Efectos no deseados de las campañas electorales
Siempre existe el interrogante de cuánto representa el voto de un ciudadano. Y queda sin respuesta porque se fue invirtiendo el orden de prioridades del problema político planteado. Se escucha decir abiertamente, a ciudadanos de todos los niveles educativos, que con su voto no sienten que cambien algo. El interrogante tiene, en mi opinión, uno de sus orígenes en las campañas políticas. Es en ese preciso momento que existe una gran oportunidad de la representación por medio del voto, donde se puede construir legitimidad. Las campañas son pura coyuntura, cuando deberían ser todo estructura; se le otorga más importancia a la efectividad que a la legitimidad del fenómeno político. En la práctica todos pensamos y creemos que un gobierno que asume tiene 90 días para cambiar y realizar hechos importantes. Pasados ese plazo lo que no se hizo no se podrá hacer nunca. Y el candidato debe tomarse el trabajo de demostrarse capaz de realizar hechos concretos. Así en el orden nacional como provincial y municipal, todos sentimos y creemos que la efectividad va por delante de la legitimidad, cuando es todo lo contrario. En las campañas se debe conquistar el corazón del elector con convicción, no sólo persuadirlo de que tome a un candidato como si fuera un paquete de galletitas de una góndola. La conquista del corazón lleva a la legitimidad, un voto así no sólo se justifica sino que además se explica. Un voto persuadido es un voto volátil, cambiable, desencantado, de rápida frustración. El problema político por el que preguntamos tiene prioridades. Primero, la legitimidad. Es fundamental para saber cuánto creemos en lo que hacemos, cuánto se explica y justifica en los hechos el poder representado. Una de las formas más importantes y directas para explicarse lo político es por medio de los discursos. Hoy los ciudadanos no escuchan a sus políticos, ni en ejercicio de funciones ni en la campaña. Los políticos candidatos lo saben y recurren a los consultores. Éstos aseguran que al existir la sordera, entonces más imagen; trabajemos la imagen apoyada sobre los valores, creencias, resentimientos y expectativas de los electores. Comienzan las opiniones, surgidas de trabajos científicos cualitativos o cuantitativos (discusiones grupales o encuestas) de los cuales se desprenden asesoramientos donde los aciertos los cobra en efectivo el consultor y los errores los pagan los ciudadanos. Candidatos que saltan charcos de agua, besan a niños con una bandera, desfilan alrededor de su escritorio afirmando la agenda problemática de los comunes, bailando, haciendo chistes o anunciando catástrofes y disparates como que el problema es el precio del tomate. Como dice Gregory Bateson, las imágenes que “vemos” son en realidad fabricadas por el cerebro o espíritu y nuestra civilización de la cultura occidental tiene profundas raíces en esa ilusión, lo que lleva a que muy pocas personas duden de la objetividad de los datos sensoriales. En campaña nuestra visión de “lo político” es siempre subjetiva, mediada por los sentidos. Es como si observáramos el escenario político a través de un agujero, donde perdemos la panorámica completa y estamos reducidos a usar un solo ojo. Seguramente lo que vemos sería exactamente igual que si hubiésemos cerrado los ojos. Quizás cerrarlos sea mejor, pero casi nunca lo intentamos. Le quitamos la palabra “ciencia” a la política. El exceso de estéticas quita y corre del centro de la discusión el verdadero problema: una cosa es preguntar por quién se vota y otra si se cree en lo que se vota o por lo que se vota. La campaña electoral puede ser un proceso de oportunidad única de construcción social donde los ciudadanos se interesen en sus representados. Comprender que los representantes no sólo deben ser eficaces sino legítimos –que se expliquen en sus funciones– para que los representantes les sirvan y los ayuden a vivir mejor, pero en democracia. Una conclusión que origina libertad individual, proceso que en su desarrollo le enseña y practica cómo debe actuar cada ciudadano en cualquier proceso electoral, se lo libera de las presiones clientelares o prebendarias que le exigen un determinado comportamiento o elección. Jaime Durán Barba, un reconocido consultor, sostiene que los políticos deben preguntarse para qué fueron votados. Muchas veces fueron votados para ser diputados pero no es necesario que realicen la tarea, ya que sus votantes esperan otra cosa de él. Una opinión o análisis de esa forma tiene efectos sobre el sistema de representación democrática que son devastadores y llega a niveles de deslegitimación muy altos tanto para la función institucional como de los funcionarios y políticos en sí mismos. Con nuestra tarea de desarrollo y análisis de campañas electorales, ¿no estamos afectando la representación política con nuestros razonamientos y métodos de trabajo? (*) Licenciado en Ciencia Política. Docente universitario
FERNANDO LANZA (*)
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