El conde se casa sobre la historia

El conde de Albemarle, rico aristócrata británico, contrajo matrimonio ayer en Cuba.



Un inusitado evento social se llevó a cabo este fin de semana en Cuba. “En la mayor intimidad familiar” celebró su boda el conde de Albemarle, descendiente directo del jefe de la Real Armada inglesa que se apoderó de La Habana en agosto de 1762.

Los esponsales del aristócrata británico en un antiguo templo habanero con la futura condesa de Albemarle, una joven inglesa de origen macedonio, Sally Tadoyan, fueron consagrados ayer por el obispo episcopal anglicano de Cuba, Jorge Perera, según fuentes allegadas a los contrayentes.

El acto, el primero de su tipo en la isla después del triunfo de la Revolución Cubana de 1959, se efectuó en la que fuera la Basílica Menor de San Francisco de Asís, hoy convertida en una hermosa sala de conciertos, tras una profunda restauración con sustancial colaboración española.

Además del embajador británico en Cuba, David Ridgway, que actuó como testigo en el casamiento, asistió un centenar de invitados del “jet-set” inglés venidos expresamente por vía aérea, así como un equipo de “Vanity Fair”, único medio de prensa con total exclusividad. El Historiador de la Ciudad y máxima autoridad de su centro histórico, Eusebio Leal, autorizó el evento social, siempre y cuando todo se desarrollara en las recién restauradas instalaciones, tanto museos como hostales de sus predios, según fuentes ligadas a la organización de la boda.

La decisión del conde de Albemarle de efectuar el servicio religioso en esta iglesia se debe en parte a su vinculación ancestral consanguínea cuando su antepasado dirigió la flota que conquistó La Habana para su majestad británica en el siglo XVIII. Este templo católico de la orden franciscana, erigido en la segunda mitad del siglo XVII, sirvió para los ritos anglicanos durante los once meses de ocupación inglesa de la ciudad, y el único concedido por el entonces obispo católico de Cuba.

Estas sagradas edificaciones del convento, durante la batalla por la toma de la ciudad, sirvieron de hospital para atender a los heridos de las tropas inglesas. Paradójicamente, en el templo, fueron inhumados los restos del defensor de la plaza, el valeroso militar español, Don Luis de Velasco, a la sazón jefe del hasta entonces inexpugnable Castillo del Morro.

Posteriormente, esta iglesia y su convento adyacente fueron utilizados para funciones civiles por gobiernos sucesivos, después de que todos los bienes de la orden franciscana fueran incautados por el gobierno español en 1841. (Reuters)


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