Don DeLillo escribe un futuro sombrío

La obsesión por las conspiraciones y la trascendencia son los temas.

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En “Punto Omega”, el escritor estadounidense Don DeLillo, retorna al formato de novela breve para hablar de los estragos de las guerras de principios de siglo XXI, concentrados en tres personajes -una mujer y dos hombres- que imposibilitados para atravesar indemnes esa alienación, soportan un mundo cada más ancho y ajeno. El libro, publicado por Seix Barral, cuenta algunos episodios de un ex asesor de guerra del Pentágono, exiliado en el desierto, un cineasta y la hija del científico, un alma enigmática que el novelista no pretende despejar en ningún momento. DeLillo publicó “Americana”, “End Zone”, “Great Jones Street”, “Ratner’s Star”, “Jugadores”, “Fascinación”, “Los nombres”, “Mao II” y “Libra”. Además, “Ruido de fondo”, “Submundo”, “Body Art”, “Cosmópolis”, “El hombre del salto”, “En las ruinas del futuro” y “Contrapunto”; los dos últimos, libros de ensayos. En “Punto...”, DeLillo vuelve sobre dos tópicos de la cultura norteamericana, en una clave paródica: la obsesión por las conspiraciones y por la trascendencia, materializada en lenguajes evangélicos y científicos, dignos de pueblo elegido. La primera escena del libro, escrito con una austeridad extraña a la de “Submundo”, pero siempre bajo el paraguas de una crueldad contenida, no para juzgar su época sino para entenderla, transcurre en el Moma de Nueva York. En el museo, el cineasta Jim Finley queda fascinado por “24 Hour Psycho” (una instalación de Douglas Gordon) que transforma “Psicosis”, el clásico de Alfred Hitchcock en un experimento a dos fotogramas por segundo; El filme dura, entonces, 24 horas. Desde ese momento, el protagonista se decide buscar (y filmar en plano fijo) a un ex asesor del Pentágono en Irak, Richard Elster, retirado en el desierto: el mismo desierto recorrido por los brujos del antropólogo Carlos Castaneda; el desierto donde se dijo habían caído naves extraterrestres con criaturas agonizantes. Los diálogos entre Elster y Finley empiezan a disuadir a éste de su proyecto, capturado por ese paisaje vacío, espacio y tiempo puros, precisamente cuando tiene enfrente, y sin nada que perder, a uno de los ideólogos de la masacre de Irak (el chivo expiatorio de los asuntos internos norteamericanos). DeLillo conoce perfectamente la estructura de ficción de las conspiraciones (desde Hitler a las de la triple A local). Se cuida de darle legitimidad política a Saddam Hussein como a George Bush (h) o Barack Obama. Pero su política literaria no es la denuncia periodística; en todo caso, es la conspiración como ficción. Elster es una especie de místico laico: “El sabía donde estaba, en su sillón, vivo para el protomundo, pensaba yo, los mares y los arrecifes de había diez millones de años”, enumera el escritor. Y agrega: “Cerraba los ojos, adivinando en silencio la naturaleza de las extinciones más recientes, llanuras herbosas en libros infantiles ilustrados, un hervidero de camellos y cebras gigantes, de mastodontes, de tigres con los dientes de sable”. “La extinción era uno de sus temas actuales. El paisaje inspiraba los temas. El espacio ancho y la claustrofobia. De ahí saldría un tema”, dice DeLillo. Cuando a la cabaña en el desierto llega Jessie, la hija de Elster, la confusión del joven cineasta es total: el silencio de la muchacha podría entenderse como una invitación al viaje o el desasosiego de la indiferencia. Ella es tan especial... que una mañana desaparece y no existe manera, por tierra, aire, tecnologías de última generación, dichos de aborígenes, secretos sellados, que hagan que aparezca, viva o muerta. Ese punto de fuga parece desarbolar la prestancia del viejo. Es entonces cuando DeLillo pone en marcha el aparato de lenguaje místico-trascendental: “Cada momento perdido es la vida. Es incognoscible, excepto para nosotros mismos, cada uno de nosotros inexpresablemente”. Elster se ha convertido en un Wittgenstein para principiantes. El final abierto, la incertidumbre, las identidades desplazadas, la inconsistencia deliberada de las subjetividades, acaso componen una novela críptica, abierta a todas las lecturas o a ninguna (el modelo es Kafka). Pero DeLillo, entrelíneas, parece no creer que el futuro ya llegó, sino que pasó, y puede ser peor. (Télam)

En “Punto Omega”, Don DeLillo elige tres personajes que parecen imposibilitados de atravesar este mundo cada vez más ancho y ajeno.


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