En el día de Reyes, la magia la puso el Dakar

Unas 100.000 personas vibraron en Neuquén con la pasión "fierrera".

07 ene 2009 - 00:00

NEUQUÉN (AN).- El día de Reyes fue mágico en la ciudad de Neuquén tanto para los fanáticos de los fierros, a los que les gusta la velocidad, como para los que hasta ayer no sabían nada de carreras pero se acercaron hasta las decenas de puntos donde se pudo ver a los cerca de 450 vehículos que participan de este Rally Dakar Argentina Chile.

Neuquén fue algo así como la capital mundial del automovilismo y unas 100.000 personas no se perdieron detalle.

Neuquén dejó desde bien temprano su ritmo frenético, las calles del microcentro se vaciaron y varios comercios incluso cerraron sus puertas. A diferencia del lunes, los espacios para estacionar sobraron en todas las calles, donde brillaron por su ausencia los lavacoches y vendedores ambulantes. Es que por un día Neuquén fue Dakar y decenas de miles de personas dejaron todo para ver las máquinas que en otras oportunidades desafiaron el Sahara.

Con banderas argentinas en sus manos, venidos de distintos puntos del país pero sobre todo del Valle, el público se agolpó en cada centímetro por el que pasaron los pilotos. La respuesta fue generosa en algunos casos: hubo corredores que regalaron remeras y gorras a sus seguidores.

La mayor cantidad de personas se agolpó en el acceso al parque cerrado, donde los más pequeños, mitad en juego y mitad para tener una mejor visión, se subieron a los cestos de basura.

El tumulto no fue rechazado por los vecinos de la zona, quienes además aprovecharon al máximo la situación. Colocaron carteles en las rejas de sus viviendas ofreciendo a la venta desde empanadas hasta duchas.

Pero la oportunidad comercial no sólo fue para los locales, pues entre los vendedores que montaron sus puestos ambulantes en proximidades del parque cerrado hubo vecinos de diversos puntos del país, como un vendedor de gorras y remeras oriundo de General Rodríguez que desde la largada sigue la competencia en cada uno de sus destinos.

Entrar al predio para la mayoría de los competidores fue tan complicado como manejar entre bardas y dunas. Quizá peor.

Cientos de padres, abuelos, hijos y nietos se agolparon sobre la calle Lanín, entre Labrín y Anaya, y convirtieron el ingreso en un pasadizo humano infranqueable. Los competidores, casi todos en otro idioma, intentaron por las buenas "espantar" a los fans, que buscaban su souvenir.

Algunos lo lograron, forcejeo mediante, siempre ante la pasiva mirada de un grupo de policías instalados bajo una tibia sombra.

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