“¿Durmiendo con el enemigo?”



La historia sugiere que, en política, el peor enemigo es el que está adentro.

Y sugiere también que los pactos y solidaridades más firmes para avanzar suelen lograrse entre los enemigos más enconadamente duros. Y que, muy por el contrario, es en las propias filas donde se ubican los impedimentos.

Miguel Saiz sabe de la vigencia de estas realidades. A dos meses de gobernar la provincia, toma conciencia de que el hombre al que define como “mi padre político” se le puede convertir en un contrapoder hacia dentro del radicalismo.

Y desde ahí hostigarle su flamante poder.

Ese hombre es Pablo Verani. Y parece decidido a cumplir con un designio patético que, desde muy lejos en los tiempos, rige la cultura de gran parte de la dirigencia política argentina: carencia de grandeza para manejarse en días de repliegue de su poder.

Huelgan los ejemplos en todas las latitudes de la política. Lejanos y cercanos. Ricardo Balbín impidiendo, como fuera, la renovación del radicalismo que alentaba Raúl Alfonsín.

Y con el tiempo, el mismo Alfonsín haciendo oídos sordos a que su hora había sucumbido. Y que el país esperaba de él algo más noble e inmenso que liderar la decadencia terminal que vive el radicalismo.

O el caso rionegrino de Remo Costanzo. Perder y perder elecciones. Y seguir con el mesianismo propio de caballero de guerra santa, perdiendo.

En la política argentina, la veteranía parece no garantizar riqueza en las conductas.

En el caso de Pablo Verani, hay un elemento adicional que explica su necesidad de revolotear sobre la administración Saiz. No se trata sólo de una actitud producto de resistencia a ver naturalmente limada su gravitación política en el sistema de decisión estatal.

Se trata de algo más profundo. Concierne a que alejado de aquel sistema de decisión, Verani percibe que corren peligro intereses con los cuales parece estar comprometido.

Por esta razón encara el ministro coordinador César Barbeito y le reprocha que Saiz se maneje con cautela en cuanto a abrir un casino en El Bolsón. Cinco días antes de dejar el gobierno, Verani firmó un decreto en virtud del cual autorizaba a la empresa que maneja el casino de Bariloche a abrir uno en El Bolsón.

Saiz se enteró por los diarios. Desde ese día – afirma- lee el Boletín Oficial con lupa. En tanto, ordenó poner freno a toda decisión sobre el tema. Máxime cuando los bolsonenses le emitieron un mensaje: “No queremos casino”.

Disgustado con ese cortar riendas, Verani presiona.

Y ya se sabe: el negocio casinos siempre encontró viseras muy sensibles en la administración Verani.

No es inocente tampoco que en el marco del suave -nada más que suave- distanciamiento que Saiz parece -parece, nada más que parece- querer imprimir a su gobierno en relación con Verani, el ex mandatario se cruce con reflexiones cargadas de entrelíneas.

No es inocente decir que el gabinete elegido por Saiz tiene una vida no superior a los seis meses. Decir eso en la política argentina es hablar de un gobierno sin rumbo a dos meses de asumir. Es hablar de inestabilidad. Y hacerlo aunque se explique que el eventual cambio es una consecuencia racionalmente programada en función de estrategias propias del poder.

No es inocente que, con Verani en Viedma, se tornen comunes las reuniones de funcionarios y dirigentes pertenecientes al ala más ortodoxa del veranismo. Y que ahí no abunde el énfasis a la hora de cuestionar al gobierno.

Saiz se esfuerza por disimular las embestidas de su padre político. Quizá con el tiempo tenga que lamentar haberle acreditado paternidad tan solemne.

Y se irrita cuando le advierten sobre aquel progenitor. “¡Quieren hacerme pelear con Pablo!”, chilla.

Pero Saiz también tiene momentos de soledad. Los sobrelleva en la residencia oficial. Entonces dispara al departamento donde vive uno de sus amigos más entrañables y también funcionario: Vicente Pilli. Un lugar que el gobernador ocupó durante los cuatro años de legislador.

Y ahí, al abrigo de confianzas, Saiz reconoce que Verani perturba.

Por alguna razón en su esfera más íntima de colaboradores nació y se expande una idea: “Nuclear al miguelismo”. Encargado de la operación: el ministro Barbeito. Objetivo: construir poder dentro y fuera del radicalismo y del gobierno para, llegado el caso, fortalecer a Saiz.

Un gobernador que esta semana cumplió con una promesa que se había formulado: mejorar, vía el rubro gastos de representación, las remuneraciones de ministro y otros planos jerárquicos.

Un intento de terminar con el sistema de “cajas” desde las cuales se reforzaban los magros salarios para las responsabilidades inherentes a esas funciones. Un origen “non santo” de recursos que se prestó, durante años, a la más amplia gama de generosidades.

Con dinero ajeno, claro.

Saiz no quiere hablar de los orígenes de esos recursos. Pero los conoce.

Y a Verani le gustó este blanqueo.

Desbrozó un sistema que su gobierno siempre negó que existiera. Y le recorta la influencia que mantiene en algunas áreas sospechadas de proveer los recursos.

En fin, días de amor controvertido entre Saiz y su papá político.

Carlos Torrengo

ctorrengo@rionegro.com.ar.


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