Delmira Agustini





PALIMPSESTOS

Néstor Tkaczek ntkaczek@hotmail.com

“Yo muero extrañamente... No me mata la Vida./ No me mata la Muerte, no me mata el Amor;/ muero de un pensamiento mudo como una herida...”. Estos versos no son una premonición, son una equivocación. Es cierto, murió extrañamente, y no por un pensamiento mudo; quizás en el interior de esas dos balas sí estaba algo de la vida, algo del amor, algo de locura y toda la muerte. Delmira Agustini (1886-1914) cruzó como un remolino la vida y la literatura y a su paso, como los remolinos, levantó bastante polvo en los asépticos círculos sociales montevideanos a los que pertenecía. Esbelta, de ojos celestes cambiantes a los caprichos de la luz, de “caudalosa cabellera de oro veneciano” (como escribió el crítico uruguayo Zum Felde), de inteligencia y sensibilidad portentosa que le permitía hablar varios idiomas, tocar a los clásicos en el piano o pintar mejor que sus pretendidos maestros. Pero Delmira era por sobre todas las cosas: poeta. Una de las primeras que con voz propia irrumpió en el mundo literario latinoamericano dominado por los hombres a comienzos del siglo XX. Ella desbrozó la senda por la que luego se internaron Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou y tantas otras artistas de América Latina. Apañada por el Modernismo literario que Rubén Darío esparció por el continente y España, su obra, a medida que pasa el tiempo, busca también dejar atrás ese movimiento y encontrar una voz propia, aunque muchos resabios del modernismo se cuelan en sus versos y la lectura actual sufre algunos tropiezos porque la estética modernista ha sufrido los embates del tiempo. Cuando publicó “Los cálices vacíos” en 1913, el libro llevaba un pórtico del mismísimo Rubén que comenzaba así: “De todas cuantas mujeres hoy escriben en verso, ninguna ha impresionado tanto mi ánimo como Delmira Agustini, por su alma sin velos y su corazón de flor…”. Esa “alma sin velos” es la que traía los problemas familiares y escandalizaba a la alta burguesía uruguaya. Porque si ya era problemático en la esfera social ser mujer y no responder al mandato masculino, mucho más si esa jovencita era poeta y tenía dotes intelectuales. Aunque lo peor de todo era lo que decía en sus poemas: “Y era mi mirada una culebra/ apuntada entre zarzas de pestañas,/ al cisne reverente de tu cuerpo./ Y era mi deseo una culebra/ glissando entre los riscos de la sombra/ ¡A la estatua de lirios de tu cuerpo!/ Tú te inclinabas más y más... y tanto,/ y tanto te inclinaste,/ que mis flores eróticas son dobles,/ y mi estrella es más grande desde entonces,/ toda tu vida se imprimió en mi vida...”. Esto no era bien visto por la familia y por los amigos influyentes que trataban de aconsejarla que no escribiera sobre esos temas. Su poesía, más allá de la retórica de la época, está fuertemente cargada de erotismo, hay una exacerbación del amor, un deseo sexual muy fuerte impensado para ese tiempo y en una mujer. Eso no ha impedido que se la reconociera como una poeta de grandes virtudes y resulta hoy cómico leer a los críticos de entonces justificar esos temas como “estados intuitivos”, “creación inconsciente más que realidad vivida”. Veintiocho años fue el tiempo que Delmira Agustini, “el frenesí rubio”, estuvo en el mundo. Su muerte está emparentada con esa exaltación del sentimiento que muchos críticos han visto en su obra. En una pieza de hotel de encuentros furtivos, sonaron tres tiros disparados por su ex marido, ahora convertido en su amante.


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