El arte en las calles del Ñireco

Sábado con música, poesía, stand up, murga y todo el abanico de la expresión artística de Bariloche y Dina Huapi en un solo lugar.



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Color y mucho arte en el festival callejero Barihuapi Dinaloche. Fotos: A. Leiva

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Color y mucho arte en el festival callejero Barihuapi Dinaloche. Fotos: A. Leiva

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Color y mucho arte en el festival callejero Barihuapi Dinaloche. Fotos: A. Leiva

FESTIVAL CULTURAL

Dinaloche Barihuapi, con ese juego de sílabas un grupo de artistas quiso sintetizar la fusión de ideas que se plasmó en la zona del Ñireco con el festival que promovió sacar el arte a las calles. Y porqué no, que la calle traiga el arte.

La movida cultural, típica de los alrededores de escuelas de bellas artes donde se saca todo el ingenio junto, sin anestesia, fue ideada por un grupo de artistas que se congregan casi a diario en la colorida esquina del Quinquela Bartertulua, sobre la avenida 12 de Octubre.

“Queríamos hacer algo a modo de intercambio entre los artistas de Bariloche y los de Dina Huapi con la premisa de sacar el arte a las calles”, contó a “DeBariloche” Checho un artista multifacético, mientras en el escenario al aire libre sonaban “kilómetros de estepa” una banda dinahuapense formada por chicos de 10 a 12 años que hicieron sus propios temas de rock.

En el escenario que aportó la secretaría de Cultural municipal a través de su titular, Rubén Fernández, estaban previstos la participación de Fly, Cadaver Exquisito, Jamón Ferroviario, grupos de clown, Soñar tierra, King Jaija, Miska swing, #deparados, La consiente, Maestro splinter y la murga La recuerda candombe.

En la calle a pesar del viento fresco se congregaron decenas de jóvenes y adultos para disfrutar de la música, sentados en el cordón de la vereda, el asfalto y hasta algunos astutos se llevaron sus propis reposeras.

Adentro del Quinquela, un espacio dedicado al arte en sus diversas expresiones, con dibujos, bocetos, pinturas, muestras de fotos y el sector de la poesía donde algunos jóvenes escribían poemas en la parte trasera de cajas pequeñas de medicamentos e incluso se ofrecían libros para leer.

En otro rincón, una mujer leía poemas cortos a través del “susurro” un artefacto diseñado con un cilindro hueco a través del cual navegaban las palabras al oído de quien se preste a escuchar.

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