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El dilema de Cobos



Pueden entenderse las dudas que atormentaban al vicepresidente Julio César Cleto Cobos cuando se veía obligado a optar entre votar a favor o en contra del aumento de las retenciones. No sólo era cuestión de los hipotéticos méritos de una medida económica que fue decretada por otros integrantes de un gobierno del que forma parte sino también de las eventuales consecuencias políticas de su decisión. La derrota que experimentó el matrimonio Kirchner en el Senado debido al voto de Cobos podría significar el inicio de un período signado por un estilo gubernamental más consensual y menos prepotente que el de los cinco años últimos, pero también podría significar el comienzo de un período sumamente confuso y conflictivo que terminara con la renuncia de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Cuando Cobos se diferenció del resto del gobierno al intentar iniciar un diálogo civilizado con los contrarios a las retenciones móviles, distintos kirchneristas no vacilaron en acusarlo de conspirar contra la presidenta, de suerte que era perfectamente consciente de que lo calificarían de "traidor" por su negativa a aprobar un proyecto de ley que consideraba defectuoso. Sin embargo, optó por anteponer sus propias convicciones a su lealtad hacia un gobierno ya penosamente debilitado. Puesto que ni él ni ningún otro estaban en condiciones de prever las consecuencias del terremoto político que estaba por provocar, sólo pudo decir que "la historia me juzgará. No sé cómo. Y me perdone si me equivoco".

Aunque le correspondió a Cobos intentar frenar institucionalmente a los Kirchner, la sociedad en su conjunto ya se había encargado de fijar límites a sus aspiraciones hegemónicas. Las manifestaciones multitudinarias de apoyo al campo, algunas claramente espontáneas porque nadie las había organizado, fueron motivadas no sólo por la solidaridad con los productores rurales, que inesperadamente se difundió en la Capital Federal y otros centros urbanos, sino también por la indignación causada por la arrogancia del matrimonio gobernante y por su proximidad a personajes que a juicio de la mayoría representan lo peor de la vieja política. Asimismo, la obsesión patente de los Kirchner con los años setenta se manifestaba no sólo en su decisión táctica de apropiarse del tema de los derechos humanos sino también a través de su propensión a tratar a sus adversarios como si fueran enemigos de la democracia, de ahí sus esfuerzos vanos por convencer a la ciudadanía de que lo que querían hacer los productores rurales era voltear a la presidenta. Al brindar la impresión de que la presidenta y su marido vivían en un mundo sectario alejado del país real, se hizo imperativa la necesidad de revitalizar las instituciones que, entre otras cosas, al repartir el poder minimizan los perjuicios que suelen causar los comprometidos con idearios repudiados por la mayoría.

El voto de Cobos ha agravado el aislamiento de un gobierno que, antes de que Cristina tomara el relevo, confiaba en que continuaría disfrutando del apoyo de buena parte del país. Su base de sustentación se ha reducido tanto que depende casi por completo del respaldo de los sindicalistas leales al camionero Hugo Moyano, piqueteros subsidiados por el Estado como los liderados por Luis D'Elía, algunos intendentes del conurbano bonaerense y una cantidad no muy impresionante de autotitulados intelectuales. Y pronto podría achicarse todavía más debido a los estragos provocados por la inflación. Para tener una posibilidad de sobrevivir, los Kirchner tendrán que ampliar mucho más dicha base de sustentación a fin de incluir sectores que no les gustan, pero por motivos de temperamento y porque su estilo político es esencialmente conflictivo, sorprendería que lograran hacerlo. El enfrentamiento con el campo inició, pues, una etapa que resultará peligrosa a menos que los demás dirigentes políticos se pongan a la altura de sus responsabilidades, aceptando que el destino del país no puede estar en manos de personas que están tan acostumbradas a despreciar las instituciones que toman el rechazo por parte del Senado de un proyecto oficial no por un episodio acaso lamentable pero así y todo casi rutinario que podría darse en cualquier democracia sino por un desastre con muy pocas atenuantes.


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