándose casi de manera inmediata en el local de la calle Santiago del Estero que ocupa aún hoy.

A la reapertura de la misma sastrería, y a poco del nacimiento en frente del colegio San Martín, anexó lo que sería luego una importante librería escolar.

A estar de las distintas facetas, consecuencia de los hechos, flotaba la presunción, en cuanto al aspecto económico, de que la peor parte impactó en el peluquero y músico Salvador Lombardo. Integraba la Banda de Policía y entonces el sueldo era de 147 pesos mensuales. En su beneficio se hizo una colecta que él mostraba con reconocimiento, la que arrojó un total de 120 pesos. La familia Sagristá, dueña de la panadería La Capital, le proveyó sus productos en forma gratuita durante un mes. Faltaba saber dónde y cómo podía instalar nuevamente la peluquería. Dicha instancia planteó una reacción casi pintoresca pero también amistosa por parte de la numerosa familia Ambrosio con negocio de sastrería en la tercera cuadra de la calle Sarmiento. Como el salón comercial era lo suficientemente grande, le ofrecieron a Lombardo armar un “biombo” y que en su interior pusiera la peluquería, inclusive el armado tomaba parte de una vidriera muy grande.

Aceptado el ofrecimiento por parte de Lombardo, los Ambrosio decidieron no cobrarle ningún alquiler, pero a cambio y hasta tanto consiguiera otro local (casi 90 días después abrió en Sarmiento 176) debía hacerle servicio de pelo y barba a todos los integrantes masculinos de la familia Ambrosio, que entonces y en total eran ocho: el abuelo, el papá Francisco y los hijos Cipriano, Benjamín, Poroto, Chichín, Ángel y Manuel.

Así, con la carga de 78 calendarios sobre sus espaldas, se inscribe esta historia del “pueblo chico”, de cuando Neuquén, en la década del 40, iba a orillar un promedio anual de apenas 5.000 habitantes.

A la fecha de la tragedia el Territorio era gobernado por el coronel Enrique Raimundo Pilotto, ejercía la intendencia don Aurelio Bassi y la comunidad residual, que todavía hoy tiene el triste privilegio de recordar aquél acontecimiento, lejos estaba de imaginar que a poco de los pasos iniciales del siglo XXI la ciudad marcharía aceleradamente en procura de doblar el codo de los primeros trescientos mil pobladores.

El 28 de agosto de 1940, un fuego arrasador convertía en cenizas tres locales comerciales contiguos y sus viviendas familiares, en calle Sarmiento de Neuquén. Trastienda de un hecho que pocos conocen o recuerdan.

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