Desempleo bolivariano



GUSTAVO CHOPITEA (*)

Cualquiera diría que los regímenes que son populistas priorizan siempre la creación de trabajo genuino. Después de todo, su objetivo es presumiblemente el bienestar de la gente. Pero las cosas no son, como veremos, tan así. Son distintas. Una cosa es cortejar demagógicamente, sin pausa, a la gente. Otra bien distinta es crear oportunidades de trabajo genuinas para los necesitados, para que en el futuro no tengan que comer más “de la mano” de los políticos. Pero el negocio de los malos políticos es generar la mayor dependencia posible en sus votantes. Lo que supone no independizarlos nunca del todo económicamente. De allí que o mantengan disimuladamente un nivel de pobreza que dicen querer combatir o –a la manera de subsidios– generen empleos públicos, frecuentemente ineficientes, de modo de producir en ese tipo particular de empleados una cuota de dependencia en función del deseo natural de no perder sus empleos, pese a su escasa productividad. En la Argentina bolivariana de los Kirchner los números cantan por sí mismos. Así lo ha denunciado el economista Orlando Ferreres, quien nos informa que durante la gestión de los Kirchner los empleos públicos aumentaron un 28%. A fines del 2008, en la Argentina los trabajadores del Estado –públicos– eran nada menos que unos 10.888.131. Seis años antes, en el 2002, en plena crisis económica, eran apenas 8.534.972. Ferreres nos hace notar que, desde que la población argentina es de unos 40 millones de personas, es obvio que hay entonces una mitad de la población de nuestro país que, con su esfuerzo, “mantiene” efectivamente a la otra. La población activa declarada en la Argentina es de apenas unos 6 millones de personas, a las que cabe sumar unos 5,8 millones de personas más que trabajan pero de manera informal. Esto sugiere que cada trabajador del sector privado argentino debe “mantener” a uno del sector público, lo que es absolutamente asfixiante para la economía del país, al que le cuesta crecer. A ello hay que agregar la asistencia social con fondos del Tesoro nacional, que es del orden del 2,8% del PBI. A su vez en la “meca” bolivariana, esto es en Vene-zuela, las cosas son aún peores. En efecto, de los 20.165.121 venezolanos que conforman la población en edad de trabajar del país, unas 11.990.162 personas lo hacen. Casi la mitad, entonces, está desempleada, un 43,3%. O está desempleada o está en inactividad. Y, créase o no, la “meta” del gobierno “chavista” es una tasa de desempleo del 7%. En el último año solamente los desempleados venezolanos aumentaron en medio millón de personas. Dramático y decepcionante a la vez. De los venezolanos que trabajan, 5.190.032 personas están, sin embargo, en la informalidad. De horror. Esto pese al populismo desenfadado de Hugo Chávez o, más bien, como consecuencia directa –e inevitable– del mismo. Sólo el 33,7% de la población venezolana en edad de trabajar tiene empleo formal. Nada. Como en el primer trimestre del año en curso el PBI de Venezuela se contrajo un 5,8%, las cosas en materia de empleo tienden a deteriorarse visiblemente. Una cosa es el discurso y otra muy diferente, la realidad. En Argentina y en Venezuela por igual. (*) Analista político de Agenda Internacional


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