¡Que salgan al aire libre!

Temerosos, inseguros... así están criando los padres a sus hijos con tantas restricciones en el manejo de su independencia.

15 ene 2012 - 00:00

Cada vez son menos los chicos que disfrutan de la experiencia de andar al aire libre afectando así, de modo negativamente, no sólo su bienestar físico sino también su creatividad, su capacidad de resolver problemas y su pensamiento crítico. Tiempo atrás, una encuesta de Unicef realizada en Latinoamérica indicaba que un 67% de los niños menores de cinco años juega preferentemente al interior de sus hogares y un 39,2% nunca juega con otros niños del barrio. Otras referencias también daba: el 39,7% de los niños entre 10 y 13 años rara vez o nunca sale a divertirse a una plaza porque prefieren los sitios indoor; el 81,7% va siempre o frecuentemente a casas de familiares para divertirse, un 71,5% lo hace en centros comerciales y un 58% en casas de compañeros de colegio. Por otra parte, una encuesta realizada en Inglaterra reveló que el 64% de los niños de 12 años juega al aire libre menos de una vez a la semana y que el 20% nunca ha trepado a un árbol. El norteamericano Richard Louv, autor del libro El último niño en los bosques, define este fenómeno como “déficit de naturaleza”. Según explica, la falta de actividades al aire libre en los niños se explica por la mayor presión sobre su tiempo libre, pues se exige que los menores lo gasten de forma constructiva, principalmente en clases de reforzamiento y talleres. Eso, asegura, no sólo ayuda a que aumenten los niveles de obesidad y depresión sino que dificulta su proceso de independencia y de dominio del mundo. Louv dice que los padres prefieren mantener a los menores al interior de sus hogares para resguardar su seguridad, lo que es un error. En el estudio de Unicef, los padres mencionan como primer peligro en las plazas la circulación de autos y, sorprendentemente, la presencia de otros niños aparece como la segunda fuente de peligro para sus hijos, por lo que las calles dejaron de ser un lugar de encuentro. Esto, pese a que el mismo estudio revela que el 60% de los accidentes ocurre en el hogar. Los padres perciben las calles como peligrosas, cada vez juegan menos chicos en ellas sin supervisión de un adulto, cada vez es más raro que vayan al colegio solos, algo que hace unas décadas era muy frecuente. Los shoppings se han convertido en el refugio en el que dejan a sus hijos con tranquilidad, un universo cerrado y vigilado que parece fuera de riesgos. En parte se debe a unas ciudades hostiles, poco amables para la infancia. Pero también a una retroalimentación. Incluso los padres que verían natural una mayor libertad para sus niños, pueden llegar a pensar que algo hacen mal cuando los hijos de los demás están tan protegidos. Les sobreviene una culpa por darles una autonomía que en ocasiones es muy recomendable, según los expertos consultados. La relación de esta problemática con la arquitectura y el urbanismo la viene desarrollando desde hace años el pedagogo italiano Francesco Tonucci, quien se ha empeñado en devolver la ciudad a los chicos con su proyecto La Ciudad de los Niños. “Hay una pérdida de autonomía casi total en los chicos”, se queja. Postula que hay que revertir esta situación. “Estamos viviendo una paradoja. Cuando yo era pequeño, hace 60 años, no se sabía casi nada de los niños. Era una temporada de espera. Lo importante era cuidarlos para que llegaran a ser adultos, que era la edad importante. En esta situación se les permitían bastantes cosas. No se les llamaba derechos, pero sí que tenían permitido vivir y usar espacios que los adultos no utilizaban y gozaban del tiempo libre necesario para hacerlo. Jugaban con amigos sin un control directo. Hoy la actitud de los adultos ha sido de hacer bastantes más cosas para los niños encerrándolos en espacios dedicados a ellos que los excluyen de la vida social”. La solución que se propone es habilitar más espacios para que puedan desarrollarse. Soltarles la mano un poco no está mal, repite Tonucci. Fuente: El País y El Mercurio.

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