Delicioso y barato
jorge vergara jvergara@rionegro.com.ar
Es práctico, rápido, demanda poco trabajo, les gusta a todos y generalmente resulta económico. Es de esas comidas que nos atribuimos como propias los argentinos, pero que en realidad tiene un origen muchísimo más lejano que nuestra propia historia. En definitiva qué importa si podemos disfrutarlo igual sea cual fuere su origen. Estoy hablando del señor choripán, el gran aliado de cada iniciativa popular, ese mismo que se come en la cancha, en las carreras, que los viejos asadores sirven primero para que después no coman tanto. Ese es el choripán instalado en cada festival, que tiene otro gusto si se come al aire libre. Todos los cuidados y exigencias que uno pone cuando compra el chorizo para asarlo, en realidad no los pone cuando compra un choripán callejero. Ni sabemos de dónde viene, a qué precio se consigue ni con qué está elaborado. Sólo importa que es muy rico, que con un simple chorizo y pan francés se arregla el asunto y que una buena choripaneada es suficiente para dar de comer a mucha gente. Y se me ocurrió escarbar en la historia de este invento, que en realidad no sé si es tan invento poner un chorizo en medio de dos pedazos de pan, y llegué a la conclusión de que el gran protagonista es el chorizo, único e irrepetible más allá de quién lo haga y con qué carne se elabore y cuánto condimento tenga. Es un sandwich diferente, porque en realidad es un sandwich más casero que el de fiambre, pero no es como muchos creemos, que por tener chorizos argentinos es de origen argentino. Dicen en algunos sitios que fue durante una de las arremetidas de Napoleón por Rusia que ante el fracaso de su plan, ordenó una comida cargada de calorías para su ejército de 45.000 soldados. Las alternativas no eran demasiadas en plena faena y a tanta distancia de su país. Tenían frutos secos siempre a mano y quedaba una buena porción de embutidos. El cocinero del ejercito, tras interminables travesías, al retirarse de un pueblo incendiado, aprovechó las brazas que quedaron y cocinó ahí los embutidos de cerdo que quedaban. Soldados se encargaron del pan y se les ocurrió usarlo como tapas para no quemarse las manos. Allí, dicen, nació el choripán, que sería en realidad de origen francés o en su defecto ruso. Así que se puso manos a la obra y buscó un lugar dónde cocinarlo. Se sirvió del fuego que sus enemigos habían hecho al incendiar el lugar y cocinó el extraño embutido. Es tan cómica toda esta historia que hasta encontré una Oda al Choripán. De madre chorizo, de padre pan, hijo mestizo de nombre choripán. A la hora del balance de nada vale que te mientas aunque saltes aunque dances calorías son quinientas. En la Argentina se empezó a comer choripán a mediados del siglo XIX, cuando los ganaderos de ese tiempo hacían asados en el campo en tiempos de señalada y lo más práctico para salir del paso era llevar embutidos y pan. Es tan popular que bien se podría decir que el choripán, más allá de sus orígenes, tiene identidad latinoamericana, porque se consume en la Argentina, Chile, Bolivia, Perú, el Brasil, el Paraguay, el Uruguay y Colombia. Varían los nombres y los condimentos que se usen, sobre todo el picante según sea el país donde se consume, pero en definitiva no es otra cosa que un embutido de cerdo o de vaca, ahora existen hasta de pollo, cubierto con pan y consumido sin mucha ceremonia, generalmente cerca del encargado de asarlos. Además de todas estas virtudes, genera un clima muy familiar, de los mejores cuando se trata de cosas compartidas.
la peña
jorge vergara jvergara@rionegro.com.ar
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