Diarios de viaje: de Sarmiento a Caparrós

Referencias a obras de Sarmiento, Henri Michaux, Borges y Martín Caparrós marcaron la propuesta de la escritora y crítica Sylvia Molloy durante su participación en el reciente Filba VI.





Escritora y crítica argentina residente en Nueva York, Sylvia Molloy desarrolló un análisis comparativo de narrativa de viaje, “sólo en apariencia un género simple”, a través de referencias a obras de Domingo Faustino Sarmiento, el poeta francés Henri Michaux, Jorge Luis Borges y Martín Caparrós. Fue durante su participación en el reciente Festival Nacional de Literatura.

Tras aludir a propia condición de viajera (“no sé demasiado bien dónde o en qué continente queda mi casa. Haciendo memoria he estado en movimiento, viajando, toda mi vida”), calificó de “importante” el retorno a esta ciudad luego de cincuenta y cinco años. Eso, expresó, la animó a exponer sobre “el lugar del escritor y el lector en narrativas de viaje”. Licenciada en Letras y doctora en Literatura Comparada por la Universidad de París, fue catedrática de las universidades de Yale, Princeton y Nueva York. En 1994 y 2014 le fue otorgado el Premio Konex, categoría Ensayo Literario.

Para esta ocasión, Molloy escogió “anclar” el tema en “literalidad” para abordar el género “donde las nociones de desplazamiento, trayectoria, recorrido y reconocimiento poseen calidad de historia vivida” convocando a transitar ejemplos “donde el texto, menos que brindar un deambular amigo, agradable a su lector; entra en una relación problemática. En lugar de reconfortarlo, por así decirlo, desarticula o rearticula su mensaje volviendo el texto algo incómodo, provocador, desasosegante”.

Alejándose del modelo de viaje de instrucción del siglo XIX o del viaje de ocio del siglo XX que “frecuentan con un lector que está ahí, de viaje, para compartir la mirada, para aprender o para gozar junto al autor viajero”, los contemporáneos mantienen esa relación sumando “desafíos de lectura”.

Sarmiento es uno “de los precursores de esos momentos de desasosiego en el texto de viaje”, señala Molloy al confesarse intrigada por un incidente. En el prólogo de su libro “Viajes por Europa, África y América”, “con alguna impaciencia, discute el género del texto de viaje y reclama para su escritura, no sólo la veracidad sino una utilidad patriótica que ‘mal acomodan’ las ficciones y la fantasía, dice”. O sea, “escribir un viaje es hacer nación, no es divertirse. Y sin embargo, es por una de esas diversiones, en el sentido literal del término, es decir, desvío, que comienza su viaje”.

Una serie de contratiempos arrastran la nave Enriqueta hacia el archipiélago Juan Fernández y posterior visita a una de sus islas, Más afuera, habitada por cuatro hombres norteamericanos, “proscritos de la sociedad humana los llama Sarmiento, que reciben a los viajeros con gozo pues hace más de dos años que no hablan con nadie. Encantado con este encuentro que confirma con creces su lectura de Robinson Crusoe, Sarmiento describe esta pequeña comunidad idílica con lujo de detalles. Alaba la sabia productividad de esta cofradía, una suerte de contrapartida utópica que opone a la muy desordenada sociedad argentina del momento”.

Sarmiento, apunta Molloy, “normalmente tan locuaz, tan deseoso de conocer todas las causas, tan afecto a exigir explicaciones, en una palabra tan preguntón, se abstiene de indagar, de interpelar y guarda silencio”. “La línea entre el silencio del observador y la volubilidad del observado se ve cruzada, cuestionada por algo que se manifiesta con insistencia a través del género, aquí no literario sino sexual. Va más allá del binarismo, para culminar en la caricatura”.

Ojos que no ven

Otros dos textos de viajes, “Ecuador”, del poeta francés Henri Michaux, “no es siquiera un libro de viaje fallido, es una crónica suelta, producto de no poder viajar y no poder ver. En 1929, en compañía de un amigo, el poeta ecuatoriano Alfredo Gangotena, Michaux viaja a Ecuador. El texto resultante es descripto por el autor como compuesto por un hombre que no sabe ni viajar ni llevar un diario de viaje. Si algo subsiste de la crónica de viaje, es justamente su rotundo fracaso, el relato de un desconcierto. Un sujeto errante comprueba la falta de un aquí y de un allí, y la nada que separa al espectador del espectáculo. En otras palabras, no hay perspectiva”.

