El apriete del oso

El mandamás del sindicalismo organizado argentino dejó la tradicional cautela del sector y acelera a fondo para conseguir poder político. El PJ, el Congreso y la fórmula presidencial, en la mira del camionero.

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El líder de la CGT protagonizó varios actos del kirchnerismo y ahora busca mayores espacios de poder dentro del partido y en la próxima fórmula presidencial.

Apelando al ritmo wagneriano que definió el comienzo de la Revolución Rusa, el historiador Senén González sentencia: “Moyano no va por el Palacio de Invierno... jamás la CGT va por el Palacio de Invierno”. Pero con más de medio siglo investigando minuciosamente el movimiento obrero argentino, González advierte con cautela: “Lo que quiere Moyano es que el Palacio de Invierno lo tenga en cuenta, quiere participar de la decisión política que se cocina en ese palacio”.

Sí, el líder de la CGT acelera por estos días su marcha destinada a transformar su inmenso poder gremial en poder político y desde ambas plataformas incidir definidamente en la toma de decisiones ya no sólo del kirchnerismo sino, por extensión, del funcionamiento del conjunto del sistema político.

Los números de Hugo

Vicepresidente en ejercicio de la presidencia del Partido Justicialista de la provincia de Buenos Aires –38% del electorado del país– y manejando una CGT de más de tres millones de afiliados, Moyano regula la organización del accionar de su poder político con estilo propio.

Ajeno a las cautelas que tradicionalmente definieron los pasos del sindicalismo peronista a la hora de tallar en política, Moyano –por caso– reclama para el movimiento obrero integrar la fórmula –en el rango de vicepresidente– que llevará el kirchnerismo a las elecciones de octubre. De hecho, es la primera vez que desde el movimiento obrero peronista se apunta a esa participación.

En este marco de expansión de poder, cabe bucear un poco en el mundo de las ideas de este sindicalista convertido cuya gravitación es, al menos hoy, insoslayable en la vida de los argentinos. Veamos:

• En el ideario de Moyano, el peronismo y su proyección en la historia argentina no gravitan en términos de nostalgia. Están. Realidades que no lo obligan a un constante rendir tributo. No hay folclore, liturgia peronista en el discurso de Moyano.

(Continúa en la página 24)

Carlos torrengo

carlostorrengo@hotmail.com

(Viene de la página 23)

• Del peronismo le importa su concepción del poder, su ejercicio concreto y objetivo. Moyano es plenamente peronista en eso de no pedir permiso que define al peronismo para ser y ejercer poder. No hay nada etéreo en esa conducta. Es un espacio siempre librado a la iniciativa. En esta cultura del poder se formó Moyano.

• De esa cultura de poder extrae una conclusión: la acción directa. Si es necesario, clavada en términos irreductibles. La calle como espacio; el bloqueo o la marcha como método. Moyano es el más callejero de los líderes que tuvo la CGT en la transición. En él la movilización dura, firme, es algo más que un instrumento de aplicación puntual; es un estado de ánimo siempre bajo alerta. Una cultura que no dosifica.

• Desde estas convicciones y estilos, Moyano muestra un definido desinterés por encuadres ideológico-culturales que durante décadas dieron contenido al gremialismo peronista. Un caso: la cogestión, la participación obrera en la conducción de la empresa. La cogestión fue algo más que un proyecto en la lucha de la CGT: fue una búsqueda que daba sentido al accionar del movimiento obrero. Hacía a eliminar –lo decían los documentos de aquellas CGT y la legendaria 62 Organizaciones– muchas imágenes y realidades concretas en la relación capital-trabajo. Hacía, por ejemplo, a erradicar la categoría “patrón”. Hacía a una interpretación de la función social de la empresa. Es interesante leer, explorar los documentos que transmitiendo sus puntos de vista sobre el país y los intereses sectoriales generaron en un pasado aún fresco aquellos nucleamientos gremiales. Escribían lo que pensaban. Publicaban. La CGT de Moyano, cero en esta práctica. Manda el pensamiento verbalizado.

• No hay “clasismo” en el ideario de Moyano. No nutre su accionar de la dialéctica que hace de las contradicciones capital-trabajo una argumentación excluyente para reflexionar esa relación. Y fijar posición. Referenciándonos con la historia, Moyano no es Sitrac-Sitran. Aunque esto no implica que su ideario esté ausente de puntos de vista sobre ese vínculo. Pero el verbo de Moyano es rústico. No habla de ese vínculo desde percepciones y convencimientos muy merituados. Apela al idioma de barricada. Le encanta –por caso– colocar siempre al trabajador en condición de víctima del sistema. En blanco predilecto de todas las estigmatizaciones posibles. Entonces, seducido por ese encantamiento, Moyano habla desde la vulgaridad: los “trabajadores que nos tragamos las eses”, los “doctores que no se tragan las eses” y etcétera, etcétera.

• Este tipo de discurso destinado a dirimir poder abreva en lo que uno de los más rigurosos investigadores del peronismo –el sociólogo Ricardo Sidicaro– suele definir como “raíz ideológica de tipo romántico-populista” que hace al mito con que siempre el peronismo envuelve su idea de pueblo. “Visto desde el peronismo –acota Sidicaro– el pueblo es etéreo, controla menos y hace más libres a sus jefes, que generalmente son pragmáticos a la hora de las soluciones. Sucede que la historia del peronismo está menos ligada que otras fuerzas políticas a la institucionalidad democrática, lo que lo favorece” a la hora del discurso.

• Y está el Hugo Moyano que por estos tiempos construye y estiba poder. Sabe que el poder es siempre una relación. Y que el peronismo es una relación filosa, cargada de acechanzas. “El poder en el peronismo nunca es migaja. Es o no es”, sentenció tiempo atrás en impecable definición. Algo en su imaginario lo estimula más a pensar en la Argentina del más allá del proceso que abrirán las elecciones de octubre. Está convencido de que el kirchnerismo mantendrá el poder. Y persuadido de que él será uno de los constructores esenciales de ese triunfo. Si el curso de la historia es éste, él será uno de los más favorecidos por el triunfo. Es posible que incluso tenga un hombre suyo como vicepresidente.

Pero Moyano no descuida otra realidad: no hay razones para que el sistema de partidos argentino recupere salud, vigor. Seguirá haciéndose añicos. Y el peronismo no podrá eludir esa desintegración. A la corta o a la larga, pero sin posibilidad de gambeta. En esa lenta pero firme implosión tiene puesta su mirada Moyano.

De ahí que hoy apueste a hacer de su poder sindical un poder inmune al azote de los tiempos que se descargará sobre el sistema de partidos. Colocar su poder sindical por afuera de esa tormenta. En esa línea trabaja hoy Moyano. Si en su cabeza figura o no un partido de índole laborista es, al menos hoy, terreno interesante para la especulación intelectual. El tiempo dirá.

Recientes hechos protagonizados por el líder

de la CGT demuestran su creciente influencia.


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