EE. UU.: ¿presagio de crisis de la democracia masiva?

Por Alvin y Heidi Toffler





Incluso mientras los delegados de la Comisión Europea debatían la forma en que las naciones (no los individuos) deben votar en la Unión Europea, Estados Unidos caía a la más reñida elección en sus más de doscientos años de historia. Lo que ocurrió en Estados Unidos, sin embargo, es más que una entretenida rareza electoral.

Puede que a los extranjeros les agrade la idea de que la punta de lanza para la tecnología siga utilizando aparatosas máquinas y conteos manuales en sus elecciones. Pero no sólo las máquinas oxidadas pueden necesitar un reemplazo. La “maquinaria” institucional del gobierno americano podría ser todavía más obsoleta.

Además, si la más poderosa nación del mundo y modelo de la democracia enfrenta una verdadera crisis constitucional, no es tan sólo para Estados Unidos. Es la primera de lo que creemos será una reacción en cadena en todas o casi todas las democracias industriales. La razón es que sus estructuras políticas avanzan hacia la inoperabilidad. Fueron diseñadas para operar bajo condiciones dramáticamente diferentes de las actuales. Cuando, en nuestro libro de 1980, “La Tercera Ola,’’ pronosticamos que esto ocurriría, casi estábamos solos. Hoy ya no. Americanos previamente tranquilos, incluyendo a Hillary Clinton, cuestionan el método de votación del colegio electoral en Estados Unidos.

Acabamos de regresar de la ciudad de México, en donde compartimos una cena con Felipe González, ex presidente de España, quien se anima cuando, acordando con este argumento, describe lo retrógrado de las estructuras políticas europeas. En el Japón, el brillante estratega comercial Kenichi Ohmae, ex candidato político, también está de acuerdo. Y pregunte a la gente de la generación de Internet en cualquier país lo que piensa. Tenemos gobiernos previos a la era del teléfono para sociedades Dot-com.

Incluso el vistazo más somero hacia atrás nos dice que la mayoría de nuestras formas gubernamentales fue diseñada en una época en que la agricultura era la ocupación dominante. El derecho al voto estaba restringido. Los parlamentos eran sitios de elegancia para la discusión a placer. Las burocracias eran pequeñas.

La revolución industrial y la urbanización transformaron las condiciones. Las instituciones políticas agrarias fueron llevadas pataleando y gritando, por así decirlo, hacia la modernidad; es decir, a la era de las enormes burocracias, el sufragio universal, movimientos masivos, partidos políticos masivos y lo que anteriormente se llamaban “las masas”, ahora más comúnmente referidas como “la clase media”.

En suma, las democracias masivas de la actualidad, ya sean de Estados Unidos, Japón o Europa, sobre la expresión política de sociedades basadas en la producción masiva, la educación masiva, el consumo masivo, los deportes masivos, el entretenimiento masivo y -en algunos casos- armas para la destrucción masiva.

Más allá de la sociedad masiva

En cualquier fábrica avanzada en la actualidad no encontrará producción masiva sino personalización masiva, sólo un paso separada de la personalización completa a la demanda del consumidor individual. Los mercados masivos se están fragmentando en nichos hasta llegar a, nos dicen los expertos, “mercados de uno”. Simultáneamente, las audiencias para los medios se segmentan por la multiplicidad de canales de cable y de satélite. Y la Internet provee el mejor medio personalizado que permite a los usuarios tener su propia página en la web y su propia dirección electrónica.

Pero todas las llamadas democracias industriales están pasando ahora más allá de la fase industrial de subdesarrollo y Estados Unidos avanza con mayor rapidez que todo el resto.

Al hacerlo, se vuelven más diversas y se organizan mucho más complejamente. Las sociedades masivas se vuelven, en suma, desmasificadas. Por decirlo de una manera diferente, las bases para la democracia masiva comienzan a disolverse. Operan a un ritmo más rápido, y los votantes demandan respuestas instantáneas.

Democracia y poder

Pocos recuerdan a Charles Louis de Secondat, barón de la Brede. Con un nombre así no es extraño que, en 1748, cuando escribió “El espíritu de las leyes,” haya utilizado el nombre de Montesquieu. Es de dudar que muchos parlamentarios europeos o congresistas americanos hayan leído realmente parte alguna de ese ensayo.

Pero las palabras de Montesquieu tuvieron un profundo impacto no sólo en la Constitución americana escrita tres décadas después, sino sobre la teoría de la democracia misma. Es Montesquieu a quien se acredita haber dicho que lo que hace que una democracia sea diferente de, digamos, una monarquía o autocracia es que en una democracia el poder no se concentra en una sola persona, partido o institución. Se divide entre ramas del gobierno, que pueden actuar como balances mutuos cuando una de ellas se vuelve demasiado poderosa.

El concepto de Montesquieu para la “separación de los poderes” está formalmente embebido en las tres ramas del gobierno americano: un Congreso para escribir las leyes, un presidente para implementarlas con ayuda de la burocracia y una Corte independiente para asegurarse de que el Congreso ni el presidente aprueben ninguna ley que esté en conflicto con la Constitución.

Sin embargo, la Constitución de Estados Unidos divide también el poder de otra manera. Así, hay tensión constante entre el gobierno federal y los estatales, contendiendo cada uno de ellos por más autoridad y dinero.

