EE. UU. admite armas bacteriológicas

Durante años, el Pentágono las desarrolló en secreto.



Washington (dpa) – Presionadas por la prensa, las autoridades de Estados Unidos tuvieron que admitir que desde hace años practican investigaciones de armas biológicas secretas. Aunque sólo armas defensivas y en el marco del tratado de prohibición de armas biológicas de 1972, según afirman la Casa Blanca y el Pentágono.

Sin embargo, hay expertos como Mary Elizabeth Hoinkes, ex- consejera jefe de la agencia de desarme norteamericana, que lo ven distinto. A su juicio, Estados Unidos se mueve en una “zona gris” del tratado y está a punto de aparecer nuevamente ante el mundo como un oportunista solitario para el cual las convenciones internacionales no valen.

Si EE.UU. efectivamente se mueve al margen de la legalidad, eso seguramente no se aclarará. Naturalmente, ni el portavoz presidencial Ari Fleischer ni la portavoz del Pentágono Victoria Clarke dicen palabra sobre qué pasa realmente en la “fábrica de bacterias” en Nevada.

El que Estados Unidos se quiera preparar con vacunas efectivas para el caso de un ataque con armas biológicas, parece lógico y corresponde a lo que los ciudadanos esperan de un gobierno responsable.

Pero quien, por cualquier razón que sea, cultiva mortíferas bacterias con fines de investigación, tiene en su poder un arma potencial y ofrece automáticamente un flanco de ataque para las críticas.

Sobre todo si esas investigaciones tienen el timbre de “secreto” -de por sí una palabra sugerente- y son conducidas por un país que en el pasado se ha marginado ya múltiples veces de la comunidad internacional.

Y esto es el punto delicado, a juicio de muchos observadores.

Para el gobierno norteamericano, la revelación de este programa de investigación no podía haber caído en peor momento. No hace mucho que Estados Unidos declaró el boicot al acuerdo de Kyoto de protección del clima. Tampoco ha acabado aún el tira y afloja internacional en torno a los planes de defensa antimisiles, con una muy probable ruptura adicional del tratado de cohetes antibalísticos (ABM).

Declaraciones recientes en círculos de gobierno, pese a los desmentidos, han alimentado las sospechas de que, en pago por la aceptación del escudo antimisiles, Washington podría permitir a China realizar nuevas pruebas nucleares – probablemente, porque el propio Pentágono quisiera también hacerlas.

En el campo de las armas biológicas, las sospechas engordan aún más por el hecho de que Estados Unidos se opone cerradamente a un control más estricto del tratado que las prohíbe.

En caso de ser efectivas las informaciones del “New York Times” sobre fallas en la coordinación de las investigaciones y sobre vacíos informativos a alto nivel en las esferas de gobierno, entonces la administración Bush deberá hacer algunas aclaraciones.

Se afirma que, en su tiempo, Bill Clinton ni siquiera fue informado sobre la construcción del laboratorio bacteriológico en Nevada, como tampoco sobre otros proyectos. Incluso especialistas que consideran que los programas del gobierno son sin duda legítimos y están de acuerdo a los tratados, reconocen que hay que eliminar todo lugar a dudas y que en este caso lo mejor es transparencia desde el comienzo.

“No importa siempre qué se hace, sino cómo se hace”, reflexionaba un senador republicano. “Ahora tenemos un problema de relaciones públicas”.


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