El celular y los adolescentes
Los entrevistas sobre temas similares a distintas personas una de marzo y otra de agosto, realizadas dentro de la serie «Los intelectuales y el mundo» del diario «La Nación», revelan visiones divergentes ante un problema que preocupa en particular a padres y maestros.
Apagarlos en el aula
Luis A. Quevedo, sociólogo experto en comunicación y responsable de un estudio sobre «consumos culturales» encargado por la Secretaría de Medios de la Presidencia, expuso sus conclusiones acerca del avance y el impacto en nuestro país de la telefonía celular. Explicó una primera cuestión que ya tres de cuatro argentinos poseen un aparato y que los nuevos adminículos reúnen varias tecnologías (fotos, música, e-mail, juegos electrónicos, etc.) lo que significa que representan la posibilidad de una ventana de acceso de los más pobres a la «sociedad de la información», porque los educan y familiarizan con la tecnología digital. Se trataría en su opinión de «un rotundo cambio tecnológico y cultural que achica la 'brecha digital' de la Argentina respecto de los países avanzados». Esto es algo que, aparte de nuestro disenso con la retórica que expresa, debemos calificar por lo menos como desproporcionado e ilusorio.
La segunda cuestión que se abordó en el reportaje se refiere a la influencia del celular en los adolescentes y el colegio. Preguntado sobre los desafíos educativos que representa esta nueva tecnología, hizo notar que mediante ella los jóvenes se socializan en un nuevo entorno, se insertan en una segunda naturaleza cuyos efectos formas de la escritura, cambios en la percepción del tiempo no condicen con la actual estructura de la escuela. Y el problema mayor reside, según su criterio, en «la insuficiente alfabetización digital de los docentes». Admitiendo que, como públicamente se cuestiona, los chicos no leen, se distraen y se saltean las jerarquías de la organización escolar, avisa que sin embargo con estas tecnologías no hay marcha atrás, que lo peor que podemos hacer es demonizarlas. Vinieron para quedarse. Se pregunta si la desmotivación de los alumnos no será consecuencia de docentes mal formados, mal pagados, que tienen que andar corriendo por todos lados. Pero su remedio es parecido a la impotencia. (También como padres, reconoce, «nos cuesta saber cómo intervenir en ese mundo de nuestros adolescentes»). Respecto del colegio, concluye, hay que administrar estas tecnologías, por ejemplo exigiéndoles a los chicos «que apaguen los celulares en el aula, así como les exigimos que no griten, que no se paren, que no corran».
Insistir con los libros
Susan Greenfield es profesora en Oxford, pertenece a la Royal Institution, es autora de libros de difusión científica («La vida secreta del cerebro» fue un best-seller) y es popular por sus series en la BBC, la difusora nacional inglesa. Anecdóticamente: tiene título de baronesa, trabajó en un kibutz y estuvo casada con Peter Atkins, el celebrado autor de «Galileo's Finger». Opinando sobre los medios tecnológicos de comunicación dijo, citando su último libro «La gente del mañana», que estamos entrando en un mundo nuevo y que las nuevas tecnologías son novedades invasivas y expansivas que afectarán las maneras como pensamos, sentimos y actuamos. Dice que es un mito, por ejemplo, que la computadora sea sólo una herramienta (evocándonos con eso la llamada Ley de Kranzberg de que «la tecnología no es buena, ni mala ni tampoco neutral»). Respecto en particular a su influencia en los niños hizo notar que a los de ahora, acostumbrados a manejar botones y mirar pantallas, les resulta difícil concentrarse en la escuela. No tienen la base de cultura lineal que a los adultos nos proveía la lectura de los libros, les falta la narrativa que da marcos de referencia, el trayecto conceptual que organiza nociones, y así no distinguen entre información y conocimiento. No saben cómo clasificar la información que les llueve, les falta el esquema histórico-cultural que la sitúe y la organice.
En cuanto a los celulares, su consejo es de prudencia. Si uno es adulto y necesita ser ubicado constantemente, «bueno dice resignadamente de haber daño cerebral ya está hecho». Sería más cuidadosa respecto de ese daño (su especialidad científica es la neuroquímica del cerebro) si se tratara de un niño. Es aberrante fomentarles el uso desde la niñez y los padres deberían resistirse a sus demandas. No le gusta ver chicos con celulares, pero lo que más le disgusta es pensar en lo que están perdiendo. Esos niños ansiosos con el teléfono pegado a la oreja están dejando de lado, a cambio de casi nada que no sea pura comunicación interesada, gran parte de las cosas más placenteras de la vida, mirar el cielo cuando vagabundean, ejercitar el cuerpo y la mente en plenitud, hablar con la gente, gozar la paz y los éxtasis de los paisajes naturales y enriquecerse en la comunicación auténtica con los otros.
Respecto a la formación de los jóvenes, le preocupa ver que en la política o en las escuelas se toman decisiones sin pararse a reflexionar sobre los efectos que ya están teniendo estos cambios tecnológicos en los seres humanos. Piensa que lo que hay que hacer urgentemente es trabajar con educadores, psicólogos e informáticos para ver cómo pueden los chicos de ahora reproducir el marco conceptual que nuestras generaciones sacaron de los libros para relacionar una cosa con otra. «Y hasta que eso se logre seguir insistiendo con los libros».
HECTOR CIAPUSCIO, Doctor en Filosofía.
Especial para «Río Negro»