El coraje de un mujer que vivió como una heroína

En su última novela Alicia Dujovne Ortiz reconstruye la apasionante figura de Anita Garibaldi. Para ello recurrió a un exhaustiva investigación y cada tanto también a la



BUENOS AIRES, (Télam,).- Alejada del marco biográfico, la figura de Anita Garibaldi se revela al lector en la última novela de Alicia Dujovne Ortiz, a partir de una rigurosa investigación y de recorrer el itinerario real de esa estatua que su madre le mostró en su niñez: “una mujer a caballo que sostenía con la izquierda las riendas y el bebé, y con la derecha el fusil”.

“Esa imagen que vi en Roma, a mí me pareció extraordinaria. Años después leyendo las memorias de Garibaldi me encontré con una línea que fue el disparador de la novela. Cuenta que en 1852, después de la muerte de Anita en una playa italiana del Adriático, era un marino mercante y baja a un pueblito de la costa peruana y se encuentra con Manuela Sáenz, la compañera de Bolívar”, dijo la escritora en una entrevista.

El personaje -que aparece al principio y al final de 'Anita cubierta de arena' “le da a la historia una unidad de sentido y una dimensión mucho más amplia” y además, a mí me encantan los encuentros raros, entre América Latina o Argentina y Europa”.

Al contrario de otras figuras históricas abordadas por la escritora -que reside en París desde 1978-, como la figura de Eva Perón, de la que escribió una biografía, el personaje de Anita Garibaldi se enseñorea del texto, “en una decisión totalmente deliberada”.

“Para meterme en la cabeza de Anita, lo hice desde una investigación muy rigurosa. Cada línea del libro significa biografías, viajes, notas; seguí la ruta de Anita por Rio Grande do Sul, por Montevideo. En la primera parte el paisaje cobra una gran importancia, no es un simple decorado. Viajé al norte de Montevideo, para ver como era un torrente donde se pueden ahogar 500 vacas”, ejemplificó.

“Por el contrario, lo que piensa Garibaldi no aparece jamás, aparece a través del deseo de Anita, de sus celos y de su resentimiento cuando él la deja plantada en un conventillo en Montevideo, o con una suegra beata en Niza. Ella era una guerrera, absolutamente. Supongo que habrá sido una buena madre, pero lo que quería era estar al lado del hombre, luchar como el hombre y ser el hombre. Ella quería ser Garibaldi”, define la escritora a su heroína.

 

Rulos y camisas rojas

 

En una escena inventada por Dujovne Ortiz, “pero que bien podría haber coincidido con la realidad”, ella le corta los rulos rubios, “porque con esos rulos se 'levanta' otras mujeres, pero cuando él se va, se los pone, ella quiere usar camisa roja…, siente un amor loco, devorador, del que Garibaldi escapa todo el tiempo manteniéndola como su esposa, con un amor y un sentido de la responsabilidad ante ella y sus hijos”.

“La presenta en Europa como su esposa -recalcó la autora de “Recetas, florecillas y otros contentos”, “El buzón de la esquina” y “El agujero en la tierra”-, y hay que pensar en los prejuicios de la época, ella era vista como una chinita, socialmente no muy presentable. Eso le pasó en Montevideo y en Italia y él la presentaba igual como su esposa”.

“Y es el único que le rinde justicia como heroína en sus memorias -comentó-. Nosotros no lo hubiéramos sabido nunca sí el no lo hubiera contado….no lo cuenta mucho pero lo cuenta”.

En la novela, “Manuela Sáenz quiere tener otra visión de las cosas…. porque es una mujer infinitamente más culta porque a vivido otras cosas, es más vieja y está en su exilio de Payta desde hace 30 años metida en la cama, en la penumbra, pensando en Bolívar y en la utopía perdida”. ç

“Manuela es heredera del desencanto de Bolívar que murió diciendo 'hemos creado una república sin republicanos'. Garibaldi era un santito, candoroso, unilateral y Anita, que era una criolla viva, entendía hasta que punto él metía la pata frente al caudillismo latinoamericano”, describió Dujovne Ortiz.

“Pero en el caso de Manuela, además de criolla viva, era culta y había tenido años de reflexionar en la cama -apuntó-, también ve en que falló Garibaldi y sin embargo lo anima. Ella tenía visiónes -yo también las tengo- una visión de Garibaldi viejo, glorioso y triste a la vez porque la Italia lograda no era la Italia soñada”.

Al finalizar de escribir el libro, “durante la canícula que se vivió el verano pasado en París, sentí el cariño que había desarrollado por el personaje. Otros, igual que ella, fueron marginales, desarraigados, pero ninguno tan radical, en el amor y en el coraje, como Anita Garibaldi”.


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