Ejemplos textuales mediante, Molloy concluye que “aquí nombrar lo que se ve es justamente no verlo, no poder verlo”, no construye imagen, no convoca la realidad. “Finalmente (Michaux) anota como confesando una falla: yo no estoy en Quito, estoy en la lectura. Poco importa cuál lectura, lo que queda claro es que se está en la letra pero no en el viaje. “Eso que denomina “impotencia viajera”, no tan distinta de la de Sarmiento, “me permite abordar otra crónica de viaje, Atlas, de Borges”.

Dos años antes de su muerte “publica lo que a primera vista parece ser un libro de viajes. Su primera edición tiene una insólita fotografía en la tapa. Muy evocadora de su admirado Julio Verne, lo muestra a punto de iniciar un viaje en globo. Piloto y acompañante dan la espalda. Los pasajeros, de frente mirando por así decirlo, al lector.

“Inocentemente coincide con el gesto de todo escritor al narrar un viaje. En la fotografía María Kodama, la esposa de Borges, mira delante de sí aquello que nunca podremos ver, acaso la cámara que toma la fotografía acaso el paisaje en frente, acaso al lector. Borges, con gran sonrisa, mira a María. La fotografía es emblemática de la paradoja fecunda que anima el peligro, producto de un turismo privado de visión. Aquí, literalmente el viajero no ve” y alguien tiene que contarle lo que no está viendo, alguien que ya ha visto antes o “que lo acompaña y describe lo que no está viendo en su viaje ciego”.

Metafórico libro de viaje, “mirado de cerca, es resumen de múltiples viajes”, suma de “itinerarios inconclusos, un continuo deambular, tránsito puro sin plan fijo” del que la foto es fiel reflejo. Borges sonríe. En un momento sin fecha, en un lugar que no ve, está a punto de viajar. No se sabe a dónde, pero nos lleva de algún modo a ver-no ver junto con él”.

Tránsito perpetuo

“Más cercano y más vigente, texto menos de viaje que de desplazamiento” –una diferencia que Molloy evalúa “crucial”–, es el fechado a comienzos del siglo XXI: “Una luna” de Martín Caparrós. “Vacilo en adjudicarle género a este libro inusual que por cierto no es un relato de viaje convencional, es más bien como lo denomina el autor, un hiperviaje”. No es “un viaje ilustrado en ninguno de los sentidos del término. Ni de esparcimiento. Narra un mes de tránsito perpetuo entre continentes como enviado de las Naciones Unidas, emprendido con la finalidad de pasar por ocho o diez países y escribir sobre los que viajan de verdad. Historias de migrantes” cuyo tránsito inseguro y continua desazón atestigua.

El sujeto de esta crónica “suspendido en su butaca de avión, mira la tierra desde arriba y concluye que volar hacia tantos lugares es lo mismo que decir no voy a ningún lado. Ahora, escribe el viajero, no viaja lo viajan”. Si otros textos de viajes compartían una experiencia formativa, a veces placentera, “el viaje moderno de Caparrós es experiencia desasosegante donde no se descubren paisajes o momentos, aún cuando se toca tierra. Lo que se ve son deshechos”. Los puntos de contacto europeos aparecen como “lugar a donde se va para iniciar el viaje” mientras que los países del tercer mundo, recorridos vertiginosamente, no llaman la atención por lo biográfico o lo edilicio, sino por “lo tristemente humano”.

“Escribir un viaje es hacer nación, no es divertirse. Y sin embargo, es por una de esas diversiones, en el sentido literal del término, es decir, desvío, que comienza su viaje”,

dice Molloy citando a Sarmiento.

Datos

“Escribir un viaje es hacer nación, no es divertirse. Y sin embargo, es por una de esas diversiones, en el sentido literal del término, es decir, desvío, que comienza su viaje”,

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