El compañero

Brad Pitt es un buen actor al que le encantan las películas malas. Y si son junto con un monstruo de la actuación, mejor aún. Hace unos años no dudó, ni lo pensó, en calificar de basofia al filme que acababa de terminar junto a Harrison Ford, «Enemigo íntimo». No se lo dijo a cualquiera, fue a «Newskweek», y ya saben lo que pasa cuando un semanario de esta dimensión publica una declaración semejante.

Pitt tuvo que salir a desmentir que la filmación de esta película había sido un caos. Como que el guión era casi inexistente o que los diálogos se improvisaban en el instante. De igual modo «Enemigo íntimo», no es tan mala como la definió Pitt. Obvio, no quedará en los anales del séptimo arte, salvo por esta anécdota. Pitt, caos y todo, se muestra como un actor creíble, capaz de manejar el tono de los sentimientos de un joven miembro del IRA, y una vez más luce su increíble capacidad para imitar acentos.

También fue mala «¿Quién es Joe Black»?, un filme que intenta birlar algo de la esencia de esa obra maestra de Ingmar Bergman, «El séptimo sello». Un rico empresario recibe la visita de la Muerte en persona, la que le anuncia su final para dentro de unos días. La Muerte con mayúscula es Pitt, vestido con un traje negro y la mirada insolente; y el millonario, nada menos que Anthony Hopkins.

El guión es tan dramáticamente pobre, sin sentido, meloso y torpe -similar a una telenovela venezolana aunque los culebrones saben lo que quieren de su audiencia- que las actuaciones se derrumban por un precipicio. El final -santas calaveras- es a todo Hollywood: con juegos artificiales y Pitt junto a Hopkins caminando por toda la eternidad.

Una de las últimas incursiones de Pitt en esta especie de cine bizarro sin vocación que lo cautiva es «Juego de espías». Esta vez junto a otro actor sobresaliente como Robert Redford.

La película parece un intermedio, unos raros puntos suspensivos entre otros filmes que ambos podrían haber estado filmando para estudios diferentes. Redford en el Pentágono y Pitt en algún lugar de China. Entre una cosa y la otra, entre cenas y salidas nocturnas sin fecha de regreso, creció el «Juego de espías». Ninguno se luce demasiado. Hacen su trabajo, salen bien parados y que la historia se arregle sola.

El chico intenso y de aspecto rebelde que protagonizó «Pecados capitales» o «El club de la pelea», vive tranquilo con su alma y, por qué no, con su talento. Sabe que él, Brad Pitt, es de los que hacen y deshacen en la cancha. Y nosotros somos los que pagamos por verlo. No al revés.

Claudio Andrade


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