Al tratar de comprender la elección Gore-Bush, quién está en la Casa Blanca es menos importante que cómo cambia el poder o se reacomoda. América ha pasado mucho más allá de ser una sociedad masiva. En casi cada uno de los niveles de la sociedad, desde la etnicidad y la religión, hasta la cultura, la cocina y el estado de vida, vemos más, no menos, diversidad: una diversidad de productos, ocupaciones, lenguajes (se hablan 29 en una sola escuela de Fontana, California), religiones (cinco mezquitas en Oklahoma City) y una proliferación de cultos, sectas y minirreligiones y sistemas de creencias de la nueva era. La televisión por cable y satélite dividió las anteriormente masivas audiencias de las tres cadenas de televisión al aire. Alimentos como el sushi están a disposición en todas partes. La diversidad, no la uniformidad, es la clave para la nueva sociedad de la tercera ola y economía del conocimiento.

Todo ello hace que América sea un lugar más colorido, interesante y complicado que hace veinticinco años, pero drásticamente aumenta la diversidad y cuestiones politizadas que deben enfrentar el gobierno y la clase política. El pan, la tierra y la libertad podrían ser el lema del pobre campesino. Puede que más altos salarios y beneficios dominen las demandas del estado industrial, pero en una América cada vez más rica de la tercera ola, la política se ve plagada de demandas para prohibir el tabaquismo, ayudar a las víctimas del sida, aumentar las investigaciones sobre el cáncer de mama y proteger los derechos de los homosexuales, por no mencionar adoptar posiciones en cuestiones como la privacidad, pornografía, codificación, los derechos del Tíbet, etiquetas para alimentos genéticamente modificados, las mariposas monarca, los derechos de la mujer y derechos civiles. Literalmente cientos, quizá miles, de cuestiones anteriormente nada politizadas, repentinamente llegar a escritorios de legisladores, presidentes y jueces.

La Internet llevará al país hacia una diversidad todavía más multidimensional, llenando las casi 275 millones de mentes de América con todo desde protestas contra la inmigración hasta mensajes de levitadores del Falun Gong. Algo todavía más políticamente importante es el uso de la Red para organizaciones políticas, ya sea en defensa de los zapatistas en México o de una marcha y apedreo en Seattle y Praga. La Red hace posible la organización instantánea y la reconfiguración constante del electorado político y micro-electorado que ningún político ni del pasado agrícola o industrial tuvo que ver anteriormente.

Tampoco es la única herramienta disponible. Durante la era industrial pocos movimientos de protesta podían darse el lujo de pagar a sus propios abogados, expertos en estadística, recaudadores de fondos y otros. Cuando nosotros, como estudiantes y trabajadores de una fábrica, protestábamos o tratábamos de organizar a otros para que lo hicieran, utilizábamos antiguos mimeógrafos para producir unos cientos de panfletos en blanco y negro y apenas legibles. Actualmente todo grupo activista digno del nombre produce una revista a color, monitorea a la policía con cámaras de video, realiza encuestas, analiza los resultados con poderosas computadoras laptop, utilizando no con poca frecuencia todo esto para quejarse sobre los terribles males de la tecnología.

Agregue ahora el factor de la velocidad. El paso de la primera ola agrícola a las fábricas de la segunda ola produjo un aumento en la velocidad de las interacciones sociales y económicas. Pero no es nada en comparación con la directriz actual hacia el tiempo real. Las sociedades de la tercera ola operan a frenéticas velocidades de Internet, lo cual tiene poderosos efectos sobre la política.

En la carrera de las cadenas televisivas por reportar los resultados de las elecciones, obtuvieron malos resultados y ayudaron a desatar la crisis. Más importante, la vida en el carril rápido produce rangos de atención cada vez más corta en el votante y creciente impaciencia. Si uno puede obtener su correo electrónico casi de manera instantánea, ¿por qué tardan tanto las autoridades en responder? Es precisamente la combinación de una creciente complejidad y menos tiempo para una decisión cuidadosa lo que pone en peligro las estructuras políticas. Presionados, es maravilloso que los políticos hagan algo bien. En el Senado americano, como un senador nos dijo, nadie tiene más de dos minutos ininterrumpidos para pensar. Bajo estas condiciones, incluso si el Congreso estuviera poblado por 535 santos y genios, seguiría tomando decisiones tontas. Y lo mismo, es cierto para otras instituciones del gobierno.

Los canales de toma de decisiones políticas de América están obstruidos, sobrecargados. Sufren de lo que quisimos decir con el término shock del futuro.

Tampoco pueden las mayorías, difíciles de formar y más difíciles de sostener, legitimizar mucho más tiempo a los gobiernos. El hecho de que los americanos votantes se hayan dividido 50/50 en noviembre del 2000 y que ambos partidos hayan buscado el obsoleto punto medio en sus políticas, no significa que el país esté dividido en dos grandes bloques. Las reglas de votación bipartidistas oscurecen el hecho de que incluso las mayorías incuestionables son simplemente artefactos de las reglas electorales. Estas son las razones, por ello, por las que es poco probable que ésta sea la última crisis constitucional de América y por qué otros países con economías avanzadas o en avance pueden esperar sus propios levantamientos políticos.

Ello no significa el fin de la democracia. Significa el fin de la democracia masiva y el invento de nuevas clases de democracia para realidades mucho más diversas, complejas y acelerativas del siglo XXI.


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