Dos crisis
Por Jorge Gadano
El llamado «estilo K», mucho más que un «estilo» del presidente de la Nación, Néstor Kirchner, desató en la última semana una crisis en dos direcciones: la primera hacia su partido, el justicialismo, que hizo blanco en varios gobernadores, y la segunda que tocó a las Fuerzas Armadas, el Ejército en particular.
Los escenarios sobre los cuales se desarrollaron los acontecimientos el miércoles pasado fueron el edificio donde funcionó la Escuela de Mecánica de la Armada y el Colegio Militar de la Nación. Aunque no haya sido visto así, quizás este último episodio tenga, en relación con los militares, mayor significación que aquél. Aunque sólo sea por el mayor peso del Ejército en el abanico de las armas.
En la Armada, la única consecuencia visible de la decisión de abrir al público al territorio de la ex Esma y convertirlo en un «Museo de la Memoria» fue el pase a retiro de un contraalmirante, Rafael Sgueglia, quien se habría insolentado con el secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli. Seguramente, la decisión presidencial relativa a la Esma -rubricada por la autocrítica del jefe naval Jorge Godoy- distó de contar con una recepción gozosa en la oficialidad, pero lo importante es que no hubo, para el público, una sola reacción.
Es verdad que el mayor y más expuesto símbolo del terrorismo de Estado en el país es el edificio de la Esma. Pero, al contrario de lo que sucedió en el Ejército, no se convocó a almirantes y vicealmirantes en actividad para hacerlos participar de un acto como el realizado en el Colegio Militar el mismo miércoles por la mañana. Allí, todos los comandantes de cuerpos y brigadas debieron presenciar, en actitud disciplinada, cómo el jefe del Estado Mayor, general Roberto Bendini, respondía a una orden presidencial y descolgaba los retratos de dos ex directores de la institución, los ex generales Jorge Rafael Videla y Reynaldo Bignone.
En los últimos 50 años, presidentes civiles como Arturo Frondizi, Arturo Illia y Raúl Alfonsín intentaron gobernar soportando toda clase de desplantes de los mandos militares -o de algún otro de los entonces llamados «factores de poder»- con la ilusión de poder llegar al fin de sus mandatos constitucionales de seis años, tan largos entonces que parecían una eternidad.
Como algunas «sobreactuaciones» parecen formar parte del «estilo K» (y del de su esposa), se podría coincidir en que para sacar esos indeseables retratos no hacía falta una ceremonia solemne y la participación personal del general Bendini en el acto de descolgarlos. Con una orden telefónica transmitida al director del establecimiento y cumplida por un cabo primero habría bastado. Tampoco fue indispensable el acto en la Esma, ni que la música de Charly García haya dejado en la sombra a la del catalán Blas Parera. Si no se hubiera realizado, Kirchner se habría ahorrado la abrupta parrafada que provocó la protesta de Alfonsín y una explicación posterior que sonó a disculpa.
Con todo y a pesar de todo, si uno echa una mirada sobre la historia, puede llegar a la conclusión de que más vale equivocarse por exceso que por defecto.
Lo cierto y reconfortante es que ahora ya no puede quedar duda alguna de que es letra viva la norma constitucional que asigna al presidente el rango de «comandante en jefe de todas las fuerzas armadas de la Nación». La República puede descansar hoy al cabo de padecer durante 70 años bajo la amenaza de alzamientos militares. Siempre que no se rebele la economía.
Y que el peronismo no vuelva a convertirse en un campo de batalla. Porque donde, como de costumbre, no hay descanso es en el justicialismo, sacudido en estos días, como tantas veces en su historia, por enfrentamientos que evidencian, aquí sí, una aguda crisis.
Cinco gobernadores de provincias importantes, que decidieron no asistir al acto de la Esma cuando fueron «desinvitados» por Hebe de Bonafini, se quejaron en una solicitada por haber sido discriminados y se consideraron aludidos por la acusación presidencial contra «las corporaciones tradicionales, que siguen especulando mucho más en resultados electorales o en el qué dirán, que en defender la conciencia y lo que pensaban o lo que debieron haber pensado».
Si bien es desechable la posibilidad de que se pueda repetir en el partido presuntamente gobernante un enfrentamiento como el que, a sangre y fuego, se produjo en la primera mitad de los setenta, es inquietante que el insinuado ahora, con la participación de la señora de Duhalde del lado de los gobernadores, pueda extenderse y agudizarse.
Lo es, antes que nada, porque no se alcanza a ver hacia dónde va Kirchner, sobre todo después de haber presidido un acto de masas en el cual el peronismo, sus rituales y sus símbolos estuvieron ausentes. O, en cualquier caso, presentes, pero para ser blanco del discurso de María Isabel, una militante de la agrupación Hijos nacida en la Esma, que fulminó a Antonio Cafiero, un patriarca, por su participación en el gobierno de Isabel Perón.
Lo que en principio asoma como un rumbo posible es que la meneada «transversalidad» no sería, como pudo parecer en un principio, una metodología destinada a ampliar las bases del peronismo. La jugada, ciertamente arriesgada, podría consistir en la creación de una fuerza política de centro izquierda, que deje al peronismo tradicional convertido en una estructura raquítica. El tiempo lo dirá.
El llamado "estilo K", mucho más que un "estilo" del presidente de la Nación, Néstor Kirchner, desató en la última semana una crisis en dos direcciones: la primera hacia su partido, el justicialismo, que hizo blanco en varios gobernadores, y la segunda que tocó a las Fuerzas Armadas, el Ejército en particular.
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