Dejar de ser anormales

De domingo a domingo

Redacción

Por Redacción

Hay revoluciones que merecen tal rótulo – la industrial inglesa, del siglo XVII, la francesa de la libertad, la igualdad y la fraternidad, del XVIII, la socialista rusa, de 1917 -, pero hay otras que se van en pretenciosos amagues, que en la mayoría de los casos sólo sustituyen un grupo dominante por otro, sin provocar cambios de regímenes.

Haciendo esta salvedad, es necesario detenerse en la declaración del presidente Néstor Kirchner, expuesta ante hombres de dinero norteamericanos en el influyente Consejo de las Américas, luego de ser recibido en la Casa Blanca por su colega George Bush: prometió hacer «una revolución» para convertir a la Argentina «en un país normal y previsible, con reglas claras y cristalinas».

Ya se sabe que los conservadores hacen pesar el factor continuista (Bush, el «halcón» republicano Bush, cara a cara, aceptó que K está en el centro, luego de que éste ratificara su ideología peronista, equidistante en apariencia de la izquierda y la derecha) y los radicales buscan alterar en forma brusca y profunda el sistema de valores establecido.

Ninguna situación estable, por estática que sea, está a reparo de los elementos de la naturaleza (hasta la montaña sufre transformaciones con el paso de los años). Y ninguna modificación de hábitos es tan fundamental como para provocar un corte total e histórico La reprimenda pública a empresarios europeos – alemanes, franceses y españoles – por haber hecho negocios con el ex presidente Carlos Menem, en la década del '90, y a renglón seguido, la alabanza pública a capitalistas de Estados Unidos, demostró que la intención del patagónico (subestimado y testarudo como el ex gobernador de Texas) es hacer eje en la lucha contra la corrupción y en restablecer normas por lo general respetadas en el mundo desarrollado y pisoteadas por los latinoamericanos «Kirchner aseguró que las firmas estatales de servicios públicos que fueron privatizadas permanecerán en ese ámbito y que sólo habrá revisiones por incumplimiento flagrante de los contratos. Alentó a los Rockefeller y Rhodes, a ir reemplazando a los inversores europeos que se prestaron al juego del toma y daca menemista».

«Por supuesto que subsistirán diferencias éticas y caminos distintos en materia internacional, pero – dijo uno de los kirchneristas que trabaja para alumbrar un espacio político que exceda al pejotismo -, nuestro Presidente se fue de Washington aspirando a ser el nuevo (Vicente) Fox, en este caso del Cono Sur» Aunque se evitaron en la cumbre los temas conflictivos (el envío de tropas argentinas a Iraq, por ejemplo), Bush no pudo con su carácter frontal y cuando Kirchner se desvivía en elogios hacia el Mercosur, lo interrumpió e hizo hincapié en su despliegue a favor del «libre comercio» inserto en el ALCA. Fue, quizá, uno de los puntos discrepantes, ya que el texano que había sido palmeado por el santacruceño en la rodilla, no se privó de afirmar que el mercado norteamericano ya se había «abierto lo suficiente» a los productos argentinos.

Por supuesto, en la guerra de intereses que libra Estados Unidos con la Unión Europea, los recursos de América Latina son un bocado apetecible. En el viejo continente privilegian los bloques regionales, en tanto que en el poderoso Norte van tirando migas en el camino, para ir atrapando uno por uno a los canarios, preferentemente primero a Brasil, el volumétrico líder continental, Chile, siempre prolijo y previsible en su comportamiento externo y Argentina. Una Argentina sustentable (que pague su deuda, sin postergar los justos reclamos sociales y que se ayuda a sí misma para dejar atrás al pasado vergonzoso), sería un ancla para la seguridad continental de la potencia hegemónica.

Los principales tenedores de bonos que golpean a la puerta de la Argentina son europeos. Igualmente, las compañías más afectadas por el congelamiento de tarifas, son de ese origen. De allí que el titular de Planificación, Julio de Vido, haya tenido un áspero cruce con el ministro de Economía de Francia, Francis Mer. Este reiteró lo dicho por el presidente Jacques Chirac: no es intención de las firmas galas hacer las valijas e irse del país, pero no introducirán euros hasta que se no se contemple el retraso en las facturas. «No aceptaremos apriete», se puso fiero el kirchnerista De Vido.

Los argentinos, como los hombres, se van haciendo a los golpes. Es una técnica de aprendizaje en la que se crió Kirchner. Y, hoy, construyendo poder a la sombra del mandamás del planeta, avanzó con todo con su premisa verdad y justicia: abrió, así, la puerta para que los principales responsables de las violaciones de los derechos humanos sean juzgados en el propio territorio. Anuló, como anticipó este diario, el decreto de Fernando De la Rúa que rechazaba de plano las extradiciones solicitadas por jueces extranjeros, en éste caso de Baltasar Garzón Los militares cuya captura por las figuras de genocidio y torturas fue solicitada por el juez Rodolfo Canicoba Corral, empezaron a presentarse detenidos el viernes mismo, entre ellos un símbolo de la represión ilegal, el capitán de fragata Alfredo Astiz, a quien la Armada venía protegiendo, al grito estentóreo o apagado, de «todos somos Astiz».

Kirchner miró al próximo acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. Atendió el consejo amistoso de Bush: pelear hasta por el último penique.

Se puso en el bando de los que luchan contra el terrorismo islamista internacional. Proclamó en Nueva York que un parangón al ataque contra las Torres Gemelas fueron la voladura de la embajada de Israel y la sede de la mutual judía en Buenos Aires, en 1992 y 1994, respectivamente.

«No se meta en ningún tópico que no vaya a poder cumplir», había aconsejado en junio último el secretario de Estado Colin Powell a Kirchner, según hizo saber a «Río Negro», el subsecretario de la Cancillería Marcelo Fuentes Y con ánimo seductor, inclinado ante la realidad global pero desechando el vínculo carnal, K armó y organizó el antes y después de su examen en Washington. «A mi nadie me prestó nada, mando yo». Y si bien la revolución en ciernes parece ser la de la honestidad, algo de cierto debe haber, pues el ministro Aníbal Fernández, uno de los escuderos que dejó en el gobierno Eduardo Duhalde, desairó a su «jefe» y apostó en Misiones por Carlos Rovira, como K, en lugar de hacerlo por Ramón Puerta, a quien el bonaerense le levantó la mano.

 

Arnaldo Paganetti

arnaldopaganetti@rionegro.com.ar


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