Dólares que se van para no volver

Acaban de cumplirse tres años de vigencia del cepo cambiario y, realmente, no hay nada para celebrar: desde que Cristina Kirchner lo puso en práctica el 31 de octubre de 2011, apenas una semana después de haber sido reelecta, las reservas del Banco Central cayeron casi 20.000 millones de dólares, ya que en ese lapso bajaron de 47.500 a 28.100 millones y equivalen hoy a cuatro meses de importaciones. O sea, un resultado opuesto al declarado objetivo de preservarlas. En rigor, el “cepo” (una denominación periodística que el gobierno de CFK siempre se negó a convalidar), nació con dos pecados originales. Por un lado, fue un fallido intento de evitar un ajuste casi cantado del tipo de cambio oficial, después de dos años de haber sido “planchado” para empujar artificialmente los salarios, el consumo interno y los viajes al exterior. El economista Miguel Bein (hoy uno de los principales asesores del candidato Daniel Scioli) denomina a esa etapa 2010/11 como “macrocidio”. Y explica que, si bien tuvo éxito al facilitar la reelección presidencial con 54% de los votos, ya eran insostenibles para la economía subas de salarios de 50% en dólares (y de 70% en jubilaciones) con una inflación que apuntaba a 25% anual. El aislado salto devaluatorio de 23% en enero de 2014 confirmó ese diagnóstico. Sin embargo, sólo sirvió para que la inflación trepara varios escalones (hasta 37/40%), bajaran el salario real y las jubilaciones y volviera al nivel de hace un año el tipo de cambio real frente al dólar, todo lo cual –junto con la mayor emisión de pesos para financiar el déficit fiscal y la suba de tasas de interés– contribuyó a la actual recesión. Por otro lado, el segundo pecado consistió en ignorar que si bien el cepo frenaba la fuga de capitales (que en los primeros diez meses de 2011 superó los 20.000 millones de dólares), también iba a hacer lo propio con el ingreso de divisas. Nadie trae dólares financieros o inversiones externas sin la certeza de poder recomprarlos ni a qué precio. Para colmo, la reforma de la Carta Orgánica del BCRA convalidó en 2012, a falta de superávit fiscal, el uso directo de reservas para los pagos externos de la deuda pública, pocos meses después de que el kirchnerismo blanqueara el déficit energético, que comenzó a debilitar el superávit comercial. En 2012/13 se “quemaron” en promedio unos 35 millones de dólares por día en gas y combustibles importados. Con dólares más escasos, los primeros controles fueron seguidos –como era previsible– por más controles (prohibición de girar utilidades al exterior, trabas a las importaciones, pesificación de créditos hipotecarios, dólar turista, etc.) y convalidaron no sólo un mercado paralelo de hecho sino múltiples tipos de cambio. Todo esto paralizó al mercado inmobiliario y desaceleró la construcción. A su vez, la industria sufre por la escasez de equipos, insumos y repuestos importados, debido a que el BCRA pasó últimamente a demorar o racionar los pagos para darles prioridad a las importaciones energéticas, pese a que este año serán algo más bajas por la recesión. Ni siquiera el blanqueo impositivo gratuito de dólares no declarados, que rige hasta fin de año tras sucesivas prórrogas, facilitó un ingreso significativo de divisas. El default parcial de la deuda, finalmente, complicó todavía más el panorama externo. A falta de motivos para celebrar, el nuevo presidente del BCRA, Alejandro Vanoli, se limitó a reiterar en estos días que no habrá otra devaluación brusca como la de enero ni restricciones adicionales para el “dólar ahorro” con permiso previo de la AFIP, que en octubre batió récords de venta (más de 400 millones). Más sugestiva fue su afirmación de que el BCRA trabaja en “otras alternativas” para el ahorrista. Muchos analistas creyeron ver en estas declaraciones la intención de emitir deuda en pesos ajustables por el tipo de cambio oficial (dollar linked), más una tasa de interés, para que ahorristas particulares no se refugien exclusivamente en el dólar paralelo. La emisión de deuda del Tesoro ajustable por el tipo de cambio, que el economista Dante Sica denomina “argendólares”, ya hizo su debut con inversores institucionales (compañías de seguros y bancos) y permitió captar unos 8.300 millones de pesos. Pero este instrumento no refuerza las reservas, sino que a lo sumo disminuye la demanda de dólares al tipo de cambio oficial para cubrir posiciones. Algo similar ocurre con el reciente “acuerdo” para que las cerealeras liquiden 5.700 millones de dólares durante el último trimestre del año. Ahora quedó claro que, de ese total, 4200 millones corresponden a las liquidaciones ya previstas para dicho período y los 1500 millones restantes a prefinanciación de exportaciones, que a comienzos de 2015 deberán restarse de las reservas. Otro tanto vale para el tramo inicial del “swap” del Banco de China en yuanes, (que acaba de elevar las reservas del BCRA en el equivalente a 800 millones de dólares), pero servirá para financiar el comercio bilateral sin uso de la moneda estadounidense. Paralelamente, se estima que el BCRA aumentó a 5000/5500 millones de dólares el monto de atrasos en pagos de importaciones –cifra que ya representa el 20% de las reservas– pero a costa de menor actividad y más recesión. Para que la escasez de dólares no presione sobre las cotizaciones paralelas, el BCRA mantiene los operativos policiales y de control en bancos, “cuevas” y casas de cambio, que han permitido mantener a raya al “dólar liqui” (en torno de $13) y por ende al blue ($14,30), aunque con brechas de 52% y 68%% respecto del oficial. Sica sostiene que, con esta estrategia, “el gobierno está decidido a cerrar cada vez más el cepo y no duda en profundizar la intervención. Pero como no logra generar un exceso de oferta de dólares –agrega– no hace otra cosa que confirmarle al mercado que la falta de dólares es muy importante, lo cual a corto plazo alimenta de forma negativa las expectativas”. La restricción externa se complica para 2015 y no sólo por los altibajos en los precios de la soja. Según el Estudio Broda, el stock de reservas se ubicaría a fin de este año en 24/25.000 millones de dólares, cifra que se reduce a 14/15.000 millones excluyendo los depósitos en dólares de los bancos y swaps (préstamos de corto plazo) de bancos centrales extranjeros. Con ese monto habría que afrontar el año próximo vencimientos por casi 12.000 millones de deuda pública nacional; 2.800 millones por deudas provinciales y unos 3.800 millones por deuda privada, todo lo cual suma unos 18.600 millones. Con estos números a la vista, hay quienes apuestan a un arreglo con los holdouts en 2015 ya sin la cláusula RUFO; pero también quienes sostienen que, antes de llegar a esa instancia, el gobierno cambiará su consigna por “China o buitres”, para apostar a nuevos e inciertos desembolsos del gigante asiático. También en los despachos oficiales se ilusionan con inversiones petroleras con la nueva ley de Hidrocarburos, aunque nadie en el sector espera un boom para el año próximo con tanta incertidumbre macroeconómica. Las mayores expectativas de ingreso de dólares (o que vuelvan al circuito económico los que están guardados en “colchones” o cajas de seguridad) están puestas de 2016 en adelante. En definitiva, la experiencia demuestra que de los controles cambiarios sólo se sale con un cambio de política económica.

la semana económica

Néstor o. scibona


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