El cambio climático, en clave de humor inglés

Con su escepticismo habitual, el escritor retrata el egoísmo humano.



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El flemático Ian McEwan, pieza clave de la literatura inglesa actual, usa el humor -esta vez para tratar las consecuencias del cambio climático- con la misma sutileza que antes lo hizo respecto al secuestro de niños, la familia decimonónica, la sexualidad, la melancolía o la caída del muro de Berlín. En “Solar” (Anagrama), el protagonista es Michael Beard, un físico cuyas investigaciones en el campo de la fotosíntesis artificial como forma de aprovechar la energía lo han hecho famoso y millonario, no se explica por qué atrae tanto a las mujeres aunque padeciendo su quinto matrimonio algo empieza a sospechar. La novela se sostiene en una trama que no descarta la reflexión, como en sus anteriores textos, sin saturar pero con el objetivo de hacer pensar: el cambio climático, ¿tiene una solución en el corto plazo; es el abandono de la energía nuclear esa solución; qué pasa entonces con el consumo desenfrenado? Esas preguntas no las puede responder su personaje, porque atrapado en la molicie y la autocomplacencia, está enamorado por primera vez de su esposa, diecinueve años menor, que castiga a Beard con su propia medicina: adoptando un amante que es lo contrario de su marido, gordo y eterno candidato a premio Nobel. “El egoísmo delirante de Beard funciona como una metáfora del egoísmo del ser humano ante el calentamiento global”, dijo McEwan en un reciente reportaje en Inglaterra. Sin embargo, el escritor -la salida de la novela es contemporánea del desastre nuclear en Japón- no es optimista respecto del asunto que tiene en vilo al globo entero. Pero es cierto: jamás resultó demasiado optimista sobre las cuestiones que abordó. McEwan considera -como su conciudadano, el ensayista John Gray, autor de “El progreso y otras ilusiones”- que la especie humana se funda en un egoísmo “innato”. “El ser humano muy pocas veces se mueve por razones altruistas”. El cambio climático no sería la excepción, “a menos que sea una oportunidad de negocios”. La revolución industrial, cree McEwan, “no fue impulsada precisamente por idealistas ni personas bondadosas, sino por gente cínica, interesada y ambiciosa. Posiblemente será también ese tipo de gente la que nos salve”. Sin demasiadas ilusiones, el escritor espera que en un futuro las empresas y los estados puedan ver en las energías renovables “una fuente de ingresos” que las empuje a invertir en esa tecnología. Pero “Solar” también funciona como una máquina dispuesta para deshacer intrigas (o para crear otras nuevas): sexuales, científicas, empresarias, en cada una de las cuales, en un lapso de nueve años, Beard se ve siempre involucrado. Dividida en tres partes -2000, 2005, 2009-, la novela resulta impiadosa con la industria de las ciencias duras y sus soportes académicos. El protagonista vive de una intuición de juventud, pero sus sucesores lo ignoran con una pasión digna de mejores causas. Entretanto, envejecido, sin ideas y humillado por una mujer a la que desea sin ser correspondido, se refugia en los libros sin darse cuenta que ya se le pasó el cuarto de hora. La pelea por la propiedad intelectual es menos por honor que por negocios. La segunda parte lo encuentra enamorado otra vez y padre de familia con amante. Embarcado al polo norte con un grupo de sabios e intelectuales, McEwan se toma en sorna su propio viaje de concientización. Plagada de freaks y geniecillos (la escena en el comedor del campus, cuando Beard soporta verdaderamente la realidad de ser “un cornudo”), mientras jóvenes científicos manejan teorías que desconoce, es tan cómica como triste, como la disipación de una vida sexual que a esa altura resulta patética. Al final, nuestro hombre, a tono con el agotamiento de los recursos naturales, se encuentra piloteando un centro experimental de energías renovables en Nuevo México, cerca de donde explotó la primera bomba atómica, sin la flexibilidad que le permite adelantarse a las zancadillas de las que será objeto sin piedad. Pierre Bourdieu no se equivocó cuando definió al campo intelectual como un campo de poder, prescindente del bien común, tributario de unas relaciones de fuerza que por el peligro que representan, la literatura puede aligerar por el humor, cuanto más negro más efectivo. El británico, que ha recreado mundos del pasado, contemporáneos y futuros, confesó que de joven se debatió entre la ciencia y las humanidades; sin embargo, sus ficciones son la evidencia de que esos mundos no son incompatibles. Parte de una generación de novelistas escépticos tanto de las narrativas convencionales como de las promesas del “mundo feliz”, al igual que Martin Amis, John Banville, Kazuo Ishiguro, Andrew O`Haggan o Nick Hornby, podría decirse que ninguno de ellos cedió la racionalidad y el humor por la distopía de moda, a menos que cumplieran con ese protocolo. (Télam)

La nueva novela de McEwan resulta impiadosa con la industria de las ciencias duras y los académicos.

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