Días de furia



LA SEMANA EN BARILOCHE

“Gente con sensibilidad social habrá mucha, pero nadie como nosotros. Sabemos interpretar las necesidades de pueblo y por eso ganamos las elecciones”. Palabras más o menos, en ese sustrato discursivo suele apoyarse el poder político de turno para responder críticas opositoras.

Ese estereotipo es uno más de los que quedó hecho flecos con la seguidilla de saqueos que asoló a Bariloche el último jueves y que -con modalidades particulares- se extendió luego a una geografía mucho mayor.

La pretendida pericia del gobierno en funciones para detectar las necesidades y resolverlas fue claramente superada por los hechos.

Algunas de las primeras evaluaciones se limitaron a señalar la “premeditación” de los ataques a los supermercados, a subrayar el empleo de vehículos costosos y el descarnado pragmatismo de los saqueadores que prefirieron un televisor a un pan dulce.

No faltó el funcionario que sentenció “los tenemos identificados”, con el tono aliviado y suficiente de quien da por resuelto el problema. Otros se ocuparon de la caracterización ideológica e imputaron los hechos a referentes “anarquistas” y del “indigenismo duro”.

Pero algunos vecinalistas, miembros de ONG que trabajan contra la pobreza y también políticos encumbrados (por caso la presidente del Concejo María Martini) advirtieron que la “organización” del primer incidente en Changomas se extendió luego favorecido por un apreciable grado de “espontaneidad”.

Lo que costó en las horas posteriores a los dolorosos episodios del jueves fue encontrar algún funcionario municipal o provincial que explique de dónde sale la predisposición y el campo fértil para esa espontaneidad.

Demonizar a los violentos es lo más fácil. También recurrir a la queja repetida de que la policía es poca y no tiene medios. Pero hay una realidad dura que interpela con las mismas preguntas de siempre y que siguen sin respuesta.

Desde la crisis de 2001 (y aún antes), Bariloche es un caso estrella para los analistas del clima social.

Los diagnósticos giran en torno a la acentuada brecha de desigualdad, la insuficiencia de la economía turística para dar sustento a una población creciente y diversificada, la ilusión insensata de que el derrame llegue por inercia a todos los rincones, la deserción del Estado en sus obligación de atender las necesidades básicas y garantizar ciudadanía.

Cuando se produjo la erupción del volcán -junio de 2011-, abundaron las partidas de dinero y los equipos científicos abocados a estudiar las consecuencias ambientales, históricas, geológicas y hasta culturales de las cenizas.

No parece existir similar despliegue de recursos para auscultar las razones de la descomposición social que entrampa a Bariloche y definitivamente no la hay a la hora de diseñar políticas claras que le den solución.

Es probable que muchos de quienes se sumaron a los saqueos no sean estrictamente víctimas del hambre, pero son jóvenes sin proyecto y sin futuro. La dignidad ya no es un valor a conseguir, porque sólo importa lo inmediato a cualquier precio.

Está visto que las sonrisas y las felicitaciones en cada entrega del plan Más y Mejor Trabajo son un espejismo que oculta lo principal. El tan ponderado programa que busca insertar a los jóvenes en el mundo laboral es un paliativo que apenas rasca en la superficie. Pero no se mete con la profundidad de una injusticia silenciosa que sobrevive a las épocas y los gobiernos.

El plan Jefes y Jefas, o también el Argentina Trabaja, confieren a las familias un ingreso de emergencia que está lejos de redondear una canasta básica. El problema es que la ayuda que debía ser temporal, queda consolidada como único salvavidas, ante la completa incapacidad del Estado para promover la creación de trabajo genuino.

El rasgo estructural, entonces, es que una buena temporada turística podrá traer progreso y bienestar para una porción de la comunidad; pero hay un segmento excluido, degradado -muy vasto- que ni se entera.

Junto a la crisis social, a partir de los sucesos del último jueves otro de los temas a seguir será la debilidad política del intendente Omar Goye.

Los saqueos habían sido anunciados y se enmarcan en la notoria incapacidad del municipio para brindar la contención social más primaria. Está claro que aun con recursos escasos (repetida explicación del intendente), la política del área podría ser más ordenada y transparente.

Goye trabaja desde hace semanas con un gabinete diezmado por las renuncias, distanciado de la provincia y aislado por su propio partido. Los concejales del FpV ya no se cuidan (como al comienzo de la gestión) de criticar los puntos flacos del Ejecutivo y de reconocer que no hay coordinación alguna.

El intendente debió responder preguntas sobre su continuidad y afirmó que no va a renunciar. Aunque no sea una hipótesis cercana, el solo hecho de tener que dar explicaciones es un mal síntoma.

Existe allí un escenario en evolución permanente que exigirá especial atención en las próximas jornadas.

daniel marzal

dmarzal@rionegro.com.ar


Comentarios


Días de furia