Dicen que escapó de un sueño...

<i>gritos de Lio, por primera vez en su carrera. Este año ya marcó tres hat-tricks.</i>

¿Vale la pena comparar? Es decir, ¿importa si la comparación define o ruboriza? Lionel Messi es todopoderoso, es un equipo completo, es la perfecta prueba de que el fútbol es (y debería ser) arte. Diego Maradona también lo fue. Ya no hay que comparar. Sólo dejarse arrastrar a ese mundo mágico de donde escaparon, a ese sueño de fútbol absoluto. Benditos los contemporáneos, los que pudieron presenciar esas clases de fútbol excelso y letal, los que no necesitaron de narraciones para imaginarse lo inimaginable.

Messi es inexplicable, su juego de corte poético tiene la grandeza de lo único. Su demostración de ayer, en un Camp Nou que acabó en una alabanza al unísono, incluyó cuatro goles que en unos años pasarán a formar parte de exposiciones de culto. El Barcelona le ganó 4-1 a un Arsenal que mereció mejor suerte no por lo que demostró en los cuartos de final de la Liga de Campeones, sí porque es de los pocos equipos de Europa que no soslaya la belleza.

Pero esta vez la realidad fue demasiado cruel con el equipo de Arsene Wenger, porque incluso llegó a estar clasificado a las semifinales durante dos minutos, el lapso que Messi tardó en acomodarse, comandar un ataque y sacar un estiletazo cargado de furia y pureza que devolvió el cosmos a su estado natural.

El Barcelona no expuso sobre el césped del Camp Nou la feroz prosa que mostró durante casi todo el partido de ida jugado en Inglaterra (2-2) y es ahí cuando Messi eleva su imagen hasta la monstruosidad. El conjunto de Pep Guardiola manejó los hilos del partido en el inicio, pero Wenger hizo gala de su leyenda armando un buen planteo al clausura los laterales y maniatar a Xavi. Entonces Messi entendió que la clasificación dependía de él.

Bendtner batió a Valdés a los 18 del PT y dos más tarde, después de avisar con un par de disparos que le sacaron lustre al travesaño, armó la embestida, aprovechó un mal rechazo de Silvestre y clavó el 1-1.

Desde ahí y hasta el final de la primera etapa lo de Messi fue apoteótico, digno heredero de los secretos maradonianos. El segundo gol fue después de una jugada bien a lo Barcelona que Abidal metió en el área, Pedro la tocó para atrás y el genio resolvió con derecha y sin problemas.

El Arsenal hasta ahí estaba dispuesto al golpe por golpe pero con el tercero, a los 42 y 21 minutos después del primero, su ímpetu desapareció y quedó a tientas, arrodillado, indefenso y a merced del gigante de 169 centímetros. El 3-1 fue en una contra, con una vaselina que provocó el bramido de un estadio a esa altura en éxtasis total.

Después de un primer tiempo estratósferico, Messi dejó que en el complemento hable el equipo. Entonces se destacaron los Milito -gran partido de Gaby-, los Xavi, los Bouquets.

El Barça volvió a ser colectivo y La Pulga apareció con pinceladas, con esas gambetas que necesitan de una repetición para encontrarle explicación. Lo cierto es que se equivocaron feo quienes pensaron que los seis títulos de 2009 podían calmar su hambre de fútbol y gloria, Messi es un insaciable y no se guarda nada. Así, ayer igualó a Rivaldo como máximo goleador del Barcelona en la historia de la “Champions”. Ya suma 25 tantos, y nada permite pensar que no vaya a haber más.

El Camp Nou, el mismo templo del fútbol que vio jugar a Diego Maradona, está enamorado de Messi. Todos los estamos.

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