El desdoblamiento de lo real

A los juegos de guerra por internet les cabe el rótulo de alienantes tanto como a la televisión desde los '60. Pero existe una diferencia entre ese antes y este ahora.

Aquella televisión no paralizó a la sociedad, la vida continuó y se desarrolló contraculturalmente con tremenda intensidad hasta mediados de los '70. La tevé no era omnipresente como lo es hoy, ni tampoco la realidad se había desdibujado tanto como en la actualidad. Incluso mirando telenovelas se podía aprender a analizarlas críticamente, por lo menos algunos avispados. Incluso en la televisión y en el cine se podía descubrir el contraste polar de la vida, lo cual podía servir de inspiración para el rechazo de la ficción, tal como le había ocurrido inmediatamente antes a tantos jóvenes en la Argentina y en gran parte del mundo cuando los imaginarios colectivos se producían predominantemente por medio de la lectura de novelas: por ese medio habían compuesto un imaginario alternativo.

En consecuencia, la vida tironeaba con fuerza, con mucha más fuerza que sus falsificadas representaciones.

Hoy la situación se presenta con sentido inverso. La vida, la realidad, expulsa, rechaza, es hostil e inexorable. Por lo menos así pesa crecientemente: fatalmente hostil, sin dejar un resquicio para la libertad.

Por eso la internet atrapa y devora, porque es una metáfora perfecta de la realidad. Una metáfora que no precisa de los dos términos de comparación, pues tiende a alejarse cada vez más de esta última. Más aún, es posible que atrape definitivamente al ser humano en una nueva clase de adaptación, de modo que se pueda nacer, crecer, reproducirse y morir por internet sin necesidad de salir de ella. A lo sumo, los más pudientes podrán realizar breves tours de exploración de la realidad para sentir la emoción del descenso a los infiernos contemporáneos, derogado ya definitivamente el viejo infierno diferido de las religiones, mientras el Edén será la cápsula protectora de la internet, el útero perpetuo de la humanidad.

La internet resguarda de la experiencia forzada del dolor real. Nos permite experimentar el dolor virtual antes que el real personalizado. Este último lacera el alma, seca los ojos, se apila en las capas de la memoria, pero no desaparece por más esfuerzos que se hagan para impedir su emergencia como dolor y como memoria.

En cambio, el otro dolor es fácilmente olvidable por más que se torne adictivo y se muestre sádico y masoquista, pues, sea como fuere, permite pasar momentos de gran intensidad jugando a experimentar emociones virtuales.

El entrenamiento de la sensibilidad y de la empatía es cada vez más virtual gracias a los placebos actuales, entre los cuales la internet es el principal. Y el mejor. Hoy se puede jugar al héroe por internet o, mediante cualquier soporte de ficciones, se puede hacer "la revolución" e imaginar y diseñar una isla liberada y poner todo el coraje y la bizarría que suponemos requiere un proceso real. Pero jamás pondremos esos ingredientes en uno real. Podremos jugar a morir virtualmente, pero ya no nos agarran más para morir en serio. Para buena parte de la humanidad que alguna vez fue joven, todo aquello fue una mistificación y cruelmente ha sido comprendido.

Lo peor quizá sea que en estos juegos no se tiene problema moral alguno para jugar del lado de los malos. Ser traidor es todo un arte, lo mismo que un mercenario, y no lo es quien quiere sino quien sabe traicionar y vender sus servicios. De modo que en cualquier momento sale al mercado si no ha salido aún y lo desconozco el manual correspondiente: "Cómo ser traidor sin parecerlo", "Cómo ser el mejor mercenario", "Cómo competir en el mundo de las traiciones y el mercenariado", etc. Incluso, imagino otros títulos: "¡Mil oportunidades para aprovechar siendo traidor!", "Microemprendimientos mercenarios", "Traiciones a macroescala vs. miniemprendimientos. ¡Usted decide!"

Al actual hombre adaptativo le sucede algo similar a la transformación que experimentan los integrantes de los innumerables Gran Hermano de todas partes: todos saben, intuyen o descubren allí adentro cómo hay que ser para ser malo y qué hay que hacer para ganar. Es decir, ellos y los espectadores saben producir el mal y asumirlo sin culpa, soñando con ganar y gozando si lo logran. Y si pierden será porque no han sabido ser ya no buenos, sino lo suficientemente malos, astutos, ambiguos, especuladores o engañadores, todas manifestaciones poco edificantes (claro que en otros tiempos), pero absolutamente imprescindibles para vivir relativamente bien en la sociedad real.

Mientras tanto, la educación sistemática que se desarrolla en su propio mundo virtual, de sentido ético diferente del de la realidad real, insiste en la educación en valores. La educación pasa así a parecer que es de izquierda frente a lo que los mass media entregan como si fuera de derecha, siendo que ambos campos pertenecen al mismo amo del feudo que maneja y hace negocios simultáneamente con ellos.

Lo cierto es que a fuerza de querer exorcizar el dolor, a las almas les crecen callos. Si por lo menos les salieran sabañones, nos harían doler de vez en cuando y nos rascaríamos en consecuencia, tonificándolas un poco. Pero a nuestros callos los ignoramos, pues no se sienten generalmente o se hacen tolerables.

CARLOS SCHULMAISTER--Profesor de Historia. Villa Regina.


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