El ángel rubio de las hornallas



–Jamie Oliver: ¿Te gusta la ensalada, JD? –JD: Sí… Hace dos años que empece a comer verduras. –Oliver: ¿Y antes qué comías? –JD: Nada. La comida te cae mal cuando te inyectás heroína. A veces comía alguna porción de tarta después de inyectarme. –Oliver: Y ahora, ¿cuán-to hace que estás limpia? –JD: Dos años. ¿Y me preguntabas qué comía antes? Revolvía los tachos de basura. Mis padres me abandonaron a los cuatro años. JD (así, por sus siglas) es una mujer enorme. Lleva el pelo rapado y un gorro que ya parece parte de su cráneo. Usa anteojos que le quedan feos. No tiene casi dientes. Le quedan muy pocas neuronas intactas y el humor le funciona como un péndulo: a veces es irascible, a veces genera ternura. La mayoría de las veces parece ensimismada. Jamie Oliver es miembro de la Orden del Imperio Británico. Fue incluido por el diario “Sunday Times” entre los británicos más ricos. Tiene un carisma que lo hizo saltar del segundo plano de ayudante de cocina de The River Cafe al cuadro de honor de cocinero mediático mucho antes de cumplir los 30 años. Su programa, “The Naked Chef”, fue uno de los favoritos de Inglaterra desde 1998, cuando comenzó a emitirse. Descontracturó ese mundo de medidas precisas, hornallas y tablas de picar. Cocinó en cámaras para sus amigos. Escribió. Hoy sus libros de recetas se venden en todo el mundo. Que quede claro: este cocinero rubio tiene tanto olfato para las especies como para los negocios. Y quizás más para lo segundo que para lo primero. Pero a diferencia de los excesos de Anthony Bourdain y su frenético descenso hacia los infiernos de la cocina, Oliver parece haber elegido el paraíso. Y no es que su receta resulte desabrida al lado del cocinero más rollingstone. Al contrario. Es justamente esa suerte de cielo protector lo que lo hace único. Jamie Oliver no tiene ninguna necesidad de intentar enseñarle a JD cómo se cocina para que tenga un oficio en lo que le quede de vida. No tiene por qué lidiar con ese grupo de chicos de Londres, de Amsterdam o de Melbourne que tienen más antecedentes penales que CV en cocinas en el reality “Jamie’s Kitchen”, donde justamente rescata a chicos de la calle y les enseña el oficio para terminar abriendo un restaurante con todas las de la ley. Tampoco tiene por qué trasladarse a los Estados Unidos, a una ciudad del medio oeste, a combatir como un loco solitario contra los hábitos alimenticios del pueblo más obeso de ese país. O hacer un programa para cambiar la alimentación de los comedores escolares. Pero lo que diferencia a Jamie Oliver es que lo hace. El rubiecito podría haberse quedado en Londres y facturar cada vez más con su línea de productos, con sus libros, con sus restaurantes. Pero lo suyo es el cielo.

jamie oliver


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