“El desafío de la conversación”
En el Día Internacional de la Lucha contra el Sida abundaron los datos. Es el día en que la información llega de manera incontenible. Fotos lejanas, porcentajes, gráficos y alguna instantánea local advierten que la epidemia les pasa a muchos otros. Los males siempre son de los otros. Con alguna variante, a esta altura de las cosas todos y todas sabemos cómo se contagia, pero también en esta instancia sigo manteniendo mis dudas respecto de las acciones individuales y colectivas para conversar y establecer acuerdos reales. El contagio del VIH representa, para mí, un lugar desde donde pensar la comunicación. Ahí voy. A nivel mundial, la tendencia en la forma de contagio es por vía sexual y la única manera de prevenir ese contagio es con el uso del preservativo. Gestión de comunicación pública para un acto de comunicación privada. Dicho en otras palabras, campañas de difusión masiva para que las personas usen preservativo al momento de sus encuentros sexuales ayudaría, en gran medida, a evitar el contagio. Por supuesto, el abordaje no podría ser el mismo en el África Subsahariana, Honduras o Neuquén capital. En algo estamos fallando. El sida se metió en la agenda hace más de 20 años. Cambió nuestra forma de relacionarnos y se enterró en el lugar más incómodo: el ejercicio de nuestra sexualidad. Puso en tensión el sexo entre cuatro paredes y su relato como construcción social, la identidad sexual y la perspectiva de género; las preguntas incómodas de los hijos; los cuestionamientos rancios de las parejas; los planes de estudios exigiendo la educación sexual en las escuelas; la idea del amor y el estigma de la soledad; exteriorizar la “rareza” de sentirse atraído por personas del mismo sexo; las palabras que ocultan y las que te hacen libre y visible; los gobiernos afilando las estadísticas; las violencias; los planes de salud retocando prioridades; la industria farmacéutica sacando cuentas; la legislación acompañando el nuevo tiempo; lo pacato, la negación, la negociación y la traición; la inacción; el doble discurso; la discriminación, el silencio y el ocultamiento; la tolerancia y el respeto; los movimientos sociales y políticos desempolvando viejas y nuevas teorías; la resistencia de la religión; los derechos sexuales y reproductivos; la idea de lo masculino y lo femenino; lo público y lo privado. Y así la lista continúa. Parada en este devenir tan heterogéneo y enriquecedor es que aludo a la experiencia de la conversación como una estrategia de comunicación, aquella que se construye en el diálogo y que de ningún modo es imperativa pero sí urgente y necesaria. Quiero referirme a la gestión de la comunicación pensada como un proceso que nace en un problema que se quiere solucionar o, lo que es mejor, una mirada proactiva que se anticipa a los acontecimientos que nos dejan huellas dolorosas. Transversal, incómoda, reflexiva, componedora e indicativa, ninguna gestión debería pensarse al margen de este estilo de comunicación. No puedo conversar con alguien para ponerme de acuerdo en algo si no lo conozco. No por desconfianza, sino por genuino entendimiento aun en el fracaso de mi argumento. Esta idea permitiría atravesar la comunicación pública y privada, cada una con sus lógicas de funcionamiento. Es de la comunicación pública de la que nace esta reflexión. Apenas me alcanza esta vida para mirar a los ojos a los otros y ejercitar esa comunicación privada tan amorosamente como me es posible. En las carreras de Comunicación y/o Periodismo nos enseñan los atributos que un hecho debe tener para ser transformado en noticia y uno de ellos es el criterio de proximidad; lo que está más cerca físicamente es lo primero que atraviesa la piel y despabila los sentidos. Luego, en las vísceras del comunicador más que en su formación académica se imprime la manera de contarlo. Es en el campo de la salud, ámbito en el que fui formada y aprendo cada día, donde mirar y comprender al otro se torna imprescindible. Sin esto no hay diálogo posible, no hay entendimiento y entonces se llega, en el mejor de los casos, a reparar el daño y no a prevenirlo. Es en la comunicación vista como proceso, basada en la conversación y con el último horizonte puesto en el que tengo al lado, desde donde me pregunto: ¿por qué los planes de acción, las propuestas de intervención, los programas específicos o los protocolos se diseñan sin comunicadores integrados desde el inicio de la tarea? ¿Por qué se piensa en la comunicación solo como un componente reactivo? ¿Por qué pretendemos que los comunicadores interpreten el mensaje de unos y garanticen el entendimiento de los otros sin siquiera haber compartido el diagnóstico de campo? Existen dignas experiencias en muchos ámbitos, pero inconexas, con superposición de recursos y sin evaluación de resultados. La inclusión de este perfil de ningún modo garantiza en sí mismo el éxito de tamaño desafío, pero podría enriquecer la mirada. Nunca es lo mismo informar que comunicar. Se hace imprescindible mirarlos como ejes complementarios y no excluyentes. Hace muchos, demasiados, años que algunas acciones de gobierno en Neuquén, sobre todo en las áreas de Educación y Salud, supieron gestar honrosas experiencias. Hoy son “llave en mano”, las estrategias de comunicación para intervenir junto a las comunidades buscando el entendimiento vienen en encomienda. Se reacciona en la inmediatez y entonces ya no hay tiempo para conversar. Marcela León DNI 22.116.200 Neuquén