El azar, la fuerza que explica nuestras vidas
Alberto Rojo es uno de los más prestigiosos científicos y músicos de la Argentina. Doctor en Física, profesor de la Oakland University, sobresaliente guitarrista, ha logrado desarrollar con éxito ambas carreras. Acaba de publicar un libro, “El azar en la vida cotidiana”, donde explica los motivos que se esconden detrás de las coincidencias y las casualidades. Pasó por Bariloche y conversó con “Río Negro”.
Ese hombre de rostro manso y tez morocha, que interpreta con su guitarra criolla una zamba plena de nostalgia, es el mismo hombre que enseña en la Oakland University de Estados Unidos y el mismo que escribe bien vendidos libros de divulgación científica. Alberto Rojo parece haber sido capaz de lograr un imposible matemático: concentrar varias de las posibilidades del ser en una sola dimensión. ¿Qué ha sido de los “Albertos Rojos” paralelos? No lo sabemos, no lo sabe la física cuántica, pero es factible intuir que en cada uno se repite este esquema de múltiples carambolas que convergen en un cuerpo apasionado por la física, la letra y la música.
Alberto Rojo, doctor en Física del prestigioso Instituto Balseiro. Investigador de la Oakland University. Guitarrista, compositor, invitado especial de leyendas como Mercedes Sosa y Pedro Aznar. Autor del exitoso libro “La física en la vida cotidiana”, bloguero muy entretenido en “El desmitificador”, conductor, creador constante. Y hay más.
Estuvo en Bariloche ofreciendo charlas sobre física y aprovechó para conversar con “Río Negro” sobre su último libro “El azar en la vida cotidiana” o de cómo desmitificar las coincidencias de algunos días extraños.
–O sea que Dios sí juega a los dados.
–Y sí, al menos hasta donde sabemos hoy. Para decirlo corto, las leyes de la mecánica cuántica describen muy bien el mundo y esas leyes tienen un azar intrínseco: una misma causa puede dar lugar a muchos efectos, algo que a Einstein le preocupaba.
–Sentí que “El azar en la vida cotidiana” es el reverso o la contracara de “El cuaderno rojo” de Paul Auster.
–Tenés razón. “El cuaderno rojo” es un lindo libro, muy bien escrito, pero gira alrededor de un concepto equivocado: las coincidencias significan algo. Como trato de explicar en el libro, las coincidencias son eventos improbables que en un agregado de muchos eventos están dadas a ocurrir. El hecho de que nos causen mayor o menor sorpresa es un error de apreciación, como las ilusiones ópticas. Pero no tiene más significado que ése.
–Las probabilidades, vistas de esta perspectiva científica, despojada de elementos esotéricos, ¿no son el argumento que refuta la idea de Dios? Después de todo, Dios, la entidad reguladora, cristiana o no, no podría jugar al azar puesto que la propia omnipotencia se lo impediría.
–No creo que sea suficiente para refutar la idea de Dios. Más aún, estoy convencido de que no es suficiente. Las probabilidades son una parte de la descripción científica de la naturaleza, de esas reglas de funcionamiento del mundo que, parcialmente, los humanos hemos sido capaces de descifrar. Que existan reglas no necesariamente implica que Dios no exista. Y tampoco implica que exista por cierto. Más aún, tu argumento fue durante mucho tiempo al revés. Es decir: en la teología cristiana se suponía que no existía el azar y que, en cada proceso aparentemente azaroso, en realidad estaba interviniendo la voluntad divina. Una idea relativamente reciente que nos reconcilia con un universo azaroso es la idea (borgeana en su origen) de los multiversos, de que en realidad no hay un universo sino muchos, y que incluso se van creando, generando, tantos universos como opciones hay antes del proceso azaroso (a nivel microscópico me refiero). Es una idea extravagante, pero tiene cierta aceptación en el mundo de los físicos.
–Por qué las curvas de probabilidades tienen la forma que detallas en tu libro, esa suerte de serpiente que, como ha dicho “El Principito”, se ha comido un elefante?
–(Risas) Está bueno lo de la serpiente. Te estás refiriendo a la famosa campana de Gauss. Esa forma acampanada es una de las formas lindas y regulares que aparecen cuando uno considera el agregado de muchos eventos azarosos: algo así como que el promedio del desorden genera un orden. O que de la acumulación de muchas incertidumbres resulta una certidumbre. Por ejemplo, imaginate que tirás 50 monedas y contás cuántas caras salieron. Es improbable que salgan 0 caras o 50 caras. Ahora, si repetís el proceso muchas veces y pintás en papel cuadriculado (con 50 cuadraditos en la horizontal) un cuadradito en 5º lugar cada vez que salen 5 caras, uno en el lugar 35 cada vez que salen 35 caras, etcétera, vas a ver que, al cabo de muchísimos tiros empieza a dibujarse sola la serpiente de “El Principito”, un poco pixelada en este caso, pero serpiente al fin. Y no la apuntala la gravedad sino la simetría, el hecho de que, en el fondo, la multitud de causas que hacen que una moneda caiga cara se mezclan con las causas que hacen que salga cruz y eso resulta en que hay un 50% de chances de que salga cada una de ellas. Y al superponer muchos tiros, esa chance se desdibuja, como si se pulieran los bordes rugosos de la incertidumbre, y aparece la serpiente. Esa emergencia de orden se llama, en el lunfardo técnico, “ley de los grandes números”
–¿En todos los casos afirmás que el sentido de los hechos se lo damos nosotros? Me refiero a que, según tu visión, no existe una voluntad detrás de los hechos que llamamos coincidencias.
–En efecto, el sentido es una construcción interna de nuestra conciencia.
–¿Cual es la relación íntima entre la matemática y la música? O bien: ¿cómo se explica esa relación?
–La relación íntima, para mí, está en el hecho, un poco misterioso, de que la gramática musical sea expresable en números. Al cerebro le gustan los tonos musicales. Y los tonos son pulsos de presión que llegan al oído a intervalos regulares de tiempo. En esa regularidad ya hay una simetría, algo que se repite. Y luego las consonancias son acuerdos entre esas repeticiones, que aparecen a menudo en motivos espaciales. Tenemos una comprensión parcial de esos mecanismos. Pero que la matemática estaba por detrás siempre fue incuestionable. Por eso no es extraño que la matemática y la música sean primas hermanas.
Alberto Rojo, un doctor en Física que, además, es excelente guitarrista.
Claudio Andrade
candrade@rionegro.com.ar
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