Dicen que al agro del Alto Valle le quedan 20 años

El diagnóstico lo hizo el ex presidente del EPAS, Eduardo Müller, sobre la base de los inadecuados sistemas de riego, la falta de inversiones y la regularización de los caudales de los ríos.





CIPOLLETTI (AC) – La combinación de los inadecuados sistemas de riego, la falta de inversiones y la regularización de los caudales de los ríos por efecto de las presas terminarán por destruir la agricultura del Alto Valle en un par de décadas. El crudo diagnóstico pertenece al especialista Eduardo Müller, un ingeniero neuquino que durante cuatro años fue presidente del Ente Provincial de Agua y Saneamiento (EPAS).

Para Müller, que elaboró este trabajo a pedido de un grupo empresarial rionegrino, la salinidad progresiva del suelo, la elevación de la napa freática y las pérdidas del canal principal de riego son los factores más preocupantes de esta zona agrícola de la Norpatagonia.

En el trabajo se consigna que la falta de mantenimiento y de inversiones en los canales troncales de riego provocan que en la actualidad el 55% del agua tomada en el dique Ballester termine perdiéndose a lo largo del tendido.

Además, explicó que «por la falta de sedimentos limo-arcillosos que antes de la construcción de las grandes presas transportaba el río Neuquén, se provocó un perjuicio que tiene varias consecuencias». Y detalló el resultado de lo que llama el efecto de las «aguas claras»:

*Aumento del nivel freático por la falta del sellado natural que formaban los sedimentos.

*Falta de fertilización natural que ese sedimento le aportaba a los suelos.

*Crecimiento excesivo de vegetación acuática por la mayor penetración de rayos solares, «lo que dificulta el escurrimiento hidráulico y la eficiencia del canal, y demanda mayor caudal».

El sistema de riego de cada chacra es otro factor que influye en el diagnóstico. Según Müller, la modalidad de «manto» o inundación de la plantación «provoca una excesiva filtración en suelos permeables» y recarga la napa.

El efecto de las «aguas claras» no es la única consecuencia de la construcción de las grandes presas porque con ellas se perdió además «el estiaje natural periódico del río en época estival que posibilita el drenaje de los mantos freáticos».

«Al no existir estiaje -sostuvo Müller- y mantener todo el año altos caudales en los ríos, las napas continúan recargadas sin el drenaje natural de los suelos en bajante».

Para colmo, el otro punto sensible del valle en materia de suelos es la «obsoleta red de drenajes de escasa capacidad y profundidad» que no permiten reducir eficientemente los niveles freáticos.

Hay ciertos aspectos -los relacionados con la regulación del río por efecto de las presas- que son difíciles de revertir, pero hay otros que sí, como ir modificando las modalidades de riego para aliviar la napa y encarar las reparaciones no sólo en los canales troncales sino también en los comuneros o parcelarios.

Müller -que se dedica, como consultor independiente, a todo lo referido a recursos hídricos- diagnosticó, sobre la base de otros trabajos, que el 66% de la superficie bajo riego del Alto Valle está afectado por la salinidad progresivamente creciente.

Así, también dictaminó que el 50% de las chacras sufre la elevación de la napa freática.

Muchas de las soluciones deben ir de la mano, claro, de la recuperación de la rentabilidad del sector primario de la economía.


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