Desarraigo
No es un improvisado. Tampoco un tirabombas del fundamentalismo ecológico. Nicholas Stern se desempeña como asesor económico del gobierno británico y fue economista jefe del Banco Mundial. Su último trabajo (Stern Review on the Economics of Climate Change) es un estudio sobre el impacto del cambio climático, el calentamiento global y los efectos sobre la economía mundial. Publicado el 30 de octubre del 2006, con 700 páginas de extensión, sus principales conclusiones afirman que se necesita una erogación financiera equivalente al 1% del PBI mundial para mitigar los efectos del cambio climático. Y que de no hacerse dicha inversión el mundo se expondría a una recesión que podría alcanzar el 20% del PBI global. Un párrafo textual de Stern asusta: «Si bien todos los países se verán afectados, aquellos que sufrirán antes y más intensamente serán los países y poblaciones más pobres, a pesar de que son los que menos han contribuido a las causas del cambio climático».
En 1949 el geólogo, físico y matemático Marion King Hubbert (1903-1989) predijo la curva teórica producción petrolífera. El actualmente revalorizado «Pico de Hubbert» vaticina una producción máxima entre los años 2007-2015 para luego declinar irreversiblemente hasta su agotamiento. Sin embargo, la vida real tiene otra lectura del fenómeno. Fundación Bariloche, en un reciente trabajo (diciembre 2006), concluye que el papel de las nuevas fuentes energéticas (básicamente solar y eólica) depende tan solo de la voluntad política. Otras (hidrógeno, biocombustibles) requieren terceras variables económicas de tipo crítico: electricidad y suelo cultivable, por ejemplo. Se aclara, además, que la energía nuclear podría jugar un papel creciente. En otras palabras: se trata, nada más y nada menos, que un modelo diametralmente opuesto al vigente. Este (el modelo vigente) no demuestra interés alguno por el largo plazo. Mientras tanto, volviendo al informe, Fundación Bariloche agrega: «Los combustibles fósiles mantendrán su relevancia en las próximas décadas». Con un detalle: Si todos los países del resto del mundo consumieran energía como los 30 estados de la OCDE, haría falta multiplicar la oferta actual por 2,6.
Sir Nicholas Stern, al borde de la psicosis, no duerme pensando en el ambiente natural y si éste se encuentra en condiciones de soportar las emisiones de CO2, desechos y otros contaminantes generados por un consumo casi triplicado. Por suerte o desgracia vaya uno a saber la falta de inversiones oportunas en materia de exploración, y al amparo de las reservas conocidas en la actualidad de gas y petróleo, es prácticamente inviable elevar el consumo de las naciones pobres. La salud mental de Stern está garantizada. Por el mismo motivo la evolución de muchos países, cuyas necesidades de crecimiento económico son manifiestas, también se encuentra empantanada.
Hasta ahora el micro mundo de los que conocen, estudian, advierten y de pura impotencia sufren sus propias úlceras. El resto, la gran mayoría, tiene otras preocupaciones, tal vez menos altruistas. Muchos asumen la comodidad de testigos mudos. Algunos, además, parecen ciegos y sordos para determinadas cuestiones. Se mueven en ambientes calefaccionados en invierno y refrigerados en verano. Bañados en energía cara y perfumados con el esfuerzo productivo de un país que concentra el gasto, viven mimetizados por usos y costumbres superficiales. Uniformados en idiomas y pensamientos, actúan como si la Recoleta (o Puerto Madero) fuese el único lugar estupendo del planeta. Ese por el cual vale la pena haber nacido. Sin embargo a escasos minutos de ese escenario se encuentra la cuenca Riachuelo-Matanza, por un lado y el río Reconquista por otro. Ambos son la desgracia argentina elevada al cubo. Si existe un curso de agua maltratado, es el Río de la Plata. Cloacas, efluentes industriales y ciudades ribereñas descargando todo lo que pueden y más también. Uno trata de buscar explicaciones al comportamiento de esta variedad humana con el instinto atrofiado en materia sustentable. Pero es inútil, para ellos, lo importante es la configuración del ombligo. La racionalidad y la sabiduría no dejan de ser accesorios de éste, el supremo centro anatómico de la gravedad social. Y no son malas personas. Tienen emociones, sensibilidad y buenos modales. Tampoco son marginales con carencias de refinamiento. El fenómeno tal vez tenga que ver con el desarraigo. Entendiéndose como tal al desplazamiento del plano terrestre. También al terco menoscabo por los recursos naturales. A ver si se entiende: producto de la metamorfosis colectiva, posterior a la Revolución Industrial (1750), el 80% de la humanidad vive urbanizada. Muchos líderes del estilo figurativo tienen impregnado en su código genético el hábitat de la conejera. Eso de afincarse, por generaciones enteras, en habitáculos, unos sobre otros y alejados del suelo, no resultó demasiado compatible con los ciclos vitales de la naturaleza. Viven anestesiados, pero aun en ese estado deberían saberlo: el proceso económico se inicia en todos los casos sobre el elemento más importante, sin el cual este planeta sería inerte. La tierra, como factor de la economía, le sirve a los otros (trabajo y capital) a manera de soporte y cuna de la cadena posterior de valores agregados. En cambio los dos restantes no podrían mantener su utilidad, menos aún identidad, sin el primero.
El paradigma es fuerte y además contagioso. Tal vez se deba a que la vida sea vista como un simple negocio, pero tan solo del corto plazo. Ese que produce satisfacción vespertina cuando la oportunidad surgió como mucho al mediodía. De otra manera es muy difícil entender el motivo por el cual la cuenca frutícola de Neuquén y Río Negro, emblema ambiental si los hay, es maltratada. Desechos domésticos, descarga cloacal de los conglomerados urbanos, contaminantes de procesos industriales (incluidos metales pesados) y residuos de pesticidas son algunos de los productos detectados en lo que se supone un paraíso al cual todos deberían envidiar. También la desaprensión de muchos municipios regionales descargando efluentes sin tratar en cursos de agua, sean superficiales o subterráneos. Son verdaderas epidemias colectivas, promocionadas y transmitidas por la promiscuidad del espejismo urbanizado.
Como contracara a la devoción frívola aparece el empeño de los habitantes de Gualeguaychú. Un desafío a la mediocridad de quienes conducen políticas argentinas. Pero, además, un ejemplo de tenacidad frente al menosprecio desplegado por adictos al mundo artificial. Es probable que estos pobladores, saturados por lo que sucede en el vecindario del río Uruguay, estén invocando al último recurso disponible para proteger el arraigo cultural de su propia aldea.
ANDRES J. KACZORKIEWICZ (*)
Especial para «Río Negro
(*) Director del Instituto Patagónico de Investigaciones Productivas.
E-mail: dr-k@speedy.com.ar
No es un improvisado. Tampoco un tirabombas del fundamentalismo ecológico. Nicholas Stern se desempeña como asesor económico del gobierno británico y fue economista jefe del Banco Mundial. Su último trabajo (Stern Review on the Economics of Climate Change) es un estudio sobre el impacto del cambio climático, el calentamiento global y los efectos sobre la economía mundial. Publicado el 30 de octubre del 2006, con 700 páginas de extensión, sus principales conclusiones afirman que se necesita una erogación financiera equivalente al 1% del PBI mundial para mitigar los efectos del cambio climático. Y que de no hacerse dicha inversión el mundo se expondría a una recesión que podría alcanzar el 20% del PBI global. Un párrafo textual de Stern asusta: "Si bien todos los países se verán afectados, aquellos que sufrirán antes y más intensamente serán los países y poblaciones más pobres, a pesar de que son los que menos han contribuido a las causas del cambio climático".
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