El buen entendedor



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Fernando Bravo rionegro@smandes.com.ar

La semana en San MartÍn

Entiendo a los que dicen, descreídos, que para esos nada vale más que una patada en el traste. Pero entiendo a los que reclaman comprensión y agitan el fantasma de la desigualdad, seguros de que en las injusticias de ayer están los males de hoy. Entiendo a los que exigen leyes más duras. Entiendo a los que se preguntan para qué sostener servicios sociales, si la cosa se arregla multando con rigor al padre, la madre, al tutor o al encargado. Entiendo a los que piensan que más de un pibe revoltoso lo es porque no tiene –o es como si no tuviera– padre, madre, tutor o encargado. Entiendo a los que quieren prohibir todo. Nada de juerguistas meando canteros en las madrugadas; nada de música bailable estridente; nada de boliches ni tertulias; nada de ocio y alcohol en las esquinas. Nada de nada. Entiendo a los que piensan que prohibido está prohibir. Nada se consigue, asumen, poniendo cepos. No quieren ni oír la palabra “contención” en boca de esos políticos a los que no les creen nada, por costumbre y por si acaso. Contener es limitar, dicen. Prefieren una liberación creativa, sublimadora. Entiendo a los que se muestran molestos cuando cuatro gatos cantan parrandas bajo la persiana, y llaman a la policía previendo el vómito en la acera. No les preocupa que, con el alcohol, los que antes cantaban alegres se desconozcan entre sí y se abran un tajo en la panza. Les inquieta que no dejen dormir. Entiendo a los que en verdad temen, a los que ya tienen experiencia de hostilidades y les huyen. Agobiados. Y entiendo a los que reaccionan y quieren darles escarmiento en plena calle, juramentándose de comprar una escopeta. Entiendo a los que pueblan despachos con retratos circunspectos, y puestos a decidir deciden mal o no deciden. Acaso porque no quieren. Entiendo a los responsables de instituciones públicas o privadas que quieren hacer y no les dejan; que quieren ayudar y no les invitan; que quieren intervenir y se les va la vida cruzando el mar de las burocracias y las jurisdicciones. Entiendo a los que hacen y a los que insisten aun a riesgo del error. Entiendo a los que prefieren no exponerse, tanto como entiendo a los que se autotitulan de expertos, sobre todo preocupados por sus quince minutos de fama. Y mejor si es en la tele. Lo que no entiendo es por qué veinte muchachos regados en alcohol tiran piedras, palos, botellas (dicen que balas), mientras otros veinte muchachos de uniforme azul desesperan por correrlos, arriesgando tanto unos como otros la vida propia y la ajena. Por nada. Porque sí. Unos, se me antoja, no saben del todo por qué hacen lo que hacen, y los otros no están seguros de que algo vaya a cambiar por correr a los que corren. Así acaba de suceder en tres ocasiones y en menos de un mes en esta San Martín de los Andes, para estupor de vecinos y espanto de turistas. No entiendo, como se dice, que así estamos porque hemos perdido los valores. No entiendo cómo los perdimos y ni siquiera recuerdo si los tuvimos. No entiendo si la educación es el huevo o la gallina. No entiendo a los que explican los odios de estas noches de sinrazón como si viniesen incorporados en los genes. No entiendo si este alcohol del exceso mortal es causa o consecuencia. No entiendo si el respeto nos lo han arrebatado o nunca lo merecimos.